“La aventura vale la pena en sí misma”

Volar, volar, volar. La mayoría de las personas de una u otra forma nos imaginamos o deseamos volar, pero ¿cómo? Decimos voy a volar y primero volamos verdaderamente con nuestra imaginación, pero no deseamos únicamente de esa forma, sino que volar, tener alas y poderlo hacer.

El deseo de volar está presente en la humanidad desde hace siglos, quizá hasta se podría decir que desde que el hombre primitivo se puso a observar las aves que cruzaban en su camino y otros animales voladores; nuestros ancestros, que intentaron volar imitando el precioso vuelo de los pájaros, colocándose un par de alas elaboradas de madera y plumas que usaban en los brazos y las balanceaban sin obtener resultado alguno.

Durante siglos se dieron tímidos intentos por alcanzar el vuelo, fracasando infinidad de veces en ello, pero las mejoras fueron sucediendo poco a poco y cada vez se lograban nuevos resultados, desarrollándose la aviación tal como la conocemos hoy en día con aeronaves construidas de materiales cada vez menos densos y más resistentes de alta tecnología.

A lo largo de ese proceso ya habían participado en el desarrollo de la aviación algunas mujeres, las cuales quedaron prontamente olvidadas debido a que su presencia en la aviación no había sido de relevancia o similar a la de sus compañeros varones.

Pero siempre habrá algún suceso que cambie el curso de la historia y esa forma de pensar, y así, surgiendo casi de la nada en esta historia fantástica afloró Amelia Mary Earhart, la primera mujer en intentar hacer un vuelo alrededor del mundo a través de la línea ecuatorial.

Amelia nació el 24 de julio de 1897 en Atchison Kansas, Estados Unidos; quien a corta edad le llamó la atención los aviones. Se cuenta que el primer avión que ella conoció se lo presentó su padre cuando contaba con tan solo 10 años y sus palabras para referirse a este fueron: “Es una cosa de alambre oxidado y madera, y no tiene nada de interesante”. Indudablemente que su impresión a primera vista no fue muy placentera en cuanto a los materiales con los que estaba fabricado, pero eso no nos muestra que no le haya gustado porque años más adelante Amelia fue una mujer de fuertes convicciones, capaz de batir marcas de aviación (Muy Interesante, 2013).

Pese a que las mujeres de la época se les negaba todo el derecho que tenían a la educación, Amelia tuvo la oportunidad de cursar y concluir sus estudios superiores en una universidad, y ello ocurrió en la Universidad de Columbia, Nueva York y tiempo después tuvo también el privilegio de asistir a algunos cursos de verano en la Universidad de Harvard. Sus aspiraciones no eran las que deseaba cualquier mujer que ostentaba una posición social y económica como la que tenía, deseaba otras cosas fuera de lo común; por lo que durante la primera Guerra Mundial trabajó como enfermera voluntaria en una casa improvisada en el lago canadiense, y más tarde, trabajó como asistente social en Boston, Massachusetts (Biografías y vidas, sf).

Gracias a ese, su último trabajo, en 1921 Amelia compró su primer avión, al que de inmediato bautizó con el nombre de “Canario”. Con ese regalo que se otorgó a sí misma, Amelia alcanzó una marca de 4 mil 270 metros de altitud, marca nunca antes registrada por un piloto aviador. Para esas fechas, ella ya era una mujer muy conocida por su activismo en favor de las mujeres de la región. (Muy Interesante, 2013).

Un día Amelia se encontraba trabajando cuando de manera sorpresiva recibió una llamada de George P Putnam, Wilmer B Stultz y Louis E Gordon, pilotos reconocidos de Estados Unidos, los cuales le propusieron ser la primera mujer en realizar un vuelo trasatlántico de Terranova a Gales. Posiblemente Amelia no era la más experimentada, pero era una mujer con coraje y con ganas de mostrarle al mundo lo alto que pueden llegar las mujeres; y así, sin pensarlo dos veces, el 27 de julio de 1928 tomó su equipaje, se abrochó los cinturones y emprendió un viaje desconocido para ella, fueron al menos 23 horas de viaje consecutivas y más de 3 mil 200 kilómetros recorridos, pero finalmente logró posar sus alas al otro lado del Atlántico.

A su regreso a Estados Unidos, Amelia fue recibida con un desfile organizado por el Ejército estadunidense. Después de incursionar en la aviación como una piloto profesional, muchas mujeres comenzaron a identificarse con la imagen de la nueva mujer del siglo XX. En 1929, Amelia abrió un espacio dedicado a las mujeres aviadoras, el Ninety Nines, que sigue vigente hasta el día de hoy (Muy Interesante, 2013). En 1931 conoció al afamado editor y explorador George Palmer Putnam con el que contrajo matrimonio al poco tiempo de conocerse, sin embargo, Amelia decidió conservar su apellido de soltera.

Entre el 20 y el 21 de mayo de 1932 realizó su segundo viaje a través del océano Atlántico, pero en esa ocasión no solo reafirmó su fortaleza como mujer, sino que estableció una segunda marca de velocidad al volar de Nueva York a Irlanda en un tiempo record de apenas 13 horas y 50 minutos. La popularidad que Amelia gozaba le permitió abrir nuevos espacios para las mujeres, gracias a eso, muchas pudieron incorporarse al campo de la aviación, incluso en vuelos comerciales (Biografías y vidas, sf).

Hasta aquí el triunfo de Amelia era innegable, la herencia dejada para las mujeres es algo que jamás será reemplazado. Sin embargo, a finales de 1937 anunció que intentaría dar la vuelta al mundo por una ruta distinta a la que se había usado en esa travesía. Así, el primero de junio de 1937 Amelia, junto al capitán estadunidense Frederick J Noonan como copiloto, emprendió el viaje desde Miami, Florida, hasta Sudamérica; de allí a África y posteriormente a las Indias Orientales (Biografías y vidas, sf).

Después de haber completado casi la tercera parte del viaje y más de 30 días de vuelo su avión desapareció en medio de un temporal el 2 de julio, realizando la penúltima etapa del viaje que habría de llevarles desde Lae, Nueva Guinea, a la isla Howland, junto a Australia. Hoy en día se desconocen las circunstancias del accidente y el lugar exacto donde se produjo. De esa forma, las alas de Amelia ya no se vieron jamás en firmamento alguno surcando el cielo azul.

“Lo hago porque lo quiero hacer”
Amelia Mary
Aviadora

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