Amenaza TransCanada lugares sagrados

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Sones de costumbre, altares de colores de papel picado y el olor profundo del incienso amenizan la celebración de las ofrendas en Santa Mónica para asegurar la siembra, pero TransCanada amenaza con desaparecer esas tradiciones y lugares sagrados indígenas con la construcción del gasoducto Tula-Tuxpan.
Pädis (personas sabias) que cuentan de la Mayonija (iglesia antigua) y de lugares donde lo mágico y lo real conviven y se confunden en su fiesta de las ofrendas a la semilla, tierra y agua.
En la sierra, entre los límites de Hidalgo y Puebla, la neblina espesa y el aroma de la tierra mojada, hay otomíes que luchan por preservar vivas sus costumbres ante la trasnacional que invierte 458 millones de dólares para transportar gas natural.
En medio de la música de un violín y dos guitarras, Epitacio, señor sabio de la comunidad, organiza la celebración de las ofrendas. Los cohetones estallan, potentes. La procesión camina hacia el oratorio, enarbola velas que iluminan la
oscuridad cerrada.
Sombrero, machete en la cintura con una funda de cuero, viste un pantalón de mezclilla, chamarra y sombrero.
Sus padres le enseñaron los significados de la celebración y antes los papás de sus papás transmitieron el conocimiento. Ahora, con expresión seria, Epitacio marca el ritmo y los pasos que los demás siguen.
En su estudio de impacto ambiental y social, TransCanada ignora la celebración de las ofrendas y ni siquiera toma en cuenta los lugares sagrados de Santa Mónica, que afectará con el proyecto.
Víctor, quien tiene cinco años de activismo en la región Otomí-Tepehua en defensa de los derechos humanos de los pueblos indígenas, señala la necesidad de elaborar un mapa de lugares sagrados con la finalidad de evitar que sean destruidos por la empresa.
La ruta contempla un cerro sagrado, abundantes ojos de agua, piedras y una cueva que llaman Mayonija (iglesia antigua), ubicada en un lugar llamado bithö yezna. Sitios que visitarán al día siguiente.
Colaborador de la Coordinadora Regional de Acción Solidaria en Defensa del Territorio Huasteca-Totonacapan (Corazon), el profesor, como todos lo llaman, afirma que el objetivo es defender la tierra desde las tradiciones ancestrales de la comunidad.
Las llamas que sostienen las manos alumbran al oratorio en una tonalidad rojiza. Al fondo un Cristo crucificado y demás santos católicos observan a los habitantes de Santa Mónica que bailan el son de costumbre.
Solemne, respetuoso, Epitacio toma la caja de madera en cuyo interior permanecen resguardadas las semillas de maíz, frijol y chile, cuyos granos forman los pequeños cuerpos de muñequitos finamente adornados, entre papel picado y bastones con listones.
Tras cargar la caja que después encabeza la procesión, caminar las calles de Santa Mónica hasta la iglesia antigua de la localidad, donde bailan al sonido rítmico de una campana y un silbato, sacan los muñecos para colocarlos en el altar.
El baile, un pasito atrás, luego adelante, movimiento de cadera, una vueltecita con cadencia, se prolonga hasta la madrugada en honor a las semillas y también para que llueva, luego de más de un mes de sequía.

Santa Mónica

Amanece y llueve. Santa Mónica es un pueblo ubicado en la base de un cerro enorme que parece una muralla en cuya cima pasa la carretera que conecta a Tenango con Tulancingo. Una nube espesa, fría y siempre presente oculta el paisaje en la madrugada lechosa.
Colindantes con Puebla, contentos de sus costumbres, todos los habitantes de Santa Mónica hablan otomí e incluso las primeras palabras de los niños son en esta lengua, cuentan entre risas.
El idioma dificulta la comunicación con los visitantes pero una vez superada esa barrera, los pobladores de la comunidad ofrecen un techo donde pasar la noche, atole de cacao, mole, tamales envueltos en hojas de plátano y se abren al diálogo y a la confidencia.
TransCanada destacó como comunidades indígenas relevantes por donde construirá el gasoducto a Santa Mónica y San Nicolás, ambas de Tenango de Doria, con 99 por ciento de población originaria.
Sin embargo, pese a que la empresa ya inició la construcción en otros municipios como en Singuilucan, en Santa Mónica no ha consultado a los pobladores si desean que el gasoducto pase por sus tierras.
Como en las localidades vecinas de San Pablito, Paciotla y Xochimilco, ubicadas en Puebla, en Santa Mónica se oponen al paso del gasoducto.
Las casas de Santa Mónica se extienden en la pendiente de un cerro, como todos los pueblos de la sierra. Tienen sus calles angostas y a veces inclinadas; su cancha de basquetbol donde grupos de música tocan banda y cumbia.
El visitante no debe saludar con un fuerte apretón de manos, solo es necesario el roce de la palma y los dedos.

¿Para qué y cuándo celebran a las ofrendas?

“Usted me pregunta para qué hacemos esto y pues la verdad es muy fácil”, dice una mujer, falda, blusa bordada, huaraches y una gran sonrisa que muestra sus dientes blancos y fuertes.
“Celebramos a las semillas con tal de que la cosecha sea buena y tengamos maíz y frijol para comer.
“Fíjese que no había llovido en la sierra y las matitas de maíz que apenas nacen estaban tristes y secas, pero se pondrán fuertes con la lluvia que inició hoy y podremos cosechar por julio.
“También ofrendamos al cerro sagrado, rocas y a las cuevas para que nos protejan, además de los ojos de agua con tal de que no falte el agua y darles a conocer nuestro respeto por lo recibido.
“Nosotros sabemos que la celebración inicia cuando nace una flor amarilla llamada siempreviva, que usamos para adornar las ofrendas y las velas. Por lo regular es en la primera quincena de febrero.”

