“¡…Allá arriba…!”

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misticos

En el añejo mineral de argento cabecera de los cuatro reales en el segundo tercio del siglo XX, las frías noches se habían convertido en cobijo del fingimiento de la población, en la ausencia de valores y comportamiento escondidos en un número importante de “los mochos” de doña Asunción, don San Francisco y la mentada Villita. Algunos habitantes con ideas cimentadas en la religión conservadora solían arengar de valores como si los suyos fueran los únicos, olvidando que miembros de su familia eran acérrimos y bien conocidos concurrentes “allá arriba”, a los tugurios, a los centros de prostitución, desplumaderos y encuraderos.
La anciana no juzgaba como cosa mala las incursiones en esos lugares, lamentaba las maneras de las autoridades para permitir
la existencia y propagación de esos tugurios a causa de la alta corrupción, la mentira, el disimulo y fachada de la “clase social” y gobernante, “que lo único que buscan es engordar sus carteras, olvidando sus deberes, desatendiendo los límites de la complacencia y dispendio que garantizan la ventura del pueblo”. El poder muestra en su complicidad la ignorancia al respeto de formas de vivir, a la capacidad de criticar, a la tolerancia, el rechazo a la discriminación, a la explotación de mujeres y, sobre todo, a la defensa de hacer y dejar hacer.
Regocijada en gritos, bromas, risas, corrientes palabras y comentarios virulentos llenos de doble sentido, la procesión a las alturas, a “allá arriba”, continuaba sin mucha prisa. Apenas se detenían al abastecimiento de alcohol para seguir la marcha a los cielos, lo que más animaba era el ensordecedor sonido de músicas de los discos reproducidos en las rockolas y sinfonolas, algunas cuadrillas tenían la precaución de cerciorarse que estuviera abierta La Piquera de don Enrique Mercado y doña Evita garantizando suministro al regreso, al amanecer, para luego rematar en El Nidito, que cerraba sus puertas a los borrachos hasta las ocho de la mañana, cuando ya completamente embrutecidos por el alcohol ingerido, el cansancio de la marcha y la desvelada les ofrecía un lugar a cubierto, a protección del frío, para llegar poco después a la calle de Ocampo con el pretexto de curarse la cruda con una “Chávela”, como era solicitada la jarra de pulque con refresco rojo de la Minera o Floresta “bebidas con las que empezó aquí la Coca”, recordó ella.
Las pulcatas de esa empinada, terrosa y pedregosa calle daban servicio a los borrachos venidos de los prostíbulos desde las seis horas que habría Chucho Uribe La Cumbancha o La Conchita del Chino, La Hermosa Mila de Jorge Ávila o La Gloria del Chemo, en esa calleja empinada en donde el conocimiento público aseguraba que a finales del primer tercio del siglo XX un feo pianista, flaco y charrasqueado que tocaba de oído los danzones cubanos con gran habilidad e interpretaba y componía algunos boleros, se había convertido en asiduo asistente a ingerir jarras de pulque después de deleitar con su música en las casas de citas de las calles de Mina y Gómez Farías. Uno de los enviciaderos que frecuentaba el “Flaco de Oro” en la cuesta de Ocampo fue El Reloj de Arena.
“Ya medios chiles” había que apurar el paso, sin importar la embriaguez seguían para arriba, de reojo y orejeando se hallaban frente al recinto de doña Esperanza en su pequeña cantina La Estrella junto a “la cantinita del mariguana Juan” en donde se escuchaba “…mi vida es una vida igual como otras vidas, tragedias y comedias qué más puede existir, todos gozan lo mismo, todos sufren lo mismo, es una ley eterna de llorar y reír, qué culpa tengo yo por que me gusta el vino, si encuentro en la embriaguez dicha y dulzura…” Pasaban con ganas de entrar al elitista y conocido desplumadero y embriagadero llamado El Brasil, de doña María Luisa Magüicha, que contaba con terraza para bailar con vista al sur de la villa, presumiendo y alardeando una hermosa barra curva de madera entablerada color caoba, la contrabarra llena de espejos y ornamentaciones, muy copeteada de los mejores vinos y licores, atendida por la también conocida como Magocha, encantadora mujer de labios seductores y formas estremecedoras, asistida por voluptuosas mujeres dispuestas a pasar con lo mejor de los dineros que llevan cartera llena para invitar y despilfarrar como el Monorriel, conocido y adinerado vendedor en gran local del centro.
A un paso de la cumbre donde desbordaba el amor pagado, la pasión, el placer, el alcohol, lleno de pérdidas, mujerzuelas, güilas, prostitutas, suripantas, faltaba pasar a la senaduría de doña Juana Arrieta o a los tacos en la Casa Flores, luego un alto para hacer las aguas mayores y menores con Rodolfo Reyes en La Bohemia o en El Cairo, atendido por Jesús Campos, últimas copas en el tugurio Noches de Ronda antes de mirar la gran diversidad de mercancía de todas las edades, de todos los colores y para muchos gustos.
La vieja abuela decía, y como siempre tenia razón, “no había verdad en la existencia de amor, placer, pasión, fue engañarse a sí mismos solo era un doloroso y amargo mercado donde el cliente, marchante o güero, del necio y doliente escaparate escogía la mujer”. Ésta le ponía precio a sus atributos, a sus encantos, a sus habilidades, “a todo le daba un costo; a un beso, una caricia, una felación, una postura, ahí se negociaba un intercambio de dinero a cambio de un recipiente, una vasija para depositar sus fluidos, sus eyaculaciones”. El acto se volvía una transacción pactada pues “para ser p… prostituta y no ganar nada, más vale ser mujer honrada” como escribió Luis Spota en Casi el paraíso. El cascabel al gato, a ella le gustaba decir “se los dije” se dejó bien precisado “el tuzoburro nació muerto”, ¡el mayor problema es el ascenso, descenso y circulación al lado izquierdo, con o sin bolardos!

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