El sábado primero de diciembre, Andrés Manuel López Obrador rindió protesta como nuevo presidente de México.

En su discurso, muy esperado, que duró una hora 19 minutos, no varió la línea de conducta que sostuvo como candidato, comprometido a emprender una transformación profunda y radical del país.

Eso así, delante de su antecesor Enrique Peña Nieto subrayó “que recibe un desastre”.

Al mismo expresidente, que se interpretó como conciliatorio, al agradecerle que no hubiera intervenido en el proceso electoral, que culminó el primero de julio de este mismo año, pero después, retomó el tono de fustigador ante lo que él había llamado errores de un cercano pasado.

Fue saludable esperar unos días para poder emitir juicios de lo que muchos llamaron fecha histórica.

Quedó de manifiesto que, por ahora, el político tabasqueño mantiene un alto, altísimo respaldo para lo que vaya a acometer.

Se mantuvo la duda de su posición de perdonar a los corruptos de años pretéritos, “porque no habría cárceles suficientes.

Y en palabras textuales, dijo:

“Esta nueva etapa la vamos a iniciar sin perseguir a nadie, porque no apostamos al circo ni a la simulación. Queremos regenerar, de verdad, la vida pública de México.”

Culpó a los dos sexenios panistas, que encabezaron Vicente Fox y Felipe Calderón, de incrementar la deuda pública “en más de un 200 por ciento”.

No se salvó Peña Nieto de condenas a su gestión, aunque AMLO fue más mesurado en ese señalamiento.

Ese mismo sentido de su mensaje se repitió, horas después, en el Zócalo de la Ciudad de México tras recibir el bastón de mando indígena, al manifestar: “No me dejen solo porque sin ustedes no valgo nada, o casi nada. Yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes, soy del pueblo de México”.

En ese marco de su primer día, recibió como invitado al polémico presidente de Venezuela, quien no asistió al Congreso de la Unión pero sí se presentó a la comida, a la que asistieron representantes de otras muchas naciones.

Recordando un episodio de Fox con Fidel Castro, “llegó, comió y se fue”.

Pero horas antes, numerosas personas, que a la postre fueron más de 30 mil, visitaron lo que desde Lázaro Cárdenas fue la casa de la familia presidencial: Los Pinos.

Se convirtió ya, oficialmente, en sede cultural y de recreación.

Las opiniones de portavoces de partidos políticos, sobre todo los que conforman una nueva oposición, casi fueron coincidentes; apoyo al nuevo gobierno, pero bajo un severo escrutinio en sus acciones.

Los legisladores hidalguenses Miguel Osorio, senador (PRI), y Gloria Romero León, diputada federal (PAN), coincidieron en que serían parte de una oposición responsable.

En donde hubo diferencias fue con representantes de empresarios.

Carlos Slim, sin duda el hombre más rico del país, consideró que no había incertidumbre en esos albores de un nuevo sexenio.

Aludió a una necesaria inversión para combatir la pobreza.

Alfredo Harp Helú indicó que trabajaría al máximo, deseando lo mejor para López Obrador; a su vez, Juan Pablo Castañón, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, declaró que las ideas de la nueva administración federal van orientadas a causas sociales.

Otros refirieron lo contrario.

Gustavo de Hoyos, presidente de la Coparmex, dijo que la alocución del tabasqueño había resultado polarizante, porque se hacían a un lado transformaciones en el orden educativo y energético.

Claudio González, de Mexicanos contra la Corrupción, aventuró que los mercados reaccionarán en forma negativa.

No hubo unanimidades, pero desde ese mismo sábado y, por lo menos hasta ahora, tal vez, en un juicio muy prematuro, hay un mayoritario sentimiento de que este México va a cambiar para bien.

Y, como refirieron muchos, es lo que importa.

AMLO

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