Daniel H Vargas Serna

Siempre es emocionante adentrarse en un nuevo reto. En esta ocasión, la invitación a colaborar con El Independiente, por parte del nuevo director Gerardo Neria ha sido una sorpresa y una gran alegría. En esta primera edición me gustaría escribir sobre el concepto y el rumbo que se le va a dar a este espacio, así como compartir los temas que iremos abordando semana tras semana. Esta columna toma su nombre de un libro clásico de la investigadora argentina Elizabeth Jelin Los trabajos de la memoria, publicado en el 2002 por la editorial Siglo Veintiuno. La autora aborda el tema de la memoria social, como objeto de investigación en el campo de las ciencias sociales. Pero más allá de las formulaciones teóricas que propone, me parece que lo más interesante de su texto, es la idea de que la memoria no es una cosa o un hecho social (en el sentido positivista del término) sino que se construye a partir del trabajo entre historiadores, sociólogos, antropólogos y, por supuesto, la comunidad que va a proporcionar su testimonio, sus recuerdos, sus memorias individuales. En este proceso, menciona Jelin, pueden jugar un papel importante los archivos documentales, entre ellos, los archivos fotográficos, que como ya lo mencionó Paul Ricoeur (2003) “son puntos de apoyo exteriores para la rememoración” que se activan, justamente, cuando hay ese encuentro entre el espectador y el documento. Una foto aislada no nos dice nada en concreto, tampoco un documento colonial, sino su aproximación y decodificación.

El tema de la memoria es fascinante por donde quiera que se le mire, pues es una de las pocas cosas seguras que tenemos como humanos, no obstante, muy frágil, pues en cuanto comienza a fallar o a presentar problemas, ya sea de tipo psicológico o fisiológico, corremos el riesgo de desprendernos de esta realidad y pasamos al mundo de la imaginación y de la ficción. Además, la construcción de narrativas o relatos históricos a partir de la memoria oral o comunitaria ha generado procesos de reivindicación social muy interesantes que han derivado en la recuperación de tierras o en la resignificación de los movimientos de resistencia social. En su trabajo, Jelin nos cuenta lo que a partir de “los trabajos de la memoria” se ha podido rescatar y ganar en el terreno de la historia y de la justicia, con temas tan crudos como la desaparición forzada, causadas por la militarización y los regímenes dictatoriales que ocurrieron en la segunda mitad del siglo pasado en el cono sur, en países como Argentina, Chile, Brasil o Uruguay.

Se dice a menudo que México tiene una población amnésica o desmemoriada. Yo creo que no; considero que tenemos una larga tradición de rememorar y contar historias, anécdotas, mitos, leyendas y hasta chismes. Sin embargo, nos ha hecho falta, revalorar y enunciar cosas verdaderamente significativas a nivel colectivo y ponerlas en el escenario de la convalidación pública, en donde siempre habrá fuerzas que vayan en un sentido constructivo o, caso contrario, en pro de la eliminación y la tergiversación de esas narrativas del pasado. La memoria es una lucha constante entre los actores sociales y las instituciones.

La memoria está directamente ligada al olvido, incluso se dice que recordar es una forma de olvidar, pues la mente es selectiva y discrimina lo que va a traer al presente. En esta era digital creo que el boom de “los estudios de la memoria”, que se originó al final de la década de 1980 del siglo XX, aún está dando mucho de que hablar. Hay una lista de categorizaciones sobre el concepto: memoria colectiva, memoria social, memoria comunitaria, memoria anticolonial, memoria oficial, memoria histórica… Lo interesante es que la sociedad civil está conociendo la importancia de este recurso humano, en pos de la justicia, de la construcción identitaria, en contra del olvido y la exterminación de los recuerdos y del pasado mismo. No hay crimen perfecto, siempre habrá una huella que nos lleve a rastrear lo acontecido.

En “Los trabajos de la memoria y la fotografía” queremos hacer ese cruce de universos, entre los archivos fotográficos, el cine documental, la imagen en general y la memoria. También hablaremos de exposiciones fotográficas, publicaciones editoriales con estas entradas, autores que trabajen a partir de estos conceptos y de procesos comunitarios –de pueblos originarios y mestizos– nacionales o internacionales, digitales o físicos, en donde la memoria y la imagen jueguen un papel importante. Abordaremos el tema del patrimonio cultural inmaterial, pues muchas de las prácticas que se han enmarcado en esta categoría, conllevan la puesta en marcha de ejercicios de memoria a nivel colectivo.

Las cajas de zapatos (de Pandora) Pues bien, en plena pandemia, muchas personas que tienen o tuvieron la oportunidad estar en sus casas, regresaron a ordenar sus archivos y documentos; abrieron las cajas de zapatos en donde guardan las fotos que les dejaron sus abuelos o sus padres, incluso ordenaron los archivos digitales como nunca lo habían hecho. En el mejor de los casos, esas acciones nos recuerdan lo que nos conforma y lo que hemos dejado en el tintero, pero también ha provocado la socialización de nuestras memorias (fotos, videos, cartas, archivos sonoros, etcétera) con nuestros seres queridos o con esa chica o chico que nos gusta y solo conocemos por el Facebook o el Instagram. Nuestras colecciones privadas son nuestros mundos y referentes y siempre es sano volver a ellas, abrir la caja de pandora, o como dice el teórico catalán de la imagen Joan Fontcuberta “el ánfora (en lugar de caja) que contiene todos los males y bienes de la humanidad”.

