“La mujer no debe aceptar, debe desafiar. No debe ser intimidada por quien se ha construido sobre ella; debe reverenciar a la mujer que hay en ella con fuerza de expresión” Margaret Sanger Cuando dos o más países no están de acuerdo con las políticas que establecen entre ellos, surgen descontentos pero, en muchas de las ocasiones los que representan a los países no emiten su desagrado, enojo o descontento y optan por una vía peligrosa, que es en ese caso declarar una guerra entre los que se encuentran en desacuerdo, o también porque sienten que son países poderosos para adueñarse de aquellos que ven indefensos; como lo fue en su caso la segunda Guerra Mundial, siendo ese un conflicto militar global.

Estallada la segunda Guerra Mundial, parte de la humanidad se solidarizó con las víctimas que sufrieron durante y después de esa terrible batalla que duró aproximadamente seis años; existieron miles de personas voluntarias que ayudaron a rescatar y salvaguardar a personas inocentes. “La segunda Guerra Mundial inició el primero de septiembre de 1939 y terminó el 2 de septiembre de 1945.

Esa catástrofe beligerante, cometida única y exclusivamente por la fuerza devastadora del ser humano, duró exactamente seis años y un día (Mojarrieta, 2017). En esos momentos de crisis, el apoyo era escaso debido a las condiciones de las personas, pero hubo quienes aportaron alimentos, medicinas, o simplemente alojando a personas que se quedaron sin vivienda y sin familia. “Las enfermedades y la falta de alimentación, junto con los fusilamientos diarios y las cámaras de gas, hicieron que más de 6 millones de personas perdieran la vida. Se contaron unos 58 campos de concentración alemanes” (Mojarrieta, 2017).

Al finalizar la guerra, las consecuencias y cambios en el mundo fueron evidentes: víctimas, destrucción, modificaciones políticas y territoriales, aparición de nuevas enfermedades, pérdidas materiales y financieras, etcétera. Fue difícil comenzar a reconstruir lo que en poco tiempo se desvaneció, muchas personas quedaron verdaderamente perturbadas de sus facultades mentales, la ayuda humanitaria era lo que más se necesitaba en esos momentos. La guerra dejó estragos en cada uno de los rincones que recorrió, los niños fueron los más vulnerables por su incapacidad de defenderse y fueron ayudados por una gran mujer de fuerza y coraje con la disposición de aportar una luz de esperanza en las almas de esos pequeños.

Considerada como heroína de los niños en la segunda Guerra Mundial, Anna Essinger nació un 15 de septiembre de 1879 en Ulm, Alemania. Procedente de una familia judía, sus padres fueron Fanny Oppenheimer y Leopoldo Essinger, quien durante un tiempo sirvió en la primera Guerra Mundial en Verdún, Francia. Anna fue la hermana mayor de seis mujeres y tres hombres en su familia. Abandonó sus estudios académicos a la edad de 14 años debido a que su madre requería de ayuda para cuidar a sus hermanos pequeños. En 1899, cumplidos los 20 años, Anna se mudó por un tiempo a vivir con una de sus tías a Estados Unidos (EU) con el propósito de retomar sus estudios para llegar a ser una excelente profesora de alemán, así que entró a la Universidad de Madison en Wisconsin y para solventar sus gastos trabajó como dirigente de una residencia de estudiantes.

“Fue en EU donde entró en contacto con los cuáqueros, una comunidad religiosa que vivía según las costumbres del cristianismo primitivo y cuyos valores de igualdad y solidaridad marcarían profundamente a Anna” (Ferrer, 2018). En 1919 regresó preocupada a Alemania debido a la difícil situación vivida durante la primera Guerra Mundial, esas experiencias tocaron su sensible corazón y eso la motivó para realizar labores humanitarias, especialmente con niños que habían sido afectados por ese suceso mundial; al mismo tiempo impartía clases a mujeres trabajadoras en Stuttgart. “Años después fundó una escuela en Herrlingen, un centro educativo basado en las ideas de respeto y cariño a los niños que había aprendido de la pedagoga italiana María Montessori” (Ferrer, 2018).

Escuela creada especialmente para niños huérfanos que carecían de posibilidades económicas y también recibían a niños con ganas de aprender y ser parte de esa familia que poco a poco iba creciendo. Anna había construido un hermoso lugar de convivencia para los niños y las pocas familias de algunos, su aportación llenaba de alegría a cualquier persona que pisara su escuela, logrando por momentos desaparecer los malos recuerdos. Las personas que formaban parte de la escuela eran los niños que la empezaron a llamar Tante Anna (Tía Anna) debido al cariño que había logrado ganarse por su buena acción.

