Yolanda

Nació hace 49 años en la Ciudad de México, pero la violencia intrafamiliar la desplazó a la capital de Hidalgo, antes de vivir su sueño americano trabajó como costurera en diversas maquiladoras, y como empleada de algunos establecimientos obteniendo como pago el salario mínimo, fue madre soltera de dos niñas a las que prometió una buena calidad de vida, pero los empleos en Pachuca, en el entonces Distrito Federal y en cualquier estado de este país impiden la mayoría de las veces el cumplimiento de promesas, ilusiones y sueños. En la década de 1990, la vida en Tijuana, Baja California, le mostró que había un lugar donde los sueños se cumplen, que solo hace falta cruzar una frontera y cobrar en dólares para lograrlo. Desde entonces esperó paciente el momento indicado en el que pudiera vivir lo que muchas veces vio en las películas, y escuchó en pláticas, algo que los latinoamericanos como usted o como yo llamamos el american dream, un país en donde el dinero no es impedimento para ser feliz con una bella casa y un automóvil en la cochera. Emprendió el primer viaje en 2003 cuando tenía 36 años, y sus hijas de nueve y 15 años despidieron, como tantas familias a lo largo de la historia, a su mujer migrante.

“La primera vez que crucé, acudí con una ‘coyota’ porque no son únicamente hombres, también las mujeres te cruzan, se llamaba Guadalupe. Llegamos hasta Tecate, Baja California, a un lugar que se llama la parada del Sol, me cobró 2 mil 500 dólares por caminar desde las 15 hasta las 3 horas para llegar a un lugar que llaman El Levantón, una vez que estás del otro lado, esperas ahí para que pasen por ti y te lleven a una casa, y luego a otra y otra.”
Trabajó de cajera en una cafetería a cambio de 650 dólares a la quincena por una jornada laboral de siete horas diarias. Después, su edad le impidió cumplir con el requisito de ser joven y sonriente con los clientes y renunció. Luego de dos años en diversos empleos, un día se cansó de extrañar a sus hijas y regresó, por convicción propia.

La Bella Airosa le regaló nueve años de una vida estable, pero un migrante se doblega cada vez que recuerda su vida en dólares, su sacrificio a cambio de una mejor vida para su familia y volvió a intentarlo. Esta vez nuevamente sus hijas, ahora de 20 y 26 años la vieron partir con la esperanza de que días después se comunicara para avisar que no solamente estaba bien, sino con vida.
Viajó a Michoacán con un grupo de personas con los que compartía sueños, llegó a Reynosa, Tamaulipas, y nuevamente una “coyota”, ahora llamada Jenny, de aproximadamente 15 años, la cruzó para recibir su pago de mil dólares por cada persona que logre brincar la frontera. Esta vez las cosas no salieron bien, fue abandonada en el desierto y tuvo que caminar hasta encontrar las primeras casas estadunidenses, la tierra que cubría su cuerpo y una mochila colgando de su espalda la delataron: era una ilegal y algún habitante que la miró por la ventana desde la comodidad de su hogar no pudo soportar la idea y la denunció; la “migra” comenzó a buscarla como si fuera una cacería, trató de esconderse en las casas pero nadie abrió las puertas y la encontraron, dice que no se resistió y fue deportada.

La tercera es la vencida

No se rindió y para la tercera vez, días después de ser deportada, tenía un aliado, su pareja, quien es residente legal en Estados Unidos y a quien conoció en una visita en las fiestas decembrinas que él hizo en la Bella Airosa; ese aliado, de nombre Erasto, pagó 8 mil dólares por la seguridad de Yolanda y el cruce seguro a la nación norteamericana, desde Sonora.

“Fue muy diferente a la primera vez porque ahora todo está actualizado, llegué a un municipio que se llama Naco, pero me sorprendió la organización de los que nos cruzaron, la jefa se llamaba Jacki y tenía un equipo de jovencitos como de 20 años. La verdad yo pienso que también pasaban droga porque tienen demasiada seguridad. El lugar es como una casa familiar, te tratan bien, de cierta forma te capacitan porque te enseñan el plan A y el plan B, caminar o correr por si algo no sale bien y las cámaras te detectan.
“El día que crucé me dieron un celular, me ayudaron a escalar la frontera colgando de una cuerda para pasar al otro lado y ahí emprendí el viaje sola porque ahora todas las indicaciones me las dieron por celular. En cuanto brinqué la frontera tuve que correr y rodarme por unas carreteras desérticas; ellos te indican por el teléfono si debes caminar, correr o esconderte. Tuve que rodar por dos carreteras hasta llegar al lugar que llaman El Levantón, de ahí me llevaron a una casa y en la madrugada me trasladaron a Phoenix, estuve unos días y después llegué a Ohio.”

