Aunque se trata de uno de los peores escritores de ciencia ficción de quienes se tenga registro, a diferencia de Verne y H G Wells, mientras a uno se le puede colgar la etiqueta de soberano maestro de las letras “futuristas” y al otro de genial visionario de fábulas modernas con un enorme componente social, a Gernsback se le puede etiquetar de profeta de la tecnología. Ni uno de todos los textos firmados por su pluma, pese a la mediocre capacidad para elaborar un relato decente, se encuentra exento de la lucidez para predecir con una precisión escalofriante, la tecnología que hoy forma parte de la vida cotidiana.

Fundador de Amazing stories, Gernsback es uno de los responsables de contribuir a la cultura pulp de la ciencia ficción, casi como se le puede achacar a Hammett, Chandler y McDonald el haber salido del hard boiled para crear la novela noir, también desde publicaciones periódicas con un gusto de estereotipos recargados.

No obstante el carácter de sus publicaciones, la estética tanto visual como narrativa de una época, una vez llegada la década de 1960, se decantaron por una supuesta forma integral que tendría una particular especie de sonido, muy, muy característico de un tiempo bastante preciso.

Alrededor de 1964, en las orillas de Nueva York, Robert Moog, joven ingeniero quien había experimentado con el theremin, un oscilador que detectaba la presencia de manos sobre la superficie del aparato y además publicó manuales para desarrollar versiones caseras de aparatos que producían sonidos electrónicos, sin la intervención de cuerdas, percusiones, aliento ni teclas, estaba por generar el primer sintetizador modular del mundo.

En realidad, ya había avanzado sobremanera con un dispositivo que incorporó las teclas de un piano a una consola que moderaba oscilaciones de una señal eléctrica, pero fue hasta que añadió los primeros controles de oscilación de voltaje y filtros, cuando por fin surgió el sonido característico de un futuro que hoy se percibe viejo, fuera de línea, pero sentó las bases de la música electrónica que hasta la fecha se produce.

Poco a poco, la adopción de Keith Emerson, de Emerson, Lake and Palmer, pasando por Kraftwerk, Mike Oldfield y Tangerine Dream, logró que el invento de Moog se convirtiera en una de las principales cúspides de la música moderna. De tal modo que la integración con la actual tornamesa habría de darle un control soberbio a los DJs y exploradores del sonido original de Moog, como hasta la fecha tienen Daft Punk, Isao Tomita, Jean-Claude Jarré, Air, Aphex Twin, DJ Beast, Underworld…

Por allá de la década de 1980, cuando la música electrónica desconocía la existencia de los raves y el sonido house, Klaus Schulze, más bien orientado a la música atmosférica, le dedicó una buena parte de su obra a Robert Moog, entre las que destacan Are you sequenced? y The dark side of the moog. En ellas, a diferencia de la gradual evolución que por ejemplo ilustran Daft Punk en sus reiterados homenajes a las formas originales y la manera en que las adaptaron a un sonido actualizado, Schulze buscó instalar una referencia al padre semidesconocido del pan gracias al que la música de la segunda mitad del siglo XX fue posible.

Más adelante, con el apoyo de Pete Namlook y el propio Moog, el último ejemplar de la obra de Schulze en su línea de homenajes, sería The evolution of the dark side of the moog, salvo que en esta ocasión, aludiendo a Pink Floyd, con ligeras variaciones de los títulos originales del grupo, pero material y composiciones originales.

Lo más interesante de la propuesta de Schulze, es que pese a la oscuridad de las referencias, parte de su trabajo, durante una época en la que se consideraría arbitrario y fuera de lugar, sirvió para reconsiderar la importancia intelectual del padre del sonido electrónico, de modo que su lugar en la historia, si bien durante un tiempo olvidado, gracias a Schulze sirvió para que se le revalorara y tanto Alemania como Gran Bretaña se tomaran el tiempo para reincorporarlo a la realidad acústica de la actualidad.

Hoy, gracias al repaso de Schulze, el nombre de Moog goza del relieve que desde sus inicios, primero por impensable y en la actualidad por innegable, merece tal precursor de una música única y sin doble en la historia.

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