La historia la escriben los vencedores

El obradorismo se ha autonombrado como la corriente que encabeza la cuarta transformación: una continuidad de la Independencia, la Reforma y la Revolución. El presente está sometido a una visión de quiebres históricos con respecto al pasado, pero como su continuidad. El obradorismo quiere verse como parte de las rupturas o quiebres históricos anteriores. Los quiebres históricos como los acomoda la historia de la 4T fueron la Independencia, la Reforma y la Revolución, pero vale la pena preguntarse, ¿qué fueron aquellos acontecimientos como para que ahora el obradorismo se considere una continuidad? Indudablemente, que se trata de la historiografía oficial, cuyos espectros tienen un peso específico en el presente, así como en las conciencias de millones de mexicanos.

Existe una diferencia de grado entre la historiografía general y la historia de México

En la historiografía se elogia a figuras históricas que vienen a ser los grandes personajes de la historia, pero con el fin de recuperar el pasado como una justificación del presente y del estado que guardan las cosas. Las naciones que fueron víctimas de aquella historia –México–, como historiografía, sus élites han escrito su propia historia o una versión de la historiografía local desde el lado de los que vivieron la Conquista. Es una historia subrogada –que se escribe en los mismos términos que la historiografía del elogio, pero en la versión de las luchas locales–, porque la historiografía de los que vivieron la Conquista y se liberaron también tiene su propia versión como una historiografía que tiene a sus vencedores y vencidos y, por tanto, de historias de quienes ganan.

La historia que legitima al obradorismo es la historia oficial

Con todo el respeto que merece Obrador como una figura que resistió heroicamente durante décadas la ofensiva que desde la cúspide del poder se lanzó contra él y de cuyas luchas yo mismo he sido un defensor crítico, el tramo de la historia que le ha tocado construir como jefe de gobierno se debe incrustar, como él mismo dice, en el ámbito del republicanismo y servir de guía del Estado que, dicho sea de paso, es una entidad de clase. Se trata de una visión en la que los intereses de Estado se mezclan con los intereses de clase y sus grupos, y de la que cualquier personaje que se incruste en su estructura no puede hacer otra cosa que servir, en última instancia, a esos intereses. Aquí ya no depende de inclinaciones o gustos, sino de fuerzas que tienen que se entrelazan con el poder y la dominación.

Nadie puede dudar de las buenas intenciones de AMLO, pero su visión se ubica en el terreno de las clases y subgrupos hegemónicos

El republicanismo es una corriente que se identifica con los intereses de una de las capas o grupos dentro de un Estado de clase, como ocurre entre demócratas y republicanos en Estados Unidos. En México, los grupos dominantes se dividen entre las corrientes partidistas hegemónicas, como ha sido el PRI y el PAN. El obradorismo es una corriente que representa a una facción del antiguo Partido Revolucionario Institucional: el liberalismo que se ha identificado históricamente con los movimientos de independencia, reforma, etcétera. Los grupos de poder lo han entendido perfectamente, pero los que no logran asimilarlo son aquellos que se beneficiaron del PRI –y la corrupción–, que se acercó ideológicamente al liberalismo conservador del panismo y las corrientes neoliberales globalistas.

La lucha contra la corrupción

La disposición del obradorismo de convertir a la corrupción en su eje de gobierno es parte de las disputas al interior de los grupos que hegemonizan la conducción del Estado mexicano. Pero como ya lo ha apuntado el maestro Pablo Casanova, se trata de acciones que no inciden en cerrar la brecha que existe entre quienes ocupan la parte alta de la escala social y los que se encuentran en la parte baