“Paisas, comer y beber para no ser muertos… leer y pensar para no ser mensos” Gertrudis Bocanegra Para terminar este bello mes de septiembre, mes de la patria, mes en que se inicia nuestra independencia, en la cual intervinieron miles de las mujeres que apoyaron nuestra guerra de Independencia de México, se comentará de otra valiente mujer. Cuando se habla acerca de los personajes principales que intervinieron en la Independencia, seguidamente pronuncian los nombres de Miguel Hidalgo, José María Morelos y Pavón, Ignacio Allende, entre otros tantos hombres que se vieron directamente en dicha Independencia. (Riva Palacio, 1988).

Esa guerra surgió por el descontento que se concibió en la sociedad novohispana en cuanto a las reformas que realizó la corona española, lo que orilló a que hombres y mujeres de los diversos grupos sociales que se habían constituido en esos momentos, comenzaran a considerar que de seguir el régimen impuesto por España en ellos era totalmente ilegítimo. Gran parte de los personajes que se encontraban en desacuerdo fueron las mujeres que participaron en esa cruenta lucha, no predominan, pero si fue importante su participación.

No hay nada concluido en cuanto a las mujeres que se hicieron presentes, todavía queda mucho por conocer acerca de todas ellas, las mujeres que lucharon. Quizá por su condición de género, en la época se consideraba que su lugar estaba en el espacio privado, implicando con ello que se desataran estrategias particulares de lucha, pero sin las cuales el sostenimiento y éxito de la guerra por tiempo extendido no habría sido el mismo y porque no decir, hasta imposible.

La vida que llevaban las mujeres de las diferentes clases sociales, siendo más específica, la clase media y clase alta, en los años antes de que estallara la Independencia y también en los inicios de ella, las mujeres estaban aprisionadas a la vida privada.

La época colonial llevaba tres siglos en México, siendo eso una constante de restricciones que limitaban mucho a las mujeres, estaban confinadas al hogar, al convento o a la Iglesia. Encerradas, enclaustradas en su casa con la familia, llámese con el padre, madre o ambos, marido o compañero; en los conventos llamados casas de Dios; o en alguna más de recogimiento pero definitivamente, la mujer se encontraba viviendo en la cultura de un silencio total y por supuesto sin poder opinar nada, (Alaníz, 2009).

En la Independencia, fueron de vital importancia las mujeres, porque sin ellas el triunfo no hubiera sido posible y, a pesar de ello, todas las participaciones aportadas no son mencionadas de forma destacada por los historiadores.

La Independencia, fue iniciada la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en el pueblo de Dolores, en Guanajuato, contó desde mucho antes con la participación de múltiples mujeres y fueron miles las que siguieron paso a paso esa guerra, las que participaron en los múltiples combates, las que permanecieron al lado de las tropas para proporcionar el alimento a las tropas, para curar a los enfermos y heridos en las diferentes batallas, otras más que fueron de familias adineradas aportaron su dinero, otras cuidaron de los niños huérfanos y huérfanas, sirvieron de correo, de informadoras, de guías por caminos y veredas, otras, abastecían con alimentos, agua, ropa y armas para los combatientes.

No existe una lista exacta de todas las mujeres que participaron en la Independencia y que merecen ser recordadas por su gran valentía. Por otra parte, nunca nos imaginaríamos que Guillermo Prieto, quien fuera nombrado por el gran defensor del liberalismo, Ignacio Manuel Altamirano, el Poeta de la Patria se iba a referir a las mujeres como meras compañeras de cuarto al comentar: “Que sepa coser, guisar, barrer, que halle en la virtud placer y utilidad, que sea religiosa, pero que no desatienda por una novena un guiso… ¡El día que hable de política, me divorcio!” (Espinosa, 2019).

Efectivamente miles de mujeres se enlistaron en esa lucha por la Independencia, su participación en ella fue de diferentes formas y un ejemplo de ello se tiene con la participación que hizo Ana María de Yraeta Ganuza, quien fue una representativa de las mujeres ilustradas que siguieron los debates intelectuales que se manifestaron en folletos y gacetas entre los años 1809–1821, período en que se perfilaron los distintos modelos políticos que habrían de experimentarse en las primeras décadas del siglo XIX.

Ana tuvo un papel singular como anfitriona de las tertulias en las que se comentaba día a día el acontecer tanto en Europa como en América. Era también asidua lectora de los diarios y gacetas y se distinguió como patrocinadora de las diversas facciones políticas. Nació en la ciudad de México en el año 1768, no se tienen datos exactos de su fecha, fue defensora de la monarquía española, hija menor del matrimonio entre el comerciante Francisco Ignacio de Yraeta y de doña Josefa de Ganuza, a la que nunca conoció Ana por haber fallecido cuando ella nació.

Al quedar huérfana Ana desde su nacimiento se le prestó una atención especial, quedando totalmente al cuidado de su abuela y padre hasta que falleció, ella fue la tercer hija del matrimonio, ya tenía dos hermanas mayores, las que se casaron a temprana edad como se acostumbraba en esos años.

Al fallecer su padre, Ana contaba con 28 años y fue la heredera de una cuantiosa fortuna, posteriormente se casó cuando tenía 30 años con el señor Cosme de Mier y Trespalacios, quien era viudo y había sido oidor y regente de la audiencia mexicana, además familiar de Fray Servando Teresa de Mier. Dos años más tarde murió Cosme, por lo que Ana quedó viuda. Encargó a Manuel Tolsá el monumento funerario de su esposo fallecido y un busto de bronce (De Yraeta, 1985).

Al fallecimiento de su esposo ella asumió el liderazgo entre las damas de la capital. Ana tenía 42 años cuando estalló la guerra. Es recordada por ser líder y fundadora de Las Patriotas Marianas, organización femenina secular conocida en la Ciudad de México, se cree que ese grupo estuvo integrado por 2 mil 500 mujeres aproximadamente, quienes cambiaron la opinión de los jueces de la Nueva España al reconocer su capacidad para dirigir y defender sus posiciones políticas.

Ese grupo de mujeres implicó ser un arma para conocer las intenciones de Fernando VII, eran espías entre los círculos masculinos. Muchas de ellas fueron ejecutadas, encarceladas, privadas de sus bienes y deportadas por sus actividades.

“¡Tantos soldados para custodiar una pobre mujer, pero yo con mi sangre les formaré un patrimonio a mis hijos!”
Josefa Ortiz de Domínguez

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