Días, semanas y meses han transcurrido y el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) continúa en el centro de opiniones encontradas.

Entre sus iniciativas trascendentes como la creación de una Guardia Nacional; su insistencia en combatir corrupción, inseguridad y señalamientos, a veces cáusticos a quienes a nivel nacional le antecedieron en el cargo, englobados en lo que llama una mafia de poder; solicitudes a España y El Vaticano de pedir disculpas por actos de barbarie cometidos durante la Conquista; la derogación de la reforma educativa, en ordenamiento sustentado en un memorándum, y, además, enfrentamiento abierto, en su habitual conferencia mañanera con un acreditado comunicador, sobre discrepancias de cifras en números de víctimas de la violencia, lo llevaron a ser parte de señalamientos.

Se diría que, en su forma tan especial de comportarse, no hay antecedentes similares.

Antes, en las renovaciones de presidentes, sobrevenía una calma, a veces somnolienta, entre el que se iba y quien lo relevaba, a la espera de que se produjeran cambios, muchas de las veces poco percibidos.

Con él fue y ha sido diferente. Es raro que en las diferentes expresiones de comunicadores no surjan quienes acremente lo critiquen, se ubiquen en posiciones intermedias y el resto, los menos, le confieran renovadas confianzas.

La Guardia Nacional, entendida como un intento de pacificar al país, fue revolvente en los análisis que, después, parecieron centrarse en si el comandante del nuevo cuerpo debía ser civil y no militar.

El punto pareció atenuarse cuando presentó oficialmente al general de brigada Luis Rodríguez Bucio como comandante, aunque ya con tiempo a corto futuro para retirarse como militar, presumiblemente en agosto.

Pero lo que suavizó la designación es que Rodríguez Bucio fue reconocido como experto en la lucha contra el crimen organizado.

Difícilmente podría encontrarse a un civil con tan buenas referencias.

AMLO es día a día quien reitera sus llamados para acabar con la corrupción. Debe decirse con objetividad que hay repetición de expresiones, y que aún poco se conoce de resultados en ese capítulo.

Se deslizan nombres de quienes, presumiblemente, aprovecharon sus cargos para enriquecerse, pero la Fiscalía General de la República no ha informado de un hecho contundente.

Ahí como que López obrador queda a deber.

Las misivas a España y El Vaticano en demanda de una confesión de culpa fueron atribuidas, en buen sentido, a fortalecer vínculos, aunque también se pusieron sobre la mesa ejemplos, muchos, de que, empezando por el mismo México, se debería solicitar esa absolución a los propios gobernantes contra miles y miles de compatriotas que aún transitan por la pobreza extrema y lamentables olvidos.

Quizá se pudiera acomodar aquello de que “el buen juez por su casa empieza”.

Lo de la reforma educativa, y la factible derogación de la aprobada durante la gestión de Enrique Peña Nieto, despertó inconformidades de expertos, señalando que el presidente no podría autorizarla ni estaría en su competencia, a través de un memorándum, y que eso únicamente competía al Congreso de la Unión.

Finalmente, tras más de seis horas de opiniones en favor y contra de diputados, el Congreso dio su anuencia.

Como acción inédita queda la interpelación del periodista Jorge Ramos, en diferendo abierto durante conferencia mañanera con López Obrador sobre números dispares en cifras de víctimas por violencia.

Ya se conocían y en apariencia la relación era cordial.

Empero, el comunicador esa vez fue particularmente incisivo, subiendo al estrado para verificar cifras.

Muy en su derecho se diría, pero olvidó que cuestionaba abiertamente, en reclamo, a quien es presidente de la República.

Curiosamente, Ramos publicó un artículo, elogiando la austeridad de la administración federal, y su forma de guardar distancias con Donald Trump, aunque también advirtió que para México no parecería ser suficiente la voluntad de un solo hombre.

AMLO

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