Retomando algunos pasajes del libro que proporciona una parte del título de esta columna semanal, los estudiosos de esta categoría han aseverado una serie de cosas en torno a un tema tan amplio y dinámico: que la memoria tiene límites y restricciones, por el hecho de que es una emanación de la mente humana; la memoria es inestable y está siempre en construcción, incluso cuando se llega a legitimar social o políticamente, pues no es como la historia, en el sentido de que manifiesta una versión única de los hechos y se construye a partir de un método científico. Pero, a lo anterior, debo decir que la memoria social no es menor a la historia, sino que ambas disciplinas se complementan y cuando hay un diálogo abierto y horizontal, pueden ocurrir procesos muy significativos que abren puertas y ayudan a sanar y a generar nuevas formas de entender el pasado, para mirar con otros ojos el porvenir que estamos conformando.

Los invito a mirar, a hurgar, a meter las manos en sus cajones empolvados y comenzar a explorar esos mundos, esos exocerebros (Bartra, 2012) que tanto nos hacen falta para no perdernos en esta avalancha de la era de la información, en este mar de fugacidades y atemporalidades. Cualquier huella o vestigio del pasado, es una llave para escribir o reflexionar en torno a los que hemos vivido y una posibilidad para compartir con los nuestros, para hablar, para resignificar y para construir puentes con las generaciones que nos anteceden o las que nos preceden. Jelin señala: “Uno es agente de transformación y en el proceso se transforma a sí mismo y al mundo. Al referir que la memoria implica ‘trabajo’ es incorporarla al quehacer que genera y transforma el mundo social”. En el plano individual, sin duda es un trabajo complejo, que requiere actitud y, en ocasiones valor, para enfrentarnos a pasados tortuosos, a heridas psicológicas e, incluso, a momentos críticos que cambiaron nuestra existencia. En el plano social, he comprobado, que se requiere mucha tolerancia y una actitud intercultural para escuchar y sentir al otro, y así ir, poco a poco, construyendo el tejido memorístico comunitario. En esto, por supuesto que siempre habrá tensiones y posiciones encontradas.

Me despido recordando que ya se acerca el Día de Muertos, el día de los fieles difuntos, el Xantolo. Este año quizá sea conveniente vivirlo dentro de casa y no exponernos ante una posible nueva ola de contagios. Un ejercicio interesante sería revisar las fotografías que tenemos de nuestros ancestros y hacer una suerte de árbol genealógico fotográfico para compartir en las redes sociales o simplemente para honrar a quienes nos precedieron, colocándolo en la ofrenda (los que acostumbren poner), aun lado de los alimentos y “gustos” de los que están del otro lado del tiempo. Estoy seguro que no faltará algún curioso que pregunte “¿Quién es ese señor de bigote que se parece a mi papá?” o “¿Por qué nunca habías sacado una foto de mi abuelita, cuéntame más de ella?” En el plano institucional o cultural, desde hace algunos años, noviembre se considera como el Mes del Patrimonio, debido al Día Internacional del Patrimonio Mundial, celebrado el 16 de noviembre por la UNESCO. Creo que puede ser un buen pretexto para revalorar nuestros patrimonios materiales o inmateriales que tengamos a la mano o a través de un click. Nuestro país cuenta con más de 30 sitios o prácticas culturales consideradas como patrimonio de la humanidad por la UNESCO; somos el sexto país a nivel internacional y el primero en América Latina por el número de asignaciones internacionales. La clasificación se divide en patrimonios históricos, por ejemplo el sistema hidráulico del Acueducto del Padre Tembleque, en Hidalgo; patrimonios naturales, en donde entra la reserva de la biosfera El Pinacate y el Gran desierto de Altar, en Sonora; patrimonios mixtos y patrimonios culturales inmateriales, como la celebración del Día de Muertos o la danza de los voladores, que, por cierto, está mal decir “voladores de Papantla”, pues los hay de la Huasteca, de la Sierra Norte de Puebla, del Totonacapan… y con un origen cultural bien diverso: otomíes, nahuas, tenek y totonacos.

Hagamos memoria, trabajemos en este presente tan incierto con lo que aconteció en nuestro pasado remoto o inmediato. Estoy seguro que se llevarán más de una sorpresa y detonarán reacciones y sentimientos sanadores, que tanto nos hacen falta en esta época de la despersonalización y la apatía virtual o física. Y recordemos: “El tiempo de las memorias no es lineal, no es cronológico o racional. Los procesos históricos ligados a las memorias de pasados conflictivos tienen momentos de mayor visibilidad y momentos de latencia, de aparente olvido o silencio” (Jelin, 2002). Hay mucho que recordar y reflexionar en este país con grandes lagunas mentales colectivas. Habrá que ir ayudándole a la historia a llenar esos huecos con nuestras propias memorias y fotografías, que son, ante todo, únicas e irrepetibles.

Comentarios