El relato mítico y la divinización, son características recurrentes del control y la dominación rampante. Toda figura política merece un grado ficcional. No por el simple gusto de crear grandes hazañas artificiales como la repartición de despensas en “lugares inhóspitos” del país –concepto incompatible con la verdadera democracia: aludo directamente a Castañeda. Gloria a Putla– o el ayudar con la limosna de un par de caretas y tapabocas a una persona que vende fruta en la banqueta.

La figuración de personajes, en un espectro de imaginación que se reparte colectivamente entre 127 millones de mexicanos, requiere medios eficaces y veloces que permitan expandir el mensaje de esta que podemos llamar “la idea central”, en lo más básico al menos.

Tradicionalmente, los bloques de oposición enfocan sus operaciones en ese sentido. Pero se combate a contracorriente: los medios de comunicación que harían llegar el mensaje “diverso”, suelen ser tomados por el régimen dominante. Los motores capaces de popularizar las ideas también sirven a los dueños de los recursos, es decir, a los grupos cercanos a la hegemonía o aquellos sectores que se benefician de su reinado.

Por eso las bombas y las pintas: porque de otro modo no es posible la comunicación. Podemos afirmar en esto una flagrante censura sistemática, invisible al ojo de quienes son influenciados por los múltiples y borrosos mensajes de la opinión pública.

Así de sencilla es la maquinaria más violenta de un sistema social: la dominación ideológica. Por supuesto, muchos otros elementos toman parte, pero no los mencionaré porque están guardados en las gavetas de la academia.

Sin embargo, llama la atención que este elemento propio de la disidencia de izquierda, la transgresión, sea hoy el vehículo de la oposición tradicionalista y de derecha. La protesta social llevada a las calles, aún con sombrero Tardan y café, contradice su ideal de decencia burocrática. Levantar el lábaro patrio con playera y botas de charol bien podría considerarse –por las familias que hacen brunch (desayuno tardío) en el jardín– una aberración de las costumbres.

En EU, es ya común desde principios de la segunda década del siglo ver una amplia y especializada memética pro-fascista, sobre todo en contra de un movimiento feminista global que comenzaba el rápido ascenso y organización que haría del año 2019 el más importante de la era reciente en términos de resistencia civil internacional. La derecha optó por utilizar las formas de la agresión y la presión basadas en burla soez y sátira grosera, para demeritar y sobajar a movimientos de resistencia social que comenzaron a ganar terreno.

En México esa es la expresión del disidente blanco –por sus playeras, antes de que se me arranquen–, o los chalecos rojos, ahora azules, del antiguo PRI, los clubes de empresarios y el sector aspiracional de juventudes que no se han enterado aún de la masacre ideológica de sus partidos.

Han creado ellos mismos la idea de un falso mesías: AMLO, según ellos, se ha proclamado el Cristo, pero ellos saben –por el bautismo y todos los sacramentos– que solo hay uno y está en la cruz, que pende orgullosa del espejo retrovisor de sus autos edición limitada y del año. Andrés, o López como le dicen, no es más que el reflejo de la ficción de un sector engañado por sus propias creencias.

Por eso, no, no es posible aceptar que el presidente sea el único portador del báculo y la corona antigua de las monarquías a las que cree pertenecer ese otro país que también llaman México.

Nuestra voluntad crítica debe dirigirse siempre a las estructuras institucionales, a discursos y formas organizadas de la sociedad, destrozarlas en la evidencia de lo incompetente y corrupta que es su existencia, hasta que en la claridad del desfalco y la usurpación podamos atacarlas directamente, más o menos así lo dijo Michel Foucault en 1971. Creer que Andrés es él solo todo el gobierno actual, es comprarle veladoras a la oposición.

Además, hay un grave peligro en confiarle la totalidad de la voluntad de poder a un solo mexicano y devolver nuestra responsabilidad a las alcobas y sobremesas, como si fuera hora de descansar. Se dejan libres los flancos para un nuevo régimen de dominación: el ejemplo es Brasil. Bolsonaro bien podría ser hoy cualquier exmilitar tradicionalista desayunando con dirigentes del PAN y hablando de cómo acabar con los na(r)cos, chairos y apaches; de cómo derrocar a López y “recuperar” la nación.

No, prefiero no creer en Andrés como un mítico salvador. “Contra un hombre se hacen guerras, no revoluciones” –Práxedis Guerrero.

En cambio, me decanto por la resistencia callejera y el trabajo. No habrá descanso para quienes se opongan a la crueldad, porque esta encuentra siempre sus caminos.

Si la lucha se detiene, la puerta de la repetición se abre al retorno del diablo con cara de buen hombre, el que mata por nuestro bien y sus esbirros que por dos migajas de billón confeccionarían la gloria mitológica de la voluntad del mal, disfrazada de salvación patriótica de los dominados.

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