“Celebramos
a las semillas con tal de que la cosecha sea buena y tengamos maíz y frijol para comer”

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Velas y flores, baile y música, ofrendan los habitantes de Santa Mónica en el oratorio

Los habitantes de Santa Mónica llegan a la cima del cerro sagrado, donde hay un pequeño cuarto de cemento coronado por una cruz

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lunarPor cientos de años, el son de costumbre, conformado por un violín, dos guitarras y un tambor de madera, ha ofrecido su música alegre

Ruta sagrada

La procesión llega a la cima del cerro sagrado. La pädi pasa la flor siempreviva por el cuerpo de un hombre que permanece arrodillado y con la vista hacia el suelo, quizá los ojos cerrados. Una brisa, como cortina líquida, se convierte en lluvia.
Un gallo blanco, asustado y mojado es colocado en la rama de un árbol para que todo salga bien. Y en un pequeño cuarto de cemento, coronado por una cruz, instalan la ofrenda de veladoras, pollo, mole, cigarros, refino y papel picado.
Mientras baila el son de costumbre en una fila de hombres y mujeres que dan la vuelta al cuarto de cemento, el profesor Víctor apunta que el paso del gasoducto de TransCanada cortará ese cerro siempre verde, a cuya cima se llega a través de una vereda.
Parece una línea de hormigas, protegidas de la lluvia con plásticos, que saben de memoria la ruta sagrada entre las faldas de los cerros y las pendientes pronunciadas. Cualquier otra persona extraña simplemente se perdería.
Caminar entre la lluvia, superar piedras y suelos resbalosos, además del frío que engarrota las manos, cuesta trabajo, pero ellos persisten en su celebración.
Activo de un lugar a otro, moreno, pelo cano, don Mario es el encargado de lanzar los cohetones que esparcen su eco en la infinita sierra y cada vez que descansa cuenta sus historias.
Entre la llovizna, narra la de una campana enterrada cuyo tañido escuchan cada año nuevo y en el día de San Juan. Habla de sirenas que aparecen en los ríos y que los hombres no deben ver si quieren llegar a su destino. De lagos que se secaron por los derrumbes.

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Paisaje lunar

Es una gran cueva ubicada en Mayonija, una enorme abertura en el corazón de un monte escondido entre la vegetación y los árboles, a la cual llegan tras superar una pronunciada pendiente. No hay camino, solo el instinto de que por ahí deben caminar.
Predomina el tono grisáceo de las paredes de piedra, con líneas rectas que parecen columnas, que protegen a la procesión de la lluvia. En el techo abovedado hay cráteres y figuras formadas por la humedad y el paso del tiempo.
Cansados, los jóvenes se sientan en las grandes piedras esféricas cuyo origen parece prehistórico.
Es un paisaje lunar, imponente y lejano, silencioso y fresco. Un olor húmedo, de historia. La densa neblina aumenta la sensación de lo sagrado, mientras colocan
la ofrenda frente a una cruz pintada de blanco en una
de las paredes y la melodía del son de costumbre retumba con el eco.

Abrazos y despedida

Tras colocar la última ofrenda en un ojo de agua ubicado en una zona de recarga de ríos y manantiales que abastecen a localidades de Puebla e Hidalgo, la cual sería afectada por la construcción del gasoducto, la procesión por fin llega a la iglesia de Santa Mónica.
Hay gente que baila frente al altar de las semillas: ancianos, jóvenes que acompañan a sus padres, ropas sencillas que muestran el esfuerzo diario del trabajo. Los integrantes de la procesión descansarán, comerán pollo y mole preparado para la ocasión.
Un trío de son de costumbre está a un lado del altar y otro en el costado opuesto. En ocasiones su música se encuentra y choca, y la iglesia se convierte en una caja musical donde todos bailan. Uno de los grupos tiene a un hombre que toca un tambor de madera con dos palos: “pum, pum”.
Un paso adelante, luego hacia atrás, la otra pierna igual con una breve flexión de rodilla y una mujer toca una campana y luego un silbato. El humo del incienso se eleva con una llamarada de fuego y la noche llega de nueva cuenta en la antigua iglesia
de techo de lámina y vigas de madera.
Antes de guardar las semillas que contienen los muñequitos adornados con collares, peinetas y aretes, pasan colocados en una canasta liviana de mano en mano para que bailen con ellos, los arrullen con cada movimiento.
Solícitos, Don Mario y Epitacio reparten cacahuates, dulces y galletas en forma de animalitos, además de jarabe de azúcar. Los muñecos son acomodados en la caja y las mujeres se persignan y los tapan con papel picado antes de regresarlos al oratorio.
Bailan de nueva cuenta pero ahora abrazados de los hombros y cada cinco minutos cambian de pareja durante una hora. Sonrientes, tranquilos, consientes de la importancia de sus tradiciones.
Al fondo de la iglesia antigua de Santa Mónica, los santos católicos permanecen tras una cortina de plástico.

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Estamos cansados, tras horas de caminata. Llegaremos a la iglesia y en el atrio comeremos mole y tomaremos café y atole de cacao

Hay gente que baila frente al altar de las semillas: ancianos, jóvenes que acompañan a sus padres, ropas sencillas que muestran el esfuerzo diario del trabajo

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Aquí, lo sagrado está en todos lados, en la tierra, en las piedras, en el incienso intenso que se respira en cada altar

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Un trío de son de costumbre está a un lado del altar y otro en el costado opuesto

 

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