El aire que chocaba contra mi rostro cortaba mi respiración, revolvía mis cabellos, pero también parecía murmurar a mi oído: ¡Gánale, gánale! De reojo miraba a mi vecino Carlitos, los gestos del esfuerzo que hacía por mantenerse a mi lado en verdad daban risa. Entonces, aceleré un poco más y ya no pudo alcanzarme. Al tocar la cuarta esquina de ese parque, mi ventaja era enorme. Al pisar la palabra meta, pintada en la acera con gis, mi papá fue el primero en abrazarme con orgullo. Fue así como le demostró a la familia Argüelles nuestra fuerza, sus hijas le ganamos a los hijos de nuestro vecino machín.

Cada fin de semana, mi padre jugaba con nosotras desde carreteritas hasta bote pateado, donde no siempre nos salvaba: “¡Un, dos, tres por mí y por todos mis compañeros!”. En los partidos de futbol yo era portera y me aconsejaba echar salivita en mis manos para atajar mejor la pelota. También nos enseñó a codear con fuerza, pero muy discretamente, a los rivales para que nos respetaran. Si nos llevaba al estadio Azteca le gustaba sentarse justo atrás de la portería del contrario para ver mejor los goles de nuestro equipo, el América, por supuesto. Su sonrisa de regreso a casa, mientras manejaba su Opel azul, brillaba en el espejo retrovisor. Los sábados nos despertaba al ritmo del “bomboro quiñá quiñá” y de las clases del cha cha cha. Entonaba alguna canción de Pedrito Infante –su ídolo, tanto que hasta su bigotito se lo recortaba igual– y se ponía a lavar los trastes que luego mi mamá debía enjuagar otra vez porque los dejaba oliendo a su loción, Old Space. Por él abundaban en casa las historietas como Risas, lágrimas y amor, Rolando el rabioso y Los súpersabios. Nos citaba a la entrada del cine Álamos o del Ópera y después nos llevaba a un café de chinos. Le gustaba caminar tomado de la mano de mi mamá. Yo los espiaba cuando íbamos a alguna fiesta y al verlos bailar repetía bajito: “Se quieren”.

Ella nos consentía mucho, a cada quien le hacía de comer solamente lo que le gustara, por eso al día había dos o tres platillos diferentes servidos en la mesa. A mi abuela paterna le chocaba eso, “déjamelas una semana y las haré comer hasta mierda”, repetía amenazadora, pero mi mamá jamás le hizo caso. Católica como ella sola, un tiempo nos obligó a rezar el rosario por las tardes o nos llevaba a clases de catecismo al exconvento de Churubusco. Siempre nos iba a dejar muy temprano a la escuela y en las vacaciones el único destino para vacacionar era Oaxaca, la tierra que la vio nacer. Siempre regresábamos con una caja llena de pan de yema, bolsas con chocolate y montañas de tlayudas. Me gustaba que cuando tallaba la ropa en el lavadero se pusiera a cantar eso de “cariño santo, mira cómo ando” y que cuando planchaba nos acompañara a ver “Señorita cometa”, “Ultraman” y “Cascarrabias”. Exigía y vigilaba que hiciéramos la tarea, por eso siempre fuimos niñas de 10. Claro, a veces conseguía nuestra dedicación con su chancla amenazadora y otras veces con sus lágrimas conmovedoras, pero en la ceremonia del fin de cursos presumía nuestros diplomas. Nos repetía que nada mejor que estudiar para depender solamente de nosotras mismas y que solamente podíamos tener novio hasta que le diéramos un título universitario. Por supuesto, la desobedecí, y tuve mi primer novio desde la guardería, esa guardería de la Aseguradora, un lugar donde ella aprendió corte y confección para hacernos nuestra ropa. El sonido de su máquina de coser todavía resuena en mis oídos. Me conmovía verla tomar nuestras medidas con su cinta amarilla y colocar alfileres en esos retazos que ella convertía en vestidos coloridos.

Y recuerdo todo eso por culpa de la película Roma, gracias Alfonso Cuarón por provocar esa nostalgia tan bien querida que posee toda evocación de nuestro pasado.

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