“Define el éxito, mujer, en tus propios términos, alcánzalo de esa manera y vive orgullosa, siempre, de haber conseguido lo que tanto añorabas” ¿Quién fue Ángela Jiménez?, ¿qué hizo?, ¿por qué hablar de ella?, ¿dejó algo para la historia? Muchas preguntas se hará el público lector. En este espacio, hablar de una mujer más es porque, efectivamente, algo realizó y, en esta ocasión, como mencioné la semana pasada, se conmemorará a las mujeres valientes, valerosas y atrevidas que se enlistaron en las filas de una lucha armada al igual que los hombres, en contra de la perpetuación en el poder del general Porfirio Díaz, lo que derivó en una guerra civil. Aquí existían grupos que tenían como bandera los derechos políticos y sociales, por lo que ellos se unieron en busca de que sus ideales se cumplieran, llevando a cabo una guerra de guerrillas, la que se convirtió en nuestra Revolución mexicana.

Un pueblo que se mueve, que grita y enardece de solo pensar en la indiferencia a lo largo del tiempo, ese en el que el bien común perece bajo la mano dictadora que sentencia con ideales capitalistas, que destroza la dignidad del que ha caído a causa del mismo que juzga la vida del hambriento, bajo el claro aroma de haber comido y bebido hasta saciarse.

Del vaso a medio llenar comenzó a brotar agua y la gota que se aferraba al borde se dejó caer en un acto que pareciera suicidio, pero que en realidad daba su presencia a conocer.

En la toma de sus armas había más que eso, ante el lanzamiento de cada bala se escuchaban protestas que en realidad eran sentimientos, eran emociones que corrían como ríos, eran las palabras que se habían atascado en la garganta, con los motivos que desprendieron una oportunidad alterna a la que vivieron los que hicieron realidad la liberación del pueblo.

Y de la turbina que movía la mente de cada uno, giraba una idea: tener una vida digna, al grito de “tierra y libertad”, y así se mantuvo combustionado por el hastío. Surgió una idea que retumbó en las paredes, grabándose en la memoria histórica de una nación; llegó la revolución.

El pueblo destrozado desde dentro, invadido por el hambre, la falta de salud, la educación carente y una constante desigualdad, fueron perdiendo paciencia de todos en esas situaciones que predominaban el momento, lanzando sus exigencias entre cada bala de cañón.

Un país entero pedía derechos y respeto por su libertad, al unísono; aún con sus diferencias, los ciudadanos se unieron a la causa, pero no fue sencillo lidiar con esa situación, al menos no para todos, pues aunque habían motivos de sobra que mantuvieran la unión de los pelotones, la admisión de una mujer en activismo era motivo de escándalo y revuelta, eran condicionamientos a un solo papel, cubrir las necesidades de los revolucionarios, eran botín o moneda de cambio.

Y es aquí donde surge una mujer de las tantas que participaron: rebelde, que los suelos tiemblen bajo sus pasos, porque la injusticia le hostiga, porque la desigualdad le asfixia, porque el tiempo no cura las heridas que el Estado le ha causado a la ciudadanía, porque la represión late en la memoria fresca de cada uno y porque nada de eso se puede dejar pasar con indiferencia.

Aparece una heroína sin capa, ocultaba su identidad bajo disfraz y se hacía llamar Ángel. Tal vez lo fue, un ángel oscuro que se mantenía oculto entre las sombras, un ángel que estaba invisible a los ojos del enemigo, siempre atento a sus movimientos y como el ángel que se hacía llamar, declaró sentencia ante los malos y acompañó a los buenos.

Su historia hacía juego con la ironía, era una esclava que pedía libertad, sin quitarse la mordaza de entre los dientes, exigía justicia con miedo de sus propios compatriotas, levantaba la voz oculta. Porque el hartazgo llega cuando los excesos cansan, cuando las situaciones que se presencian destruyen, desalientan, encarcelan y así esta mujer hizo lo que consideró prudente, declarando que nada ni nadie la iba a detener.

Era 1886 cuando en Jalapa del Marqués nace una niña, con un poco de suerte, con un destino sin escribir, una conspiración del Universo hizo de las suyas para que 25 años más tarde llegara desde las entrañas de cada hombre y mujer en situación de pobreza, notaron que era necesario un cambio en los estilos de cada uno. Su madre fue zapoteca y su padre de origen español, fue conocida como el Teniente Ángel y su juramento fue el de matar a los federales. Ella se unió a la Revolución junto con su padre, salió de Oaxaca y luchó en el centro y norte del país con los villistas y zapatistas.

El tiempo pasó, de ella no se conoce más, salvo que en su interior se ocultaba una mujer rebelde, la misma que en 1911, luego que un grupo de federales hombres intentaran abusar sexualmente de su hermana, se llenó de rabia, impotencia y odio, en especial cuando la pared quedó manchada en sangre, pues la hermana de nuestra heroína se disparó en la cabeza. A partir de ahí, la sentencia quedó firmada, no hubo fuerza en este mundo que pudiera detener a Ángela Jiménez, un juramento que la arrastró hasta las fuerzas armadas de los revolucionarios como soldadera abanderada; en ocasiones fue cocinera, pero fue cuando se disfrazó de hombre que se conviertió en experta de explosivos y espía (Mujeres y revolución, 2017).

La conocían como el Teniente Ángel entre las tropas de Carranza, pero también estuvo entre las tropas de Villa y Zapata. Se mantuvo activa, fue apresada en varias ocasiones, pero lograba salir de ahí vestida como mujer (Ambiente Mexicano, 2018); y así, hasta que un día, una herida de bala la obligó a migrar a Texas, dejando el ejército y su activismo en México, llegando hasta California, donde continuó luchando, esa vez como defensora de los derechos de los chicanos en Estados Unidos; fue una de las fundadoras de la Organización de Veteranos de la Revolución de 1910-1920 en California.

Luego de eso, no se supo más de ella. Así, el viento y el tiempo se llevaron consigo un fragmento importante de nuestra historia, desenterrando a los muertos, sacando a la luz sus causas, sentimientos, sus historias. Desgarrando los disfraces que mantuvieron ocultas y a salvo la identidad de varias heroínas, que, por miedo o discriminación, guardaban los senos bajo holgadas ropas y su feminidad quedaba en las sombras.

“Soy capaz, soy fuerte, soy invencible, soy mujer.”

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