Originario de Mixquiahuala, fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Tiene 47 años, se declara apolítico y ferviente católico

Mixquiahuala.- La cita fue concertada por un amigo en común. Es sábado. La puesta de Sol me recuerda aquellas tardes de juventud. Habían pasado al menos 10 años desde que no regresaba a ese punto exacto del municipio, Taxhuadá.

Me encuentro entre milpas. El teléfono marca 28 grados y la calidad del aire es mala. El calor abruma. En el estéreo suena “The boys of summer” de Don Henley, perfecta para traer a la memoria a viejas amistades.

El indiscreto claxon del auto rojo suena un par de veces. Me reciben tres hombres mal encarados pero amables. “¿Quién?”, Preguntan, “busco al doctor”, respondo. Después de una exhaustiva identificación traspaso el imponente zaguán café.

Detrás de las robustas bardas de block se escucha “Qué maldición” de la banda MS. No me asombra el género, estoy en Mixquiahuala.

Enviaba a la redacción del periódico una columna, al levantar la mirada lo primero que vi fue otra “barda”, ahora de magueyes. Alcancé a contar al menos 80. Caminé unos metros hacia la finca y seguía rodeado de típicas plantas.

En la entrada del lado derecho un lavamos sugiere sanitizar. Con jabón Zote y gel antibacterial sigo el protocolo. Un joven de chaleco negro insiste, “eres el reportero, ¿verdad?”, Asiento con la cabeza. Segundos después aparece.

“¡Bienvenido! ¿Cómo estás?”, “Bien, doctor, qué gusto”. Chocamos codos, ante la imposibilidad de estrechar las muñecas. “Pasa, por acá”.

En el camino a la oficina dentro de la casa me crucé con Julio. “Él es mi hijo”, lo presenta con orgullo. Son idénticos, pensé mientras me distrajo un exquisito olor a mole que emanaba de la cocina. El calor seguía a tope.

Nos introducimos a un estudio, pequeño, ventilado y acogedor. Con solo asomarse cualquiera sabría que pertenece a la guarida de un abogado. En el sitio descansa una enorme colección de libros pero lo que más llama la atención son las decenas de diplomas, reconocimientos, certificados, agradecimientos… No me extraña, nuestro anfitrión tiene dos maestrías y un doctorado en derecho procesal por la Universidad Marista, ha cursado tres diplomados. La rama penal es lo suyo. Este año, cumple dos décadas de incursionar en la administración pública en la Ciudad de México.

Después de mirar ese envidiable tapiz que insinúa alta preparación académica, espeté con cierta dosis de confianza: “¿Es usted un histórico hidalguense, de la talla de Jesús Corona del Rosal o Javier Rojo Gómez?”. Con sonrisa que denota modestia me invita a tomar asiento.

Frente a mí, José Ramón Amieva Gálvez, exjefe de Gobierno de la Ciudad de México. 47 años. Se declara apolítico y ferviente católico.

“¿Cerveza sin alcohol, refresco, agua, qué te ofrezco?”, Pregunta ineludible para aligerar la confianza. “Agua, por favor”. Respondo.

De inmediato llegó la primera anécdota. Imposible no preguntarle a quien conoce las entrañas del sistema capitalino.

Recuerda una perfectamente, mira por la ventana y suelta: Fue en el Hoyo, el nombre lo decía todo, en lo recóndito de la hoy alcaldía Iztapalapa, donde el mismísimo jefe de Gobierno había sido extorsionado años atrás por un grupo de pobladores de extrema pobreza.

Reconoce que en la Ciudad de México, la cuna de su carrera política y profesional, permea la pobreza extrema. Afirma que los cinturones de miseria colindan con la opulencia patrimonial de otros.

Gentil, sonriente y de extraordinario buen humor. Amieva luce físicamente diferente a como lo había visto siempre en fotografías o por televisión. Nunca en persona. Cabello corto y cano que combina perfecto con la barba.

Con amabilidad de estadista, accede a una charla larga, se le advierte: “Estoy listo”, responde. Se describe como un adulto pleno. Rememora su infancia con agrado en Mixquiahuala. De solvente memoria, recuerda sus estudios en la histórica primaria Amado Nervo.

En su vida hay tres personas a las que se refiere como sus más grandes amores: su hijo, Julio Manuel de 21 años, estudiante de mercadotecnia y comunicación en el Tec de Monterrey; su multifacético padre, y su madre, Rosalba, a quien tiene la fortuna de cuidar.

Para Amieva, la disciplina es regla, heredada del Centro Escolar del Lago, un internado benedictino por el rumbo de Cuautitlán de Romero Rubio donde forjó carácter.

