El almuerzo desnudo, William Burroughs The naked lunch, Ornette Coleman / Howard Shore

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HOMBRE

Durante su primera presentación en México, en el estreno de Spider, David Cronenberg declaró que además de una abierta fascinación por la literatura que permutó su frustración de escritor por una cinematografía innovadora, es uno de los melómanos más exigentes y exquisitos de la industria del cine.
Casi de la misma forma que David Lynch es indisociable del sonido de todos y cada uno de los títulos de los que ha sido autor, la música de la obra de Cronenberg evolucionó de graduales decoraciones por fondos atmosféricos hacia una experiencia integral de la que las composiciones se convirtieron en parte de un concepto elaborado desde muchas vertientes simultáneas.
De entre sus ambiciones figura El almuerzo desnudo. Probablemente una de las obras con menos asociaciones ni paralelo en la historia de la literatura, se trata de una de las piezas que más han dado de qué hablar desde su publicación. Escrita como una suerte de exorcismo de cuanto representó para el autor el descenso hacia la adicción y cómo desde ella construyó una forma de literatura a la que hace honor el título mismo, una alienación tan desgarradora de tal modo inabordable, para la que su sobreviviente podía advertir de las puntas de un tenedor durante un ritual para preservar la existencia del cuerpo, un escenario fantasmagórico, por completo diferente de la vida misma.
Sin lugar a dudas, una de las piezas más difíciles de adaptar a otra forma de expresión, excepto la literatura, Cronenberg decidió explorar durante su producción, con tantas opciones como cupo esperarse de su talento; entre otras, un montaje relativamente caprichoso, la vuelta hacia piezas pequeñas de su obra en cuentos cortos, así como eventuales pincelazos de quienes coincidieron con Burroughs durante su pesadillesco descenso en Tanger / Túnez / Marruecos a la que denominó Interzona, el espacio de Huxley, William Blake y Jim Morrison. Asimismo, el corte voluntario con la tradición narrativa, de modo tal que su conclusión no podía ser otra cosa, salvo anticlimático.
El almuerzo desnudo nunca fue ni intentó ser un viaje iniciático de nada, menos aún la manifestación caprichosa de la aventura cínica que en su momento sí resultó ser Trainspotting. Acaso, sí se convirtió en una bitácora de la adicción y cómo su tripulante logró, de la mejor manera posible, sostenerse por encima de las consecuencias para dejar un testimonio de ello, sin apelar a otro contrato social, excepto el de una lengua capaz de reflejar lo que recuperó de dicho trance.
Pero por las ambiciones del experimento sin parangón, ¿qué otra forma de contrato creativo podría reflejar parte de la dimensión representada en la novela? Nada menos que el acid / free jazz.
Ornette Coleman, creador de una de las rutinas conceptuales más ambiciosas y extravagantes de la música, quien desde sus Science fiction sessions, Of human feelings, The art of improvisors, Who’s crazy, entre otros, empujó al jazz en una dirección sin precedentes con un sonido febril, en completo contraste y exploración de un sonido afuera de la armonía tradicional, ya de por sí en duda por el mero ejercicio del jazz.
Quizás una de las versiones más controladas y moderadamente tradicional, por tratarse de la partitura para un trabajo cinematográfico con suficientes puntos clave para que el escucha ocasional no se sintiera demasiado ajeno, The naked lunch de Coleman es una de las piezas más logradas de su autor, sin caer en la gratuidad ni ceder la identidad de su obra por el mero ejercicio de la decoración.
Acaso la obra con la que Coleman se dio a conocer fue de tal modo vanguardista que su paridad en tiempo y foco solo podían aparejarse con la Eric Dolphy, de quien la diabetes se encargó de apartar de toda futura producción, pero el desarrollo de una obra que lo mismo podía convertirse en atmósfera que discurso, sin quedarse en la propuesta conceptual de Brian Eno, apenas dejaron duda del permanente virtuosismo de Coleman, quien con su versión de lo que para él fue la novela, sembró un camino para el jazz todavía por advertirse.

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