Alma Santillán

Dicen que quien maneja un vocho puede manejar lo que sea. Yo aprendí a manejar en un vocho.
Lo pasé terrible las primeras veces, hace casi 20 años, calculando la dimensión de las salpicaderas y de la cajuela que no es cajuela porque esa viene adelante.
Estuve horas inmersa en la leyenda de los espejos, que advertía que “los objetos están más cerca de lo que parece”, primero para descifrar el inglés, después, para probar si era cierto.
Forjé mis bíceps con la dirección mecánica, pero nunca pude dar vuelta en “U” con una sola mano; sufrí como nunca para controlar el embrague y el acelerador en una pendiente para que el vochito no se moviera, pero sin utilizar el freno. Lo logré. Bajé con las piernas temblando de esa lección.
No se me olvida que la reversa es hacia abajo y hacia atrás, como la segunda, ni que la cuarta viene junto con un efecto de helicóptero en el motor.
Ojalá hubiera amores-vocho: sencillos, prácticos, bonitos, aguantadores, fuertes, eternos. Entonces sí podría manejar de todo.

VW 1968 

EJ Valdés

Dev, el viejo Cadillac que lideraba a los coches encerrados en el depósito, se acercó al recién llegado.
–¿Y bien? ¿Tú por qué estás aquí?– le preguntó.
El pequeño Volkswagen Sedán apartó la mirada, tímido, y no dijo una palabra.
–Callado, ¿eh?– continuó Dev. –No te culpo. Supongo que es tu primera vez aquí, ¿cierto? Seguro que sí. Por lo regular los novatos se comportan así y créeme que lo agradezco: es preferible a que nos molesten toda la noche con pretensiones de inocencia. Aquí todos somos culpables de algo, queramos reconocerlo o no. Mira allá, por ejemplo: ¿ves aquel Chevy rojo al fondo? Atropelló a una mujer; su dueño pasará otros siete años tras las rejas. Ese Shelby jovencito, el que está casi al centro del patio, tiene tantas multas de velocidad que estará encerrado un buen tiempo. ¿Y qué decir de aquel Lincoln en el rincón? Ese sí que es un tipo peligroso: perteneció a un mafioso de Chicago durante la prohibición; sabrá Dios cuántos cuerpos le cargaron en el baúl. Todos prefieren guardar su distancia de él. ¿Yo? ¡Bah! Yo no hice nada interesante: me incautaron como pago por todos los impuestos que debía mi dueño, y no creas que le importó gran cosa: yo ya era un cacharro a fin de cuentas…
El Volkswagen se quedó pensativo.
–Sé que debe ser duro escuchar todo esto y pensar que estarás aquí con nosotros un tiempo indefinido, pero tranquilízate: del suelo no pasas. Lo peor que puede suceder es que el teniente Brown venga y te quite alguna pieza para venderla como refacción. Así que, vamos, ¿cuál es tu historia?
Silencio. Por un momento Dev pensó que el muchacho era mudo. Iba a dejarlo por la paz cuando al fin habló:
–¿Alguna vez oíste de Ted Bundy…?
Entonces todos en el depósito voltearon en su dirección, perturbados, incluido aquel Lincoln del rincón que se suponía era tan rudo.

Lady Bug 

Enid Carrillo

En él aprendí a manejar, a sostener el sándwich con una mano, a estacionarme en batería, a besar, a mirar fijamente los ojos de un hombre, a cantar como si nadie me escuchara, a mirar a la ciudad y a escapar. Sí, eso último fue lo que mejor aprendí en el vocho de mi papá: a huir. Como si la huida fuera la salvación, la puerta a todo lo nuevo, a un lugar sin equivocaciones. En ese coche, que parece una burbuja anaranjada flotando por la ciudad, huí muchas veces, tal vez más de las que recuerde. Me fui del fracaso cuando me echaron de la escuela, me fui del dolor de perder a mi abuela, me fui del desamor acompañada por una cerveza y una canción con la que parecía que el vocho me hablaba, como si pudiera consolarme. Me fui del miedo que tuve cuando estuve perdida en la ciudad que me sé de memoria y huyo ahora que, sabiendo exactamente en qué punto de la vida me encuentro, no sé a dónde moverme. Estar perdida no es ignorar en dónde estás, es no saber a dónde ir, y ahora mismo yo no sé a dónde voy, por eso necesito escaparme de nuevo. Sé que en estas huidas nunca voy sola, este pedazo de fierros viene conmigo, como si pudiera protegerme con su silenciosa compañía, con una lealtad que ya quisiera ver en las personas. Huyo de nuevo, pero no voy sola, tengo a este acompañante, testigo y cómplice de mi vida.

Yeah, I, oh,  I’m still alive

Juan Ter Ven

Nos escapamos. Nuestro destino era la playa. La sensación de libertad resultaba narcótica –con la ayuda de un cartón de cervezas, cigarrillos a discreción y un poco de hierba–.
En un desplante excesivo de comodidad, tus pies descalzos seguían el ritmo de la música, posados apenas sobre el tablero –Pearl Jam ponía a prueba la resistencia de las bocinas–.
Ni pasado ni futuro; el tiempo suspendido sobre el terciopelo de tus muslos, deformado por la distorsión de nuestras voces… pum, pum, pum, pum… y el ronroneo incesante del motor; mil 600 centímetros cúbicos impulsándonos hacia el paraíso.
Pero el edén tuvo que esperar.
Te vi decir algo con inaudible intensidad; intenté bajar el volumen del estéreo pero no lo permitiste. Sonriendo de oreja a oreja, con maliciosa lentitud te desabotonaste la blusa. Conduje como un autómata, atento al camino y a cada movimiento tuyo. Espectáculo espontáneo, explosión sensorial en plena sierra; ni dónde orillarse.
Tras una odisea de curvas y escalofríos, tu obra estaba hecha: un tatuaje en movimiento, trazado con precisión hiperrealista en mi alma adolescente, un loop total con olor a bosque, dulce sudor y tabaco.
Nunca llegamos al mar… maldita carcacha… vocho de mis amores.

 

En 2003 fue producido el último Volkswagen Sedán del mundo. Fue en Puebla donde salió el último coche del pueblo, el número 21 millones 529 mil 464 que se produjo en el mundo. Pero, pese a que ya pasaron 14 años de ya no producirse vochos, hay aún millones circulando. Y tantos escarabajos en la Tierra no podrían estar separados de las vidas de sus conductores: cuántas miles de historias habrá irremediablemente forjadas a bordo de sus ruedas, en sus asientos, en su cajuela delantera con poco espacio. En Esto no es un libro cuatro protagonistas escribieron algunas de ellas, que son replicadas en el poco pero dinámico espacio de este Maldito Vicio.

 

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial

Comentarios