Disfrutemos la última semana de vida antes de la Era Trump. El próximo viernes 20 de enero toma posesión de la Casa Blanca el empresario neoyorkino y comienza para el mundo un periodo tan incierto como peligroso. Donald Trump es, ese sí, un peligro para el planeta. No solamente por su rechazo a las políticas de protección al ambiente, lo cual puede conducir a un retroceso histórico en materia de combate al cambio climático. Ni tampoco porque su boicot a los organismos internacionales dinamita un entramado que ha posibilitado la estabilidad mundial por encima de los intereses nacionales, muchas veces, mutuamente contradictorios.
No, el mayor riesgo que corremos con Donald Trump es que se trata de un individuo que ha hecho del bullying una carrera empresarial y política exitosa (para él, aunque nefasta para sus rivales). Un análisis del diario The New York Times revela que a lo largo de su campaña insultó por Twitter a 289 personas, países, instituciones o cosas. Eso, solamente por redes sociales. Frente al micrófono la lista sería aún más abultada.
El problema de fondo es que a partir del viernes no solo tendrá las teclas de su celular para atacar a los que considera sus enemigos; ahora tendrá también a su disposición las teclas del tablero nuclear y será el comandante en jefe de la mayor potencia militar y económica del planeta. En pocas palabras, un barril de pólvora en manos de un matón dispuesto a salirse con la suya a cualquier costo.
La previsión de riesgo para el mundo no es hipotética. En los últimos días Trump ha lanzado duras advertencias en contra de Corea del Norte y de China, y no precisamente en el terreno económico o comercial, sino en el militar. Al régimen de Kim Jong-Un, el dictador que nunca superó emocionalmente la adolescencia, le advirtió que Estados Unidos no toleraría una prueba nuclear más de parte de su gobierno. La amenaza de Trump es poco menos que oro molido para Kim Jong, quien vive para provocar al Occidente y no encuentra el momento de arrancar un conflicto de vastas proporciones. Por otra parte, no está claro de qué manera podría Estados Unidos impedir que los coreanos hagan lo que les venga en gana, salvo mediante el uso de la fuerza. Algo que ya intentaron infructuosamente en la década de 1950. En resumen, si la paz mundial depende del desenlace de un conflicto entre Trump y Kim Jong, francamente estamos en peligro.
La dirigencia de China es mucho más responsable y prudente que la coreana, pero también más poderosa y ya dejó en claro que no cederá un ápice ante las amenazas de Trump. Esta semana Beijing afirmó en un editorial que “Las relaciones entre Estados Unidos y China van por un mal camino que podría conducir a la guerra”. Esto en respuesta a la propuesta del equipo de transición del nuevo presidente de bloquear el acceso de los chinos a las islas artificiales que construye en aguas en disputa. Otra vez, una amenaza estadunidense que solo puede cumplirse por la fuerza. “Si el equipo diplomático de Trump forja las futuras relaciones chino-estadunidenses como está haciendo ahora, más vale que ambas partes se preparen para un enfrentamiento militar”, respondió la potencia roja.
A partir de la segunda Guerra Mundial todos los conflictos bélicos se han desarrollado bajo la premisa de que cualquier cosa es válida, menos las armas nucleares. Estados Unidos utilizó hasta napalm en Vietnam, pero nunca consideró seriamente el uso de misiles atómicos. Una norma que se mantuvo gracias a que los rivales no poseían la bomba y a que la Casa Blanca estuvo ocupada por políticos con oficio, más allá de sus virtudes y defectos. Esos dos factores ya cambiaron.
A los mexicanos nos puede resultar demasiado lejano el riesgo de una conflagración internacional, considerando el peligro inminente que corremos con un presidente estadunidense hostil a México, obsesionado con castigarnos. De hecho para efecto prácticos la Era Trump comenzó para nuestro país desde hace varias semanas. No solo por el deterioro del peso ante la incertidumbre, sino por el cambio de actitud de algunas trasnacionales respecto a las inversiones destinadas al territorio nacional.
Cuando me entero de la última ocurrencia absurda de Trump y confirmo su ignorancia e irresponsabilidad, tengo la impresión de que en cualquier momento voy a despertar asumiendo que todo no fue más que una terrible pesadilla. Hay algo irreal en el hecho de que este personaje de reality show se convierta en el hombre más poderoso del mundo.
Me temo que a partir del próximo viernes constataremos que la pesadilla no es la que estamos soñando sino la que estamos viviendo. Disfrutemos, como podamos, los últimos momentos antes del día cero de la Era Trump.

Publicado en www.sinembargo.mx

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