Se habla mucho y tan fácilmente de “ciencia”, pero, ¿sabemos en realidad lo que significa? ¿Qué es? ¿Cómo surge? ¿Para qué sirve? Entre otros cuestionamientos. La ciencia es, de acuerdo con diferentes autores, una rama del saber humano constituida por el conjunto de conocimientos objetivos y verificables sobre una materia determinada que son obtenidos mediante la observación y la experimentación, la explicación de sus principios y causas, así como la formulación y verificación de hipótesis y se caracteriza, además, por la utilización de una metodología adecuada para el objeto de estudio y la sistematización de los conocimientos. Eso es en términos generales y a partir de ese concepto surgen las distintas ramas del saber humano y en especial todas aquellas que tienen el mundo natural o físico o la misma tecnología como materias de estudio: la “ciencia médica”, “arte y ciencia, los avances de la ciencia” (Asociación de Academias de la Lengua Española, 2018).

Uno de los campos de estudio en donde más han sido discriminadas e ignoradas las mujeres es la ciencia, debido a las limitaciones y falta de creencia de que no somos igual de capaces que los hombres. Muchos padecimientos de los que ha padecido la humanidad, aún en este siglo XXI, no tienen cura, pero incontables mujeres han dejado huella gracias a sus aportaciones: como en lo social, la política, las artes, la cultura, la ciencia y la tecnología; sin las investigaciones de esas grandiosas mujeres el mundo no sería el mismo, a pesar de que en muchas de las ocasiones no han sido reconocidas con el debido respeto y valor que merecían.

Conforme pasa el tiempo, la ciencia y la tecnología han buscado avanzar en estudios de enfermedades, creando tratamientos para contrarrestar o eliminar definitivamente los virus, el proceso en la medicina requiere de un gran esfuerzo y años de trabajo, pero se debe hacer mención que, desde los inicios de la humanidad han existido y siguen existiendo múltiples enfermedades, desde las leves hasta las graves, con las cuales el ser humano ha tenido que luchar.

En esta ocasión, comentaremos de una mujer que sin saberlo salvó miles de vidas al encontrar una cura de la enfermedad que apareció desde hace más de 3000 años. “La Lepra fue una de las primeras enfermedades descritas en el mundo antiguo; y caracterizada por cambios muy severos en el aspecto físico de los enfermos: las manchas, los tubérculos y los lepromas daban a la cara un aspecto de león, por lo que la enfermedad se llamó leonina” (Rodríguez & de Zubiría, 2003).

Alice Augusta Ball, tercera hija de cuatro hermanos, nació el 24 de julio de 1892, su madre era Laura Louise Howard Ball, una talentosa fotógrafa; mientras que su padre James Presley era abogado, aunque también trabajaba como editor de un periódico. Sus primeros años fueron en Hawái, ahí inició sus estudios académicos pero, a causa de la muerte de su padre, la familia se mudó a Seattle, donde continuó estudiando. Entró a la Universidad de Washington y se graduó de química farmacéutica. En 1915 regresó a la Universidad de Hawái y ahí consiguió convertirse en la primera mujer afroamericana en conseguir el título de maestría.

Alice trabajó como profesora de química en la Universidad de Hawái y aquí inicia la historia de esa gran mujer, sin imaginar que sería de gran utilidad su descubrimiento. En 1916, Harry T Hollman trabajaba en el hospital Kalihi y requería de una persona para poder concluir sus investigaciones acerca de la cura para la lepra, (ese hospital atendía a pacientes con dicha enfermedad). En 1873 iniciaron a identificarse las bacterias que provocaban la enfermedad. Ella comenzó con experimentos para la solución del padecimiento, por ser una enfermedad infecciosa que afecta la piel. “Durante siglos, médicos chinos e indios habían estado aplicando aceite de chaulmoogra, una especie de árbol que crece en Asia, como principal tratamiento, pero con un éxito moderado” (Pérez, 2018).

Los tratamientos no eran efectivos para la enfermedad, solo ayudaban a calmar las molestias y hacía efecto en la piel; cuando también era necesario que llegase a las partes profundas del cuerpo. “Para principios del siglo XX, los tratamientos habían evolucionado ligeramente gracias al aceite de chaulmoogra, una sustancia derivada de las semillas de un árbol tropical de hoja perenne” (Brewster, sf).

Lo que se necesitaba era una técnica basada correctamente en las características y beneficios de ese aceite, por ello, Ball creía que ese líquido debía ser inyectado para tener buenos resultados y que el efecto fuera el mejor sin que hubiera efectos secundarios. Mientras fue profesora comenzó a trabajar en ese proyecto de la chaulmoogra en su tiempo libre, realmente era algo que le apasionaba y estaba segura de cumplir sus objetivos, y así fue… “En menos de un año había descubierto una forma de crear una solución hidrosoluble de los principios activos del aceite que podía inyectarse de forma segura con efectos secundarios mínimos” (Brewster, sf). Desafortunadamente no tuvo la alegría de presentar al mundo esa invención que revolucionaría la historia de la química, porque enfermó a finales de 1916 y tuvo que regresar a Seattle. En diciembre del mismo año, teniendo 24 años, falleció. Después de su muerte, el director de la universidad Arthur L Dean siguió con el proyecto de las inyecciones contra la lepra y en poco tiempo fueron comercializadas.

A pesar de eso, Arthur nunca mencionó a Alice Ball como la creadora del descubrimiento. “Su nombre podría haberse perdido en la historia si no fuera por una breve mención en una revista médica de 1922, en la que Hollmann dejó claro que fue Ball quien creó la solución de chaulmoogra, refiriéndose a ella como «el Método Ball»” (Brewster, sf). Es triste darse cuenta que el reconocimiento llegó demasiado tarde para esa joven química que, sin saberlo, ayudó por muchos años a personas que padecían la enfermedad conocida como lepra, ello gracias a que dichas inyecciones mantenían bajo control el padecimiento mientras, se creaban nuevas medicinas que llegaron hasta 1940. La Universidad de Hawái, en el 2000, hizo una ceremonia conmemorativa e instalaron una placa con el nombre de Alice Ball por su gran contribución a la humanidad; en Wermanger fueron otorgadas becas con su nombre para aquellos alumnos que estudiaran química. Es importante tener presente el gran trabajo de esa dama, que, a pesar de no haber tenido el conocimiento de lo que logró, su aportación dejó huella en el mundo, e impulsó a crear nuevos medicamentos eficaces con base en su descubrimiento. Y así, Alice ya no camina por los pasillos de los laboratorios de química en la universidad, buscando la cura de una enfermedad.

“Nunca he creído que por ser mujer deba tener tratos especiales, de creerlo, estaría reconociendo que soy inferior a los hombres, y no soy inferior a ninguno de ellos”

Marie Curie

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