Con un tortuoso camino de casi un milenio, la universidad como institución ha antecedido a monarquías, reinos, estados y países, pero su aniquilamiento ha sido el sueño de muchos gobiernos despóticos que anuncian su fin inminente.

Desde luego, las universidades desde sus inicios sufrieron daños por no haber políticas públicas para impulsarlas, por regulaciones excesivas y mal concebidas, imprevistos, ataques externos e intromisión en sus asuntos, y atentados hacia su autonomía, además de otras amenazas de legislación rígida, burocrática, con baja inversión en investigación, desarrollo e innovación en ciencia y tecnología.

Pero lo importante de las universidades es la gran enseñanza que nos dejan, por sus grandes beneficios y resultados. En efecto, las universidades han logrado mantenerse, pese a los cambios de civilizaciones y a través del tiempo, porque la base de las sociedades donde se encuentran lo requiere para dar soluciones concretas a sus problemas de agua, economía, salud, justicia, medio ambiente y un amplio espectro de disciplinas, lo que les permite tener una gran capacidad de adaptación, expandiéndose en todas las direcciones por su esencia buena, inagotable y dinámica. Por ello, no es de sorprender la capacidad de adaptación de las universidades, debido a que se sustentan en los pueblos y sus sociedades, con las que va de la mano porque sabe escucharlas y, a la vez, es la voz del pueblo.

También es importante escuchar, ser inclusivos y aprender de la larga historia de cómo las universidades crean, mantienen e incrementan sus capacidades adaptativas. México tiene ejemplos en su historia en entidades como Hidalgo, con la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), que es una institución genuinamente amada, en donde los jóvenes pueden acceder a una educación superior de calidad y que de otra manera verían truncadas sus metas, ya que otorga oportunidades a jóvenes talentos, quienes serán las mentes transformadoras del futuro.

Por otro lado, a través de la historia, desde los ataques fanáticos de una oscura Edad Media, las sociedades despertaron de su letargo a través de sus universidades en el mundo, y quizá por ello son los últimos reductos que conservan los valores de ellas. Actualmente, los pueblos requieren universidades e institutos de educación superior que enfrenten los enormes desafíos que tiene la humanidad.

En efecto, enfrentar los desafíos en educación es algo muy loable y un ejemplo a seguir, porque se requiere una verdadera convicción de aportar, sumando capacidades en el mejoramiento de la calidad y equidad de la educación, sin rodeos. Porque enfrentar los grandes desafíos, como lo ha demostrado nuestra máxima casa de estudios a través de sus autoridades, del rector Adolfo Pontigo Loyola y el presidente del Patronato Universitario Gerardo Sosa Castelán, muestra que el trabajo continuo, con el rumbo claro y de bases fuertes, es pilar de la transparencia y apuntala a la unidad de nuestro sistema de educación superior, que a la vez propicia la unidad de nuestra sociedad.

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