Anda sin el menor recato por el territorio hidalguense. Sabe perfectamente que en los municipios jodidos (que somos mayoría) están los votos que necesita su partido para que la casta política semieuropea conserve el privilegio de tener los dineros públicos a su disposición.

Anda con sus merolicos y cuando lo escucho me recuerda a aquel vendedor del tónico traído de un laboratorio de Guadalajara y que, según el gritón, cura toda enfermedad, quien cita el secreto para vender su producto, radica en detenerse a gritar frente al domicilio en que según sus informadores vive un enfermo. A ese nivel ha caído este gobernador tan incapacitado, herencia de la enfermedad de Jesús Murillo.

Deambula y ambula diciendo y haciendo sandeces. Rompe con la decencia que debe destilar la figura de un gobernador. Arrastra por los suelos la idea e imagen que se tiene de que para poder llegar a ser gobernador de Hidalgo mínimo debes tener educación, aunque seas un burro.

Sus audiencias públicas más se parecen a teatros baratos de los gitanos. Él sabe que no es correcto simular atención médica improvisada y de un solo día. Sabe que en los años que lleva gobernando en nada se ha avanzado en la construcción de acciones públicas ordenadas y efectivas para corregir el desastre heredado de sus antecesores, los que también incurrieron en la simulación en la atención de la salud de los hidalguenses. Sabe que traer brigadas, por muy disfrazadas de especialistas, no es la manera ética y moral de cumplirles a los que votaron por él.

Por otro lado, hacer la faramalla de recibir solicitudes sobre las necesidades públicas o privadas es solo una triste y ruin forma de intentar mantener su popularidad por medio de levantar falsas expectativas entre los más necesitados.

Si sus neuronas no se le han secado, debe recordar que la decencia política indica que es a través del Sistema Nacional para la Planeación Democrática la única vía para darle forma ordenada y justa a la acción institucional de cualquier orden de gobierno. Venir a la casa del jodido a preguntar que necesita es la peor ofensa que pueden hacer aquellos que ya casi terminan su periodo de gobierno y que, se supone, los eligieron por conocedores de la realidad social y política.

Pero no terminan ahí las aferraciones de Fayad. Su ambulantaje en pleno proceso electoral solo demuestra su apuesta por la indecencia y el juego sucio. Y es valiente y taimado como todo delincuente electoral, pues ordena el acarreo hasta de discapacitados cuando su obligación, o la de doña Victoria, es irlos a visitar a su domicilio para llevarles el apoyo generoso comprado con nuestros impuestos. Y algo peor, con sus actos masivos, inician lo peligroso que puede tornarse el ambiente político en los municipios por la disputa de las alcaldías.

Si eso no le preocupa, estaremos ante el riesgo de violencia, cuyo germen lo disemina hoy Omar Fayad con su torpe actuar.

Ya como colofón a las andanzas de este personaje, por ejemplo, en San Felipe Orizatlán se atrevió a mofarse del físico del alcalde Raúl Valdivia Castillo. Lo hizo en público y con micrófono en mano. Lo llamó “presidente panzón”. Y aunque no hubo respuesta inmediata de parte del aludido, muchos de los pobladores orizatlenses pensaron y expresaron: “A Valdivia lo panzón se le puede quitar, pero al otro lo falso nunca”.

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