Lol Canul

La palabra sustentable hace referencia a la garantía de que el desarrollo humano sea equiparable de manera transgeneracional; es decir, que el nivel y calidad de vida que tiene una generación sea el mismo al que la siguiente puede aspirar. Ello implica que exista un equilibrio en los procesos necesarios para dar sostén a la vida humana.

Históricamente, esta idea de sostenibilidad se inicia a partir de las observaciones de Rachel Carson, quien en su libro Silent spring, en la década de 1960, relata las consecuencias del proceso degradativo a futuro; esto desencadenó diversas reacciones que más adelante se convirtieron en un incipiente movimiento ambientalista que se consolidó en los años setenta y para los ochenta, con la creación de la Comisión Mundial de Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas; por primera vez se señala de forma institucional la importancia de evaluar las acciones humanas en torno a los enfoques económico, ambiental y social.

El crecimiento científico, tecnológico, industrial y comercial del siglo XX ofrece mayores oportunidades para el progreso social, con diversas herramientas y acceso a ellas en estilos de vida en los que se promueve un constante consumo de productos; estos modelos de desarrollo adoptados por las sociedades resultan incompatibles con el equilibrio de los ecosistemas y, como consecuencia, se registra la mayor alteración ambiental que además fue causada por la humanidad y no se debe a desastres naturales.

Hablar de un desarrollo sustentable, involucra el impulso de sistemas que consideren el satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las mismas necesidades, considerando las dimensiones ambiental, económica y social; implementando un modelo de producción que no agote los recursos disponibles y renovables, y que, a su vez, no se produzcan más contaminantes de los que el entorno puede absorber o degradar.

Esto nos plantea diferentes problemas de orden social, económico, político, ambiental y cultural, dimensiones que se interrelacionan, ya que no pueden evaluarse de forma aislada y que impactan entre sí. Se considera, por ejemplo, la relación que existe entre el bienestar social con el medio ambiente y la riqueza económica; la implementación de políticas públicas con las prácticas culturales de consumo; la producción industrial con la reglamentación legal y el desarrollo económico; los modelos de consumo con el crecimiento humano; en cuanto a lo ambiental, refiere a encontrar el equilibrio entre el uso de recursos naturales y el impacto ambiental que este proceso genera. En todos estos aspectos, el ser humano con sus contextos tiene un papel primordial, el tema se vuelve aún más complejo si se calcula que en el mundo habitan casi 7 mil millones de personas y que la población crece a un ritmo acelerado, gracias –¿o no?– a los avances en la medicina, la esperanza de vida aumenta, disminuye la mortandad, además de que se busca garantizar las máximas capacidades y satisfacción de necesidades humanas para la ejecución de una vida digna, productiva y disfrutable.

Hoy sabemos que muchas de las actividades humanas no son sostenibles a mediano y largo plazo y que, de no haber un cambio tajante en ellas, representan una amenaza al ecosistema que permite –paradójicamente– la existencia de las sociedades. Estas consideraciones deben invitar a todos los actores involucrados a replantear la forma en que la humanidad se relaciona con el planeta y buscar la sustentabilidad como un eje transversal.

Twitter: @lolcanul

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