Se extiende entre gran número de historiadores la incertidumbre de la homosexualidad de un guerrero, rey y leyenda. Fue uno de los conquistadores y gobernantes más importantes de la historia, quien conquistó Asia antes de los 30 años; logró lo que cualquiera lograría en tres vidas, pues era una de las mentes militares más brillantes que el mundo ha visto, su nombre: Alejandro Magno.
La caja de Pandora no solo tiene en el archivero a Aristóteles por quien armamos un tempranero cotilleo, sino que nos muestra la herencia del conocimiento antiguo a través de uno de sus discípulos. Alejandro fue alumno del primer científico genuino de la historia y muchos especulan que heredo el pensamiento ético del mismo al momento de involucrarse con otros hombres.
Como bien lo habíamos recordado para Aristóteles las relaciones meramente carnales eran vergonzosas y esta idea al parecer impregnó tanto en Alejandro el Grande que lo llevó a realizar grandes lapsos de continencia sexual, incluso con sus esposas a no ser que fuera para procrear.
Fue en su adolescencia cuando conoció a Hefestión, también aristócrata macedonio, con quien compartiría toda su vida. Los rumores del amor a su congénere se fundan en el papel que este personaje siempre tuvo al lado del poderoso Alejandro.
De jóvenes ambos realizaron sacrificios a los héroes Aquiles y Patroclo (tal vez por identificarse con el amor platónico y carnal que estos dos compartieron sin reparo), Alejandro colocó a su camarada como comandante de caballería y a su muerte Alejandro se sumió en gran depresión, solicitando que los antiguos sacerdotes de Alejandría le dieran el reconocimiento de Dios para que el mundo le rindiera honores, pero ellos no aceptaron, sin embargo, la respuesta favoreció el título de Héroe divino. Las causas de la muerte de Alejandro no se conocen a ciencia cierta, se rumorea que fue por descuidar de su salud a la muerte de su amor, perdón quise decir amigo por quien lloró amargamente días enteros y se sometió a ayunos interminables.
Alejandro en sus modestas excentricidades conservaba en su corte a un bello eunuco llamado Bagoas, quien según la escritora inglesa Mary Renault en su novela El muchacho Persa, basada en hechos reales, el eunuco fue un premio que recibió el conquistador de parte del Rey Darío III y así se convertiría en su asistente personal, amante y más fiel servidor. Sin afectar el amor que sentía por Hefestión.
Una muestra pública de estas fuertes aseveraciones aconteció durante un concurso de danza convocado por el Magno y ganado por Bagoas, quien se acercó a Alejandro y mientras él contemplaba su belleza la corte militar aclamó porque lo besara, así que el Magno no tuvo ningún reparo.
Más de 70 ciudades fueron bautizadas por él, la mayoría con el toque narcisista del héroe, como Alejandría. La más importante fue la que desembocaba al pie del río Nilo, futuro hogar de Cleopatra. Algunas otras recibieron el nombre de su caballo y de su perro, pero ninguna el de sus hijos. ¿Será que en realidad no tuvo descendencia como lo suponen algunos historiadores?
Una figura maravillosa y con tanta polémica para abrir paso al debate, una figura digna de reconocimiento en los registros homosexuales y sodomitas de la caja de Pandora.

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