Hay un nuevo giro en el optimismo que despertó la transición en los ciudadanos de América Latina, esa desilusión es, en buena medida, resultado de los escándalos de corrupción, violencia, autoritarismo que han generado descontento social y amenazan la inestable democracia. La legalidad, la legitimidad, la libertad, son principios en crisis. La fascinación por el populismo (de derecha o de izquierda), el desdén por los valores liberales y democráticos, han puesto a este continente al borde del derrumbe. El fracaso social y económico es una parte de la ecuación, en la otra parte se encuentra en el delirante comportamiento de líderes que han perseguido, encarcelado, asesinado o exiliado a sus opositores. El caso de Venezuela (pero no es solo ella, ahí está también Nicaragua) es quizá paradigmático, en este país “el gobierno ha diezmado sistemáticamente a la oposición. Sus mejores líderes han sido asesinados, encarcelados o inhabilitados. Las elecciones, trampeadas. El apoyo popular que Chávez, sin duda tuvo durante la primera fase de su presidencia, fue reemplazado por el apoyo militar cuando la caída de los precios del petróleo hizo imposible seguir comprando la popularidad con dádivas. Se cambiaron las dádivas por las balas, la represión y las torturas” (Moisés Naím). Chávez, como en su momento Fidel Castro, fue capaz (y tuvieron la suficiente habilidad) para vivir una suerte de metamorfosis, talentosos prestidigitadores de su personalidad, “hicieron creer a millones de personas que eran una cosa, cuando en realidad eran otra” (Naím). Un especial talento para presentarse por otros, les permitió, en algún momento, tener reconocimiento internacional.

El desencanto con las transiciones tiene una importante vertiente económica. De acuerdo con el Latinobarómetro, y con los informes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), durante este nuevo siglo existe un creciente malestar de los ciudadanos con la democracia, a la que responsabilizan del aumento de la pobreza y la desigualdad, afirmación que no tiene ningún sustento, pues de acuerdo con la CEPAL, el crecimiento de la pobreza extrema no fue, en la década de 1990, tan dramático como en la década anterior, manteniéndose en una tasa cercana al 45 por ciento. La crisis económica que enfrentan países como Venezuela y Nicaragua se agudizó cuando impulsaron políticas populistas, con ese populismo se combinaron dos condiciones “un estilo de política en el que un líder fuerte concentra el poder, intenta establecer una relación directa con las masas y desdibuja las divisiones entre las instituciones, la separación de poderes. Confunde líder, gobierno y Estado y normalmente, pero no siempre, lleva a cabo una política económica expansiva y fiscalmente insostenible, que termina en inflación” (Michael Reid). Venezuela se ajusta con precisión extraordinaria a esa descripción. El presidente Maduro, y antes Chávez, utilizaron la receta populista consistente en el control de la riqueza petrolera, el dominio de los medios, la intimidación social, la concentración de los organismos del Estado y la dirección absoluta de las fuerzas armadas, todo lo anterior provocó, entre otras cosas, un gobierno militar y autocrático y que la economía de su país enfrente hoy una inflación inimaginable (y, por supuesto, inmanejable), un millón por ciento.

En ese escenario, el gobierno mexicano ha sido criticado por no haber respaldado la Declaración de Lima que asegura que el proceso electoral realizado en Venezuela fue antidemocrático, ilegitimo y exige nuevas elecciones. El gobierno se abstuvo de suscribir el documento, al argumentar su irrestricto respeto a la autodeterminación de los pueblos, posición que ha sido seriamente cuestionada por una franja social, pues asegura ese discurso, México no puede ni debe mantenerse al margen de la marcha democrática en América Latina. Si se revisa con cuidado ese debate, se concluye que sanciones como esa son poco eficaces, lo muestra el bloqueo cubano, que solo empobreció a la población, pero el régimen se mantiene incólume. Qué debe hacer México, por supuesto, llamar al diálogo, ser interlocutor, tender los puentes que permitan el entendimiento, eso solo se consigue dialogando, impulsando la razón y el entendimiento.

Comentarios