La era Trump

Los siguientes cuatro años que vivió en Ohio laboró ocho horas diarias como personal de limpieza en un hotel, a cambio de mil dólares quincenales, califica su estancia como tranquila, a veces con nostalgia, pero siempre con la convicción de que el sacrificio valdrá la pena. Dice que la segunda cosa que más extrañas cuando estás allá es la frescura de la comida, que es muy difícil conseguir tortillas y más aún con buen sabor. Todo marchaba en paz hasta el 20 de enero de 2017, cuando Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos, ante las ilusiones quebrantadas de millones de migrantes sin documentos legales para permanecer.

“Mucha gente lloró cuando Trump llegó a la presidencia porque tenía miedo de que la regresaran. ¿Miedo a qué? Nunca me dio miedo regresar a mi país, porque allá tienes un mejor nivel de vida económica pero no tienes a tu familia. Al contrario, el miedo se siente cuando llegas a un país que desconoces completamente, empezando por el idioma, con personas que te rechazan, sí existe racismo de los ‘gringos’, pero la mayoría de los centroamericanos no nos quieren, e incluso así, la discriminación que más sufres es de parte de los mismos mexicanos.”
Con cierta nostalgia narra brevemente el caso de dos compañeros que fueron deportados: a uno lo arrestaron frente a sus hijos cuando los llevaba a la escuela y su esposa se quedó; al otro lo deportaron afuera de su trabajo, luchó para quedarse porque su esposa padece cáncer y él era el único que la cuidaba, no funcionó el plan y ahora está en México y su esposa al otro lado luchando por no cruzar esa frontera entre la vida y la muerte.

Fe, aliento y esperanza

Yolanda narra que no sintió miedo ninguna de las tres veces que cruzó la frontera sin documentación legal, ni tampoco lo sintió al ser deportada, pero existe algo a lo que sí le tiene miedo: el tiempo. Su mirada se cristaliza mientras voltea a observar con ternura a su madre, una mujer de 70 años que limpia el piso mientras escucha la historia de su hija, de su migrante; el padre, un hombre de 77 años, entra y sale de la casa, Yolanda derrama algunas lágrimas y confiesa frente a ellos que regresó porque quiere aprovechar el tiempo a lado de sus padres, sus hijas y sus dos nietos, piensa que, como en todo,
el tiempo no perdona.

“Hermano, si te has perdido cruzando por la frontera, siembra el valor con tus pasos para regresar”

En 2017 fueron repatriados 4 mil 543 inmigrantes hidalguenses, después del infierno que les representó las políticas migratorias de Donald Trump, la mayoría fue deportada; a un lado de los repatriados involuntarios están los que regresan por decisión, por amor a su familia y a su patria, por dignidad. Yolanda es una de ellas. Retornó a su país por segunda ocasión, y todavía le cuesta trabajo adaptarse a la tierra que la vio nacer, crecer, irse y regresar. Extraña la calidad de vida económica de Ohio, pero recordó lo que es la felicidad al ver sonreír a los que se quedaron de este lado del camino.

“Para mí significó progresar, pero desperdiciar años de vida; la discriminación que más sufres es de parte de los mismos mexicanos”

¿Qué le gustaría decirle a otros migrantes?

“Que por dinero no vale la pena, para mí significó progresar, pero desperdiciar años de vida. Y si aún están aquí pensando en irse por primera vez, yo les aconsejaría que no se vayan. Es mejor cuando vives aquí sin haber conocido la vida de allá, porque así se es feliz con lo que se tiene, pero una vez que estuviste allá quieres regresar porque aquí hay desempleo y cuando lo hay los salarios son muy bajos; allá hay buenos salarios pero no puedes disfrutarlo con los que amas. Es un sentimiento de frustración.”

¿Y a las familias, a los que se quedan?

“Que pueden estar seguros que sus familiares se fueron en busca de progreso y no por egoísmo, pero que siempre los extrañan. Yo sé que soy afortunada, crucé tres veces y sigo viva, no todos corren con la misma suerte, y a la familia de todos ellos quisiera decirle que le pidan a Dios por aquellos que se quedaron en el camino, también lo hicieron por progresar, ojalá puedan perdonarlos.”
Los migrantes son hermanos de padres diferentes pero sueños iguales, la mirada de dolor de Yolanda lo confirma mientras recuerda a cada padre, hijo, hermana, madre que se quedó en el camino que divide a dos países, en busca de mejores oportunidades. Los más afortunados regresan a su país, algunos se quedan atrapados persiguiendo el sueño americano y otros miles no despiertan nunca más. Yolanda es una de las afortunadas, y a nosotros su alma migrante nos recuerda que tenemos espíritu, pero necesitamos temple.

claves 

+En 2017 fueron repatriados 4 mil 543 inmigrantes hidalguenses

+A Yolanda le costó 8 mil dólares cruzar a Estados Unidos de forma segura desde Sonora

+Trabajó cuatro años limpiando habitaciones de un hotel en jornadas de siete horas diarias

 

Comentarios