Cuando las consecuencias de la guerra comenzaron a disminuir, el trabajo de Anna fue notado por los nazis y la tenían en la mira, pero no podía arriesgarse ni arriesgar a las personas y optó por buscar un nuevo lugar para continuar su labor, decidiendo irse a Inglaterra. Anna Essinger reanudó su proyecto de educación para los niños, instalando la escuela en una vieja mansión de Otterden, al poco tiempo se vio en la necesidad de trasladarse a Shropshire para evitar los bombardeos alemanes. “En 1938, el drama del nazismo la implicó intensamente en el proyecto de los Kindertransports, que supuso trasladar a miles de niños desde Alemania hasta Inglaterra” (Ferrer, 2018). La mayoría de los niños trasladados eran huérfanos, y otros fueron enviados por sus padres que ya conocían el trabajo de Anna, otras personas ayudaron a la nueva organización de la escuela para un mejor desempeño y capacidad de alojamiento para los niños. “Hasta allí se llevó sus sueños, su proyecto educativo y a decenas de niños alemanes que no tenían a dónde ir” (Ferrer, 2018).

Su caridad humanitaria y de servicio a miles de niños duró vigente hasta 1948, cuando se decidió clausurar la escuela debido a las condiciones físicas y el cansancio de tantos años de trabajo para Anna, que contaba ya con 70 años de edad. Los pequeños que habían sido parte de la escuela y gran familia de Anna estaban tan agradecidos con ella por cada detalle, esfuerzo y entrega que dedicó para poder ofrecerles una mejor calidad de vida a través de la educación, por lo que cuando ya fueron adultos hicieron una ceremonia para celebrar sus 80 años, el evento fue llevado a cabo en Israel, donde plantaron decenas de árboles en su honor.

El 30 de mayo de 1960 Anna Essinger falleció en Otterden Place, Reino Unido; en su honor fue erguida una estatua en una estación de Londres, como recuerdo de los niños que fueron partícipes de esa experiencia. Ella estará presente en la historia de uno de los sucesos más importantes para el mundo, brindando educación a quienes más lo necesitaron, siendo un acto de valor y amor al prójimo que jamás será olvidado.

“Piensa en toda la belleza que aún queda alrededor tuyo y sé feliz”
Anna Frank

Estallada la segunda Guerra Mundial, parte de la humanidad se solidarizó con las víctimas que sufrieron durante y después de esa terrible batalla que duró aproximadamente seis años; existieron miles de personas voluntarias que ayudaron a rescatar y salvaguardar a personas inocentes. “La segunda Guerra Mundial inició el primero de septiembre de 1939 y terminó el 2 de septiembre de 1945.

Esa catástrofe beligerante, cometida única y exclusivamente por la fuerza devastadora del ser humano, duró exactamente seis años y un día (Mojarrieta, 2017). En esos momentos de crisis, el apoyo era escaso debido a las condiciones de las personas, pero hubo quienes aportaron alimentos, medicinas, o simplemente alojando a personas que se quedaron sin vivienda y sin familia. “Las enfermedades y la falta de alimentación, junto con los fusilamientos diarios y las cámaras de gas, hicieron que más de 6 millones de personas perdieran la vida. Se contaron unos 58 campos de concentración alemanes” (Mojarrieta, 2017).

Al finalizar la guerra, las consecuencias y cambios en el mundo fueron evidentes: víctimas, destrucción, modificaciones políticas y territoriales, aparición de nuevas enfermedades, pérdidas materiales y financieras, etcétera. Fue difícil comenzar a reconstruir lo que en poco tiempo se desvaneció, muchas personas quedaron verdaderamente perturbadas de sus facultades mentales, la ayuda humanitaria era lo que más se necesitaba en esos momentos. La guerra dejó estragos en cada uno de los rincones que recorrió, los niños fueron los más vulnerables por su incapacidad de defenderse y fueron ayudados por una gran mujer de fuerza y coraje con la disposición de aportar una luz de esperanza en las almas de esos pequeños.

