El proceso creativo, también denominado inspiración, es el mecanismo supeditado a diligencias agradables para el espíritu y cuerpo, en búsqueda de la ignición imaginativa: paseos por el parque, cafés, helados, salida nocturna o cualquier otra actividad que prescinda trabajar.
De fallar el encuentro de inspiración o sentarse a materializar una obra, queda el recurso (válido, a consideración) de tomar licencias o préstamos fragmentarios de obras anteriores, para transmutarlas, remodelarlas y engendrar un producto nuevo sin olvidar las bases; de fallar a cuenta nueva lo anterior, queda el recurso (inválido, sin consideración) del plagio, o “pirataje” en terminología folclórica.
Luego entonces, las películas basadas en libros cuentan con legitimidad creativa, puesto que toman préstamos sin velo y expanden el universo bíblico en cuestión (los resultados, excepcionales o terribles, serán tema de otro texto); aunque en el otro lado del libro, los guionistas y directores que sin consideración y “espero no se den cuenta” basan cintas en obras con nimias alteraciones y sin dar crédito, cometen el acto del parcheado ocular, la prótesis de madera o garfio acompañado del trinar del verdes pericos, de la piratería, o plagio en terminología jurídica.
A continuación breves muestras redituables de esta innoble, aunque casi disimulada, actividad cinematográfica.
El octavo pasajero. Tras expedición planetaria, la nave espacial es acechada y luego victimizada por un alienígena escurridizo de cualidades no registradas en la galaxia; para la supervivencia, la tripulación debe superar rencillas internas y maximizar ingenio para la capturar, si es posible, y eliminación, de no serlo, de este pasajero sin bitácora. Tal es el argumento a groso modo de El viaje del Beagle espacial (1950), obra por cuyo autor A E van Vogt demandó a productores de la primera entrega de Alien (1979), y demanda que pudo ganar, aunque llegó a un remunerado acuerdo extrajudicial con los guionistas.
La guerra de las galaxias. Frank Herbert, en 1965, publicó la magistral Dune, novela sucedida en un futuro muy, muy lejano (cerca del año 20 mil de nuestra era) donde el protagonista (o uno de los protagonistas) Paul Atreides se envuelve en trampas y complots de un imperio feudal que busca arrebatar los recursos del planeta Arrakis, por demás pacífico; tras vericuetos varios (en un resumen amplísimo) Paul ahora Muad’ Dib se convierte elegido para liderar la rebelión. Además del uso de “la voz” (elemento que solo pueden ocupar los elegidos para imponer voluntad sobre terceros), entre otros aspectos y por hacer una cita, en Dune, hay un fragmento en que Muad’ Dib piensa en su destino sobre la rocosa cueva donde se oculta con su madre, mientras observa la noche local iluminada por dos lunas… escena con similitud sospechosa a la contemplación de Luke Skywalker en el atardecer con estrella doble en su natal Tatooine, en la primera entrega de Star Wars (1977).
X-men. Vale, las películas no están basadas en libros, y el genial Stan Lee no patentó la definición mutante, sin embargo… Las cintas, historietas y libros de ciencia ficción que en sus inicios rotulaban sus títulos y argumentos con “mutante” referían esta característica a criaturas extraplanetarias de morfología ambigua con alimentación predilecta por civilizaciones locales. Cambio registrable con El Mulo, mutante antropomorfo (¿humano?) ideado por el entrañable doctor Asimov con aparición inicial en 1945 en obra homónimo; este personaje posee inusual capacidad mental para alterar emociones humanas a su albedrío, incluso 10 años antes que el profesor Xavier hiciera su aparición en cómic (1963).
Stanley Kubrik (mención especial). Vale dos veces, Kubrick no plagió literatura alguna, pero la mayoría de su obra, si es que no toda, está basada en libros. Esto, por supuesto, no demerita su trabajo, aunque particulariza su labor: tomó muy buenos ingredientes, él únicamente se encargó de cocinarlos en la pantalla grande (sin demeritar la labor del cocinero). Iniciando con Espartaco, tomada de la novela histórica análoga de Howard Fast, siguiendo con Lolita de Nabokov, pasando por 2001 en que trabajó junto con Arthur C Clark, y llegando a La naranja mecánica de Anthony Burguess y El resplandor de Stephen King (quienes declararon que estas adaptaciones malinterpretaron las obras originales), el trabajo de don Stanley no puede adjetivarse como plagio, aunque…
De conocer otro ejemplo de los aquí expresados, sírvase a compartirlo en comentarios aledaños o hacerlos llegar a la dirección al calce; y si bien las muestras fílmicas de piratería superan este espacio, al menos las presentadas, espero, dan cuenta del viejo adagio que reza: el libro (original) siempre supera a la película.

conacentoporfavor@hotmail.com

No votes yet.
Please wait...

Comentarios