Recuerdo cómo fue que conseguimos que se realizara la asamblea. Eran los primeros días del mes de marzo cuando lo vimos. Antes de entrar le dije a Lolita Heduard: ‘Oye tú, y ahora ¿qué le decimos?’. Y me dice: ‘Pues si eres tan mujer fájate las enaguas y dile lo que tenemos que decir’.
Al entrar nos dijo el candidato: ‘A ver, aquí estoy compañeritas, me da mucho gusto poder saludarlas. ¿Tenían algo que comunicarme, algo de qué hablar conmigo?’. Y le dije: ‘Mire usted. ¿Cree justo, don Adolfo, que las mujeres no tengamos derecho al sufragio universal nada más porque nacimos con un sexo que no elegimos?’ Y que va cambiando la cara, se puso muy serio y dijo: ‘Me están hablando ustedes de un asunto muy serio, necesitamos volver a reunirnos porque esta entrevista no es para discutir un asunto tan importante’.
Entonces ya me envalentoné yo y le digo: ‘Bueno, ¿le parece a usted que nos volviéramos a reunir pero que viéramos la fecha desde ahora?’. Dijo que sí… la organización no fue difícil, fue pesada, pero teníamos tanto y tantas ganas de que nos dieran el voto que trabajamos y todo salió bien…”
La voz de este testimonio es la de Amalia González Caballero de Ledón y sí, todo salió bien. Gracias a su liderazgo, pero también a la fuerza de otras mujeres, se logró que el 17 de octubre de 1953 las mexicanas tuvieran el derecho a votar. Ella y un pequeño grupo insistieron de todas las maneras posibles para ejercer la presión necesaria. En uno de sus tantos discursos, dijo:

“México, maravillosamente contradictorio, suceden cosas tan curiosas como esta, de que siendo un país indudablemente el más avanzado de América en legislaciones sociales, se le niega a la mujer la ciudadanía y los derechos políticos. Los hombres de México adoran a las mujeres y las respetan y las veneran; pero las quieren sujetas a su propia condición y dependientes de su absoluto dominio.”

Amalia organizó la Alianza de Mujeres de México que mantenía la demanda por el derecho al sufragio. El 20 de abril de 1952, escribió en el periódico Excélsior:
“Es tiempo ya que la mujer mexicana se dé cuenta de su papel histórico, de sus obligaciones sociales, del ineludible deber de luchar con inteligencia y energía para resolver los graves problemas que la afectan directamente… la mujer mexicana puede ocupar el sitio que legítimamente le corresponde, fortaleciendo la tendencia cada vez más definida de participación directamente en las funciones administrativas y políticas del país. Llegando el momento de obtener los derechos políticos plenos. La mujer mexicana hará uso de ellos, no con una actitud demagógica y ambiciosa sino con el noble fin de poder intervenir directamente en la resolución de los problemas que afectan al país…”

Si bien su intervención fue determinante para que las mujeres del país lograran participar en las elecciones, también es cierto que su trayectoria la convierte en una de las mujeres más destacadas del siglo XX. En efecto, ella fue funcionaria, promotora cultural, candidata a gobernadora de su estado y defensora de los derechos humanos. Primera embajadora (1953) y primera mujer que formó parte de un gabinete presidencial. Realizó muchos proyectos culturales y educativos. Logró la creación del Museo de Arte Moderno, así como de varias bibliotecas. A juicio de la historiadora Gabriela Cano, doña Amalia se desarrolló en tres campos principales: el sector público, la dramaturgia y el
feminismo.
Nació en el estado de Tamaulipas en el año de 1898. Culta, inteligente, decidida y bella, son los adjetivos que la acompañan en cada semblanza y en cada biografía que se ha escrito de ella. Murió el 3 de junio de 1986. El Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes le rindió un gran homenaje y sus restos fueron depositados en la Rotonda de los Tamaulipecos Ilustres. En 2006, por petición de su hija Beatriz y un número representativo de mujeres mexicanas, fue trasladada a la Rotonda de Personas Ilustres en el Panteón Dolores de la Ciudad de México. Fue recibida con el corrido: “La norteña de mis amores”. En su epitafio se lee el fragmento de un poema de Carlos Pellicer, que describe de manera hermosa su trayectoria: “No es que fuera la luz que la luz era…”

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