En la Independencia de nuestro México, la inclusión del sexo femenino en la lucha por desaparecer el yugo de los españoles es sin lugar a dudas parte fundamental, las participantes no fueron únicamente de origen humilde, sino de todas las clases sociales que se tenían en 1810, el papel que desempeñaron las mujeres en ese movimiento armado fue extraordinario, puesto que no solo era estar a su lado para atenderlos o esperar pacientemente a que fuera solucionado el problema, las demandas sociales, el regreso de sus esposos o atender el trabajo en los cuarteles fue también su intervención activa.

En esa contienda beligerante, como en otras más y no únicamente en México, sino también en otros países, las menciones honoríficas y galardones han sido exclusivas para los hombres, dejando de lado a las mujeres minimizándolas por mucho tiempo en la participación de la Independencia; pero el género femenino, siempre a través de la historia, ha estado presente en cuerpo y alma infundiendo valor a sus hombres y más aún, el estar al frente de un ejército dispuestas a dar su vida por sus ideales. Ante ese hecho, es importante mencionar nombres de mujeres activistas beligerantes como Altagracia Mercado, guerrera imponente, fantasma histórico, ya que, después de su heroica hazaña parece haberse esfumado.

Ella, como muchas otras mujeres de gran trascendencia han quedado entre sombras, ocultas en las nubes del polvo de la guerra de Independencia, pero, el día de hoy, estas líneas van dirigidas a una de ellas. Mucho se habla de héroes, pero los reflectores comienzan a mirar en nuevas direcciones, descubriendo heroínas que han pasado inadvertidas por tanto tiempo.

Altagracia María Dolores Mercado nació a finales del siglo XVIII, reconocida como “heroína de Huichapan” (México, 2013), lugar que recordó por primera vez el tradicional Grito de Independencia, emitido por Andrés Quintana Roo e Ignacio López Rayón en el “Chapitel”, que posee una réplica de la campana legendaria que dio inicio a nuestra Independencia (Mágico, s.f.), mismo municipio que la vio nacer; orgullosamente del actual estado de Hidalgo (constituido como tal hasta el 16 de enero de 1869, por el entonces presidente de la República, el licenciado Benito Juárez García), que resguarda antecedentes históricos; desde el florecimiento de la cultura Tolteca, para pasar a ser botín español, colonizado a través del cristianismo como el resto del país, dejando un Hidalgo mestizo, donde los indígenas se convirtieron en la principal fuente de esclavos, tanto mineros como de venta y, cansados de esa situación, dejaron de reproducirse.

Surgió entonces en 1810 una llamarada de esperanza para todos y poder quitarse el sometimiento con el que se encontraban, que los hacía pensar que se pudiera saborear la libertad tanto anhelada, esta fue atendida de inmediato al escuchar de los arrieros del lugar, la noticia del levantamiento en armas que se estaba gestando por parte de sacerdotes y párrocos de Huichapan y Nopala, haciendo del Valle del Mezquital un lugar estratégico y activo para la insurgencia del momento. (Municipal, sf).

Cuando llegó a los oídos de los oprimidos el grito impuesto por don Miguel Hidalgo y Costilla desde el estado de Guanajuato, con total determinación y aplomo, Altagracia reunió todo el dinero del que tenía y podía disponer y con ello formó una división militar, unidad que ella misma entrenó y comandó; aquí se comprueba que ella era una estratega eficaz al vencer en repetidas ocasiones con su ejército a los españoles invasores del país.

Altagracia perteneció a una familia pudiente, tenía mucha habilidad en la monta de caballo, don de mando y, sobretodo, una valentía indomable que la trasmitía hasta en la mirada, admirable mujer, muy bien armada hasta los dientes y siempre al frente de su batallón y de esa forma confrontó a un ejército mejor armado que el suyo pero no con tanta fiereza para entablar una batalla; logró dispersar a su gente y al percatarse los invasores de que únicamente ella quedaba en pie, contrario a lo que muchos pensarían, se enfrentó con mayor coraje del que nunca se hubiera visto, abriendo fuego al aún numeroso ejército; ya sin cartuchos y con ventaja en número era predecible la facilidad con que fue apresada. (Lizardi, 1995).

Cabe mencionar que, debido a los escasos recursos existentes en las cárceles de la Nueva España, la orden al Ejército realista era que no se permitía prisioneros, los sobrevivientes debían ser fusilados; así pues, evadían fugas, motines y rescates por parte de los independistas e insurgentes o cualquier poblador que quisiera empatizar con ellos en el movimiento, con el afán de intimidar y evitarse complicaciones. (México, 2013).

El general decidió perdonarle la vida, ¿por qué?, sus palabras no podían mostrar mayor admiración al decir: “Mujeres como ella no deben morir” (Escorza Meza, 2016).

Y retomo sus palabras, “Altagracia no merece morir en el olvido”; la valentía y coraje junto con el honor que representó esta mujer hidalguense; legado grandioso que merece el reconocimiento de los mexicanos, que hoy gozan de gran libertad y que no habría sido posible si no fuera por mujeres que más allá de haber ayudado en cuestiones culinarias durante el movimiento de Independencia o de placer, como muchas veces se ha categorizado a la mujer subestimando su participación, sino que, luchó incansablemente en pos de esa liberación tan ansiada no importando su dinero y menos su vida.

La última información que se tiene de ella fue su aprehensión el 27 de octubre de 1819 y que fue trasladada a la Ciudad de México, siendo condenada a cuatro años en trabajos forzados como cualquier preso, para después desvanecerse en la historia (Lizardi, 1995) como un suspiro muy hondo que el viento de la bella airosa se llevó.

“No olvidemos a las mujeres que se desempeñaron como cocineras en tiempos de lucha, las madres de los combatientes, las enfermeras, las personas ideales para mitigar la soledad en los campos de batalla… todas y cada una de ellas fueron parte integrante de una sociedad en transformación (Ruíz, Emma, 1998).”

Comentarios