Arthur Conan Doyle, de los escritores más conocidos, reveló sus secretos al momento de crear historias y personajes en Mis libros, que no deja de ser una apasionante “trastienda literaria”.

Lleva tácitamente de la mano al lector por su biblioteca, en verdad muy amplia.

Aborda su amplia colección de ensayos, conferencias y entrevistas en la que repasa sus éxitos, el proceso de creación de algunas de sus más famosas novelas y cuentos, lecturas de los clásicos y de algunos autores más cercanos a su tiempo a quienes reconoce su talento.

Esto viene a constituir la parte más privada de Conan Doyle (1859-1930) que hoy se conoce, brindándola en una fácil forma de compartirla.

Son tres grandes capítulos los que aborda: sobre sus libros, sobre Sherlock Holmes y sobre sus lecturas.

No menos interesante es el primero del que refiere.

“Cuando me preguntan por mi sistema de trabajo yo pregunto, a mi vez, a qué trabajo se refieren. He transitado por diversos campos. Pocos hay que no haya visitado. He escrito entre 20 y 30 obras de ficción, historias sobre dos guerras, varios capítulos de ciencia paranormal, tres de viajes, uno sobre literatura, varias obras de teatro, dos libros de criminología, dos panfletos políticos, tres poemarios, un texto sobre la infancia y una autobiografía. Para bien o para mal, no creo haya mucha gente con mayor trayectoria.”
Confiesa que en relatos breves, mientras sea capaz de producir el efecto dramático, la exactitud de los detalles importa poco.

“Reclamo el derecho a trabajar de acuerdo con mis propias condiciones, y así es como obro”, apunta tras la traducción de Jon Bilbao.

De su horario de trabajo, reconoce:

“Cuanto estoy entusiasmado con un libro soy capaz de dedicarle todo el día, con un descanso de una o dos horas por la tarde para pasear o echar la siesta. A medida que me hago mayor voy perdiendo la capacidad de trabajar de manera continuada, pero una vez escribí 10 mil palabras de Los refugiados en 24 horas.”

De sus lecturas, hace varias consideraciones, entre las que sobresalen El pabellón de las dunas, de Robert Louis Stevenson; El escarabajo de oro, de Edgar Allan Poe; Los asesinatos de la calle Morgue, también de Allan Poe; El horla, de Maupassant; El sitio de Berlín, Daudet; El socio de Tennessee, Bret Harte; y El hombre que pudo reinar, de Kipling.

Por la popularidad que alcanzara el mítico Sherlock Holmes adquiere mayor relevancia.

“No me había percatado de que para mucha gente el señor Holmes era alguien real hasta que supe la graciosa anécdota del autobús de escolares franceses de viaje a Londres y que, cuando les preguntaron qué era lo primero que querían ver, contestaron todos que la casa del señor Holmes en Baker Street.”

De la imagen del mítico investigador, describe:

“Lo imaginé muy alto, más de seis pies, pero tan delgado que aún parecía de mayor estatura. Tenía un rostro afilado como una navaja de afeitar, con una gran nariz aguileña y ojos pequeños y muy juntos.

“La gente me pregunta a menudo si sé el final de una historia de Holmes antes de escribirla. Por supuesto que sí. No se puede fijar un rumbo si no sabes cuál es su destino.

“No quiero ser desagradecido con Holmes, a quien considero un buen amigo. Si alguna vez me he cansado un poco de él es porque es un personaje sin matices. Es una máquina de calcular, y cualquier cosa que añadas debilita esa impresión.”

Conan Doyle explica cómo pensó en eliminar a Holmes.

“No vi mejor forma que ponerle fin a él al mismo tiempo que a los relatos. En la época en que pensé planear en los detalles del relato final, yo estaba en Suiza; di un paseo por el campo y llegué a una cascada. De ahí surgió la idea de que Sherlock fuera a parar a aquel lugar y hallara la muerte; así lo hice.”

De editorial Páginas de Espuma, la primera edición mexicana es de mayo de este 2018.

 Sherlock Holmes

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