“Tú ya conoces mi vida.
A veces me ando cayendo.
Y el orgullo me levanta.
Nací con alma de acero…”

Y ese día me la pasé llorando, tenía tanto miedo de perderte, de que tu corazón dejará de latir… Mientras espero en la sala de espera que desespera, cuento las horas, veo la luna por un rato y el amanecer en otro instante pero sobre todo evoco nuestra amistad.
Recuerdo cuando nos conocimos, coincidimos en clases de la maestría y tú generosamente me dabas un aventón. Me parecías muy seria y muy señora de su casa. Yo te caí bien solamente porque me llamo como tu mamá. Pero cuando me invitaste a la cantina El Nivel, ni modo, estará ese detalle en nuestras biografías, parimos juntas una bella amistad que cada día crece más. Ya no podemos vernos con la continuidad que me gustaría, yo vivo ahora en la Bella Airosa y tú en la mera Ciudad de México, pero cada sábado camino presurosa a la cafetería de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, en la UNAM, para encontrarme contigo, una mesías del siglo XXI, rodeada de tus alumnos y alumnas, que escuchan tu palabra mientras haces el milagro de que terminen su tesis.
Pero cuando podemos estar juntas yo disfruto mucho de tu compañía, ya sea porque andas muy contenta y me platicas tus logros, la manera en que tus estudiantes te admiran y te siguen, lo maravillosa que es tu hija Oriana, lo bello que es tu hijo Iván y lo solidario que es Héctor. Gracias por decirme que me quieres y a veces demostrarme tu cariño con un abrazo o un regalito, aunque me impresionas un poco porque eres muy “apache” en eso de las expresiones cariñosas. Espero que pronto haya otra oportunidad para escaparnos al teatro Blanquita. Ir a bailar con la Sonora Santanera. Hace mucho que no vamos a ese bello lugar de la colonia Portales de comida oaxaqueña. Me dices que eres experta en sexo y yo en género. Cuando miras tu ropa formal contra mis minifaldas exóticas, siempre te preguntas por qué somos amigas. Tú eres corazón de acero y yo tengo alma de bombón, pero somos amigas hasta la eternidad.
Por favor, no me vuelvas a asustar como en este mes de junio que realmente fue fatal y no sé cómo pude sobrevivirlo. Quiero tu corazón con alma de acero sin latidos revueltos. Hoy, en cuanto escuché tu voz por teléfono, me puse a llorar, y como siempre, tu fuerza me consoló. Aseguraste ser de roble, de muchos robles, pero yo inundaba mi cuerpo con mis lágrimas, quizá porque como buena sirena el agua salada me tranquiliza. Hoy fue tu voz, más que nunca, la que me aferró a la orilla de la vida, a la playa soleada, a la arena con huellas de esperanza. Amiga, quiero que te recuperes pronto, necesito de tu alma de acero porque aunque hoy te estuviste cayendo, como siempre el orgullo te levantó. Y lo prometiste, nos vemos pronto. Late fuerte, Francisca Robles, amiga querida.

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