Al atardecer empezó a nevar. Alicia, asomada a la ventana, veía caer los copos y fantaseaba volar dentro de ellos, con su amigo el conejo de la chistera, a través del gran espejo del salón.

Su madre le había advertido sobre esas fantasías de niña pequeña. Según ella muchas muchachitas de su edad habían acabado con fiebre y sufriendo de por vida dolores de cabeza horribles.

Alicia no le hacía caso, le encantaba soñar despierta y para ella era lo único que hacía que valiera la pena vivir. Con imaginar cosas no hacía ningún daño a nadie y lo disfrutaba enormemente.

Su padre era como ella. Se llamaba Lewis Carroll y era un matemático famoso con vocación de cuentista. A él le gustaba contarle sus cuentos por la noche, antes de que ella se durmiera y se metiera dentro ellos y los viviera como si fueran reales.

Ahora, los copos de nieve sonaban a campanitas. Ellos eran tan acompasados como la mejor de las orquestas. Una maravillosa canción sonaba en sus oídos y le hacía tararear alegremente.

Pasó sus manitas por el cristal de la ventana. Estaba frío. Las apartó y se puso a darle su aliento para calentarlo. Se sintió dentro del corazón caliente que había dibujado en la ventana con su vaho. Siempre estaba dentro de algo: cuando no se metía en sus dibujos lo hacía en los copos de nieve, en su sueño, en el cuento que le contaba su padre o en el espejo.

Solo cuando estaba con su madre se contenía, aunque no podía evitar estar dentro de sus palabras, que eran las únicas que no la llevaban a ninguna parte y le hacían permanecer en el mismo lugar: atada a la monotonía del cielo gris de Park Avenue, en esa neblina angustiante del viejo Londres. Por suerte, para ella llegaba su padre y le contaba algo que lo transformaba todo, haciendo de la vida un radiante Sol que la llenaba de esperanza.

El viejo reloj del comedor dio las cinco en punto de la tarde. Pronto anochecería y la nieve daría un aspecto fantasmagórico a las tranquilas calles. A aquellas horas el matemático caminaría por ellas, apoyado en su bastón, dejando las huellas de un misterioso animal de tres patas. Aunque, claro, aquellas huellas eran tan efímeras como el viento que las disolvería.

Claramente distinguió la sombra del conejo de la chistera, que se reía de aquel pensamiento. Después, escuchó su voz, que era idéntica a la de su madre. La voz le dijo: “Alicia deja de soñar, te va a dar fiebre y dolor de cabeza”. ¿Por qué su conejo favorito le decía aquellas cosas tan feas? No podía saber la razón, aunque pronto la descubrió. Su madre le toco el hombro y, con la misma voz que le había escuchado al conejo, le dijo que dejara de soñar y se fuera a su cuarto a hacer sus tediosos deberes de matemáticas.

Tuvo suerte, cuando estaba a punto de subir por la escalera entró su padre en la casa como un vendaval de corazón caliente y preguntó por ella con una ansiedad llena de alegría. Ella fue corriendo hacia él y se tiró en sus brazos. Su padre le dio algunas vueltas mientras ella soñaba, con los ojos cerrados, que viajaba en globo rumbo a un país tan exótico como la India.

“Vamos al estudio, hija. He escrito la más bella historia para ti. Se titula: ‘Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas’. Es sobre tus sueños”, le dijo, con una gran sonrisa de felicidad que le cubría toda la cara, mientras algunos copos de nieve caían a la alfombra derritiéndose al instante.

Lo escuchaba con embeleso, viviendo cada aventura que sucedía en el cuento de la forma más vívida. Fueron las dos horas más felices de su vida, después de ellas nada fue igual a como había sido.

Cuando salió publicado el cuento, con unas bellas tapas rojas en las que la cara sonriente del conejo de la chistera estaba incrustada, Alicia se pasó toda la noche leyéndolo y releyéndolo.

Ya era muy anciana cuando la despertó el tintinear de la nieve en la ventana y la voz de su amigo el conejo de la chistera, que le decía: “Vamos Alicia, ya es hora de que me acompañes a través del espejo”.

Comentarios