Considerada como heroína de los niños en la segunda Guerra Mundial, Anna Essinger nació un 15 de septiembre de 1879 en Ulm, Alemania. Procedente de una familia judía, sus padres fueron Fanny Oppenheimer y Leopoldo Essinger, quien durante un tiempo sirvió en la primera Guerra Mundial en Verdún, Francia. Anna fue la hermana mayor de seis mujeres y tres hombres en su familia. Abandonó sus estudios académicos a la edad de 14 años debido a que su madre requería de ayuda para cuidar a sus hermanos pequeños. En 1899, cumplidos los 20 años, Anna se mudó por un tiempo a vivir con una de sus tías a Estados Unidos (EU) con el propósito de retomar sus estudios para llegar a ser una excelente profesora de alemán, así que entró a la Universidad de Madison en Wisconsin y para solventar sus gastos trabajó como dirigente de una residencia de estudiantes.

“Fue en EU donde entró en contacto con los cuáqueros, una comunidad religiosa que vivía según las costumbres del cristianismo primitivo y cuyos valores de igualdad y solidaridad marcarían profundamente a Anna” (Ferrer, 2018). En 1919 regresó preocupada a Alemania debido a la difícil situación vivida durante la primera Guerra Mundial, esas experiencias tocaron su sensible corazón y eso la motivó para realizar labores humanitarias, especialmente con niños que habían sido afectados por ese suceso mundial; al mismo tiempo impartía clases a mujeres trabajadoras en Stuttgart. “Años después fundó una escuela en Herrlingen, un centro educativo basado en las ideas de respeto y cariño a los niños que había aprendido de la pedagoga italiana María Montessori” (Ferrer, 2018).

Escuela creada especialmente para niños huérfanos que carecían de posibilidades económicas y también recibían a niños con ganas de aprender y ser parte de esa familia que poco a poco iba creciendo. Anna había construido un hermoso lugar de convivencia para los niños y las pocas familias de algunos, su aportación llenaba de alegría a cualquier persona que pisara su escuela, logrando por momentos desaparecer los malos recuerdos. Las personas que formaban parte de la escuela eran los niños que la empezaron a llamar Tante Anna (Tía Anna) debido al cariño que había logrado ganarse por su buena acción.

Cuando las consecuencias de la guerra comenzaron a disminuir, el trabajo de Anna fue notado por los nazis y la tenían en la mira, pero no podía arriesgarse ni arriesgar a las personas y optó por buscar un nuevo lugar para continuar su labor, decidiendo irse a Inglaterra. Anna Essinger reanudó su proyecto de educación para los niños, instalando la escuela en una vieja mansión de Otterden, al poco tiempo se vio en la necesidad de trasladarse a Shropshire para evitar los bombardeos alemanes. “En 1938, el drama del nazismo la implicó intensamente en el proyecto de los Kindertransports, que supuso trasladar a miles de niños desde Alemania hasta Inglaterra” (Ferrer, 2018). La mayoría de los niños trasladados eran huérfanos, y otros fueron enviados por sus padres que ya conocían el trabajo de Anna, otras personas ayudaron a la nueva organización de la escuela para un mejor desempeño y capacidad de alojamiento para los niños. “Hasta allí se llevó sus sueños, su proyecto educativo y a decenas de niños alemanes que no tenían a dónde ir” (Ferrer, 2018).

Su caridad humanitaria y de servicio a miles de niños duró vigente hasta 1948, cuando se decidió clausurar la escuela debido a las condiciones físicas y el cansancio de tantos años de trabajo para Anna, que contaba ya con 70 años de edad. Los pequeños que habían sido parte de la escuela y gran familia de Anna estaban tan agradecidos con ella por cada detalle, esfuerzo y entrega que dedicó para poder ofrecerles una mejor calidad de vida a través de la educación, por lo que cuando ya fueron adultos hicieron una ceremonia para celebrar sus 80 años, el evento fue llevado a cabo en Israel, donde plantaron decenas de árboles en su honor.

El 30 de mayo de 1960 Anna Essinger falleció en Otterden Place, Reino Unido; en su honor fue erguida una estatua en una estación de Londres, como recuerdo de los niños que fueron partícipes de esa experiencia. Ella estará presente en la historia de uno de los sucesos más importantes para el mundo, brindando educación a quienes más lo necesitaron, siendo un acto de valor y amor al prójimo que jamás será olvidado.

“Piensa en toda la belleza que aún queda alrededor tuyo y sé feliz”
Anna Frank

Comentarios