La vida y la muerte presentes en los altares de muertos, sin importar el tamaño o la suntuosidad, llenaron los hogares de color, olor y ambiente festivo, porque la posibilidad de la celebración es señal de vidas que convocan a celebrar a los difuntos. En las imágenes compartidas en redes sociales pudieron verse altares varios pintos, unos apegados a la tradición, otros incorporando elementos propios de sus entornos y experiencias actuales. Encontré comentarios cuyos tonos fueron definidos por la memoria de los buenos momentos con los seres queridos, otros tonos agridulces derivados del dolor o la incertidumbre, no faltaron los ánimos indignados clamando justicia.

La conmemoración de los muertos es una maravillosa celebración cuyo valor cultural y social se ancla en la tradición, pero sobretodo representa la renovación de los lazos familiares y del sentido de pertenencia, pues la elaboración de un altar es una actividad que convoca a ponerse de acuerdo del cómo, cuándo y a quién debe estar dedicado, al tiempo que obliga a la renovación de acuerdos familiares. Definir la dedicación de un altar, conlleva el reconocimiento de los orígenes y la pertenencia a un grupo familiar, hecho necesario cuando sigue siendo la familia la institución más importante de nuestra en vida en sociedad. En los altares se incorporan a personas que no compartieron lazos consanguíneos, pero ingresan al altar porque el afecto y reconocimiento se sobreponen al parentesco. También he atestiguado altares que omiten ingresar a algunos parientes a manera de sanción por sus obras en vida.

La conmemoración del día de muertos me genera dos reflexiones, la primera sobre el significado de la tradición, otra sobre el sentido del parentesco. La tradición es conocimiento heredado de generaciones, cada generación según su experiencia y circunstancias han agregado símbolos y significados, por ello, el airado reclamo de quienes se asumen como supervisores de la pureza de las tradiciones no está justificado, porque la tradición no se concentra en la cantidad y calidad de los elementos que se agregan u omiten en el altar, la tradición prevalece en la medida que se simboliza, ritualiza y significan las cosas y acciones. Pueden crearse grandes altares “apegados” a la tradición, que solo quedan en escenografías que se montan y desmontan porque carecen de significado. Los altares son importantes en la medida que un grupo de personas acuerdan dedicar su altar a un ser querido, otorgan valor simbólico; además definen composición en tiempo y espacio según sus contenidos culturales, para convertir su montaje en un ritual. La máxima definición de nuestra condición humana, es la capacidad para ritualizar y simbolizar nuestras acciones y objetos, el altar del día de muertos, es uno de los más significativos que tenemos como mexicanos.

Otra reflexión se debe al sentido de parentesco, pues las familias del presente no corresponden a la única dimensión de la sangre común, porque los procesos sociales han alterado nuestras dinámicas endogámicas, de pequeñas comunidades urbanas y rurales donde todos sabemos de nuestros orígenes y destinos; las migraciones o la indiferencia imponen la creación de nuevos lazos, ahora los amigos se convierten en familia, porque descubrimos que la familia se trata del grupo de personas que se cuidan y procuran bienestar común, eso posibilita un ejercicio de elección, porque de cierta manera, las familias basadas en la consanguinidad son pequeñas dictaduras que adoctrinan sobre la lealtad a quienes son los primeros en dañar a su descendencia; las familias por amistad, conllevan un proceso de elección según méritos.

La vida y la muerte conjugados en los altares del día de muertos, es un momento crucial de la cultura mexicana para renovar lazos con los presentes y compromisos con quienes nos han antecedido, el compromiso primordial es la salvaguarda de la vida propia y ajena.

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