Practica boxeo, natación, trota un poco por las mañanas y es artemarcialista amateur. No hay duda, la musculatura en brazos lo delata. Con Julio frecuentaba la arena de lucha libre Coliseo. Sincero, admite que no es absolutamente nada bueno para jugar futbol. Le va al Pachuca.

Radica ahora permanentemente en Mixquiahuala, ello le permite estar al pendiente de la salud de Rosalba, su madre; apoyar a Julio en la universidad, cuidar el rancho, administrar una moderna cancha de futbol, el gran sueño de su padre que antes de fallecer logró inaugurar.

Es catedrático en el Tecnológico de Monterrey y estudia en línea la maestría en juicios orales. La preparación constante es clave en la vida, afirma el exasesor jurídico de la Secretaría de Gobierno capitalino.

José Ramón Amieva Gálvez nació el 30 de agosto de 1972 en Mixquiahuala. Su primera incursión en la administración pública del entonces Distrito Federal (DF) fue como jefe de la unidad departamental de lo contencioso y obra pública de la Comisión Coordinadora para el Desarrollo Rural, dependiente de la Secretaría de Medio Ambiente.

En el año 2000, se incorporó a la Secretaría de Desarrollo Económico y posteriormente fungió como director jurídico del Fideicomiso Público y Fondo para el Desarrollo Económico de la Ciudad de México.

En 2007, se incorporó a la Procuraduría General de Justicia capitalina. Más tarde, en diciembre de 2012, fue designado por el jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera Espinoza al frente de la consejería jurídica y de servicios legales del DF.

La afabilidad no baja la guardia. Hay una persona de la que habla con total soltura: su padre. Don Julio Manuel Amieva, español, sin terminar la primaria dominaba seis idiomas, perteneció al Ejército de su país durante cuatro años, encomienda que lo llevó a campamentos africanos.

Después se fue de bracero a Alemania a trabajar en fábricas de cerveza. Jugó futbol en la segunda división profesional española. Ambidiestro. Tras migrar a Hidalgo se dedicó al sector agropecuario. Superó el cáncer tres veces. Codiciados recuerdos relata Amieva, el mayor de dos hermanos.

Discreto hombre de campo, Amieva sabe perfectamente que la primera ordeña de vacas debe ser antes de las seis de la mañana. Los primeros semestres de universidad, en la Ciudad de México, los combinaba con el cuidado de esos animales.

“Cuando me doy cuenta del valor y del sacrificio que representa el campo, que para mí es mucho, decido que mejor tengo que estudiar la universidad.

” Con cariño recuerda a la tía Vindi. “Mi tía me paga mi inscripción a la universidad. Ella tenía un pretendiente que tenía un rancho lechero. Entraba a estudiar a las siete de la mañana, salía a las 11 los primeros semestres, regresaba a la casa, comía, hacia tarea, ejercicio y a las cinco de la tarde iba a barrer establos”. Explica con absoluta seguridad cómo se usan las palas en los corrales.

Contrajo matrimonio a los 26 años, después de nueve años de noviazgo; en 1999 nació Julio Manuel, “un chamaco al que amo”. Se divorció. No abunda en el tema. Su hermana Cristina radica en la Ciudad de México, es abogada especializada en asesoría corporativa. Describe a la suya como una familia íntegra y feliz.

De extraordinaria habilidad lectora, Joserra, apelativo de la infancia, guarda momentos memorables de Hugo, de Merino, del Toro Rodríguez y de más camaradas de juventud con quienes ahora comparte alrededor de 17 compadrazgos de grado. “Creo que tengo bastante empatía para conservar amigos en todos los barrios a pesar de los años”.

Han pasado varios minutos de la amena charla. Una joven ataviada con vestido negro y largo anuncia visitas. Que me esperen, por favor, responde Amieva. El viaje de la sonriente dama es aprovechado por el doctor en derecho para pedirme un postre. Era flan y pastel. Delicioso.

El papel de la Iglesia Devoto de la virgen de San Juanita de los Lagos, igual que Rosalba, su madre, Amieva proyecta construir una capilla abierta al público no muy lejos de la oficina donde nos encontramos. “Sí, soy católico practicante.

“Dentro de los problemas que tuve como jefe de Gobierno siempre me apoyó mucho la Iglesia. En todos los atrios los párrocos daban a conocer el programa de desarme voluntario. Fue como las personas llevaban sus armas a los atrios y nosotros les dábamos dinero a cambio. Ahí nos encontramos desde la típica escopeta hasta fusiles AK-47, granadas, balas de mortero, de todo. Ayudaron mucho (los sacerdotes).

” A sus espaldas lo vigila una escultura de la Justicia, del lado derecho de su escritorio una imagen perfectamente resguardada de san Ramón Nonato. “¿Cree usted en la fuerza de la espiritualidad?”, pregunta este reportero. “¡Mucho! Creo absolutamente en la fe como un factor adicional que nos permite movernos. Hay que encomendarse a Dios siempre, es quien nos levanta y nos pone afuera de los momentos difíciles”.

Empático con otras Iglesias, no solo la católica, recuerda cuando acudió con el abad de la Basílica de Guadalupe para rescatar a un grupo de policías que estaban retenidos por pobladores de la entonces delegación Gustavo A Madero. Lo logró.

La ciudad en el campo La conversación da un giro y abordamos la política, los planes de gobierno y cómo se concibe una administración pública eficaz. Temas ineludibles para quien ha recorrido la milla.

“¿Mixquiahuala o la Ciudad de México?”, se le inquiere. “Ambas”, responde seguro. Aunque prefiere pasar las fechas relevantes como Navidad, Año Nuevo, cumpleaños y Semana Santa en el municipio que lo vio nacer.

No deja escapar la pregunta para lanzar tres propuestas para el municipio de los mezquites. Se trata de un centro de tratamiento y transferencia de basura. “¡urge! Urge una estación de Bomberos. Es algo que en otras ciudades ya se tiene de manera cotidiana.

“Aquí en Mixquiahuala no tenemos números precisos de lo que sucede, muchas veces se ocultan, otras se piensa que no es importante contarlo. ¿Dónde está el centro de monitoreo atmosférico? ¿Dónde está el centro de monitoreo del agua que nos permita saber qué agua consumimos? ¿Dónde está el directorio de actividades productivas y de servicios que podemos ofrecer? Falta tener ese contexto claro para llevarlo a cabo. Tenemos clara la idea de que se pueden llevar acciones de la ciudad al campo.

” Su experiencia como jefe de Gobierno en una de las ciudades más pobladas del mundo ayudaría al desarrollo de Mixquiahuala, se le insiste. “No puedes llegar a ningún lado sobrado ni sentirte autosuficiente o superior, al contrario, debes llegar con humildad para escuchar, comprender, planear y ejecutar”.

Creo que a la ciudad le puedes dar una visión de campo y al campo todavía pueden llegar muchos servicios que la ciudad presenta. “¿Qué necesitamos en el campo que provenga de la ciudad? Programas de entretenimiento, teatro, museos, un skatepark, en fin, hay muchas cosas”.

“¿PRD, Morena o un político ciudadano?”, Se le inquiere: “Yo, ahorita, soy un ciudadano sin partido político. Me refiero a que no estoy a afiliado a ningún partido. Sé también que es mejor tener coincidencia con una plataforma. Yo en este momento simpatizo con Morena”.

José Ramón Amieva se autoreconoce en el gobierno como una persona que sabe resolver problemas, proactivo, más que un operador político. Ese es su secreto para haber escalado peldaños en la administración pública capitalina.

Admite que su máximo nombramiento en el gobierno no fue por orden directa de Miguel Ángel Mancera. Su ascenso a la jefatura se dio por dos factores: modestia y efectividad administrativa. Insiste.

La charla se alarga por más de una hora. El calor empieza a ceder en Mixquiahuala. La despedida llega en el momento en que reconoce el problema más doloroso en su gestión capitalina, no duda, fue la inseguridad.

“Me criticaron mucho porque reconocí la presencia del crimen organizado en la Ciudad de México, dos cárteles que ocasionan enfrentamientos por el cobro de piso, narcomenudeo, tráfico de armas, lavado de dinero; yo lo hice porque no puedes atacar algo sino lo reconoces.

” En su paso por la Procuraduría General de Justicia presenció casos que marcaron la historia de la ciudad, como los juicios de la “mataviejitas”, “el caníbal de la Guerrero”, siempre al lado de Mancera Espinoza, su amigo, relata emocionado Amieva con digno sello de abogado penalista.

Empieza a caer la noche y es hora de retirarme. En la sala con muebles de madera lo esperan visitas. Amable anfitrión me acompaña al patio donde celebra que algunos magueyes ya dieron pulque. La tupida nopalera que rodea a las más de 80 plantas típicas ostenta vida plena.

Enciendo el auto, los guardias siguen siendo amables, observo que efectivamente ahí está en obra negra la capilla a San Juanita de los Lagos.

Mixquiahuala me regala una de esas tardes que hace mucho no veía en medio de las milpas.

“No puedes llegar a ningún lado sobrado ni sentirte autosuficiente o superior, al contrario, debes llegar con humildad para escuchar, comprender, planear y ejecutar”

“Para mi gobierno fue fundamental el papel de la Iglesia en el programa de desarme voluntario”

“Uno de los momentos más dolorosos fue cuando reconocí la presencia del crimen organizado en la Ciudad de México, pero coincido en que para resolver un problema se debe reconocer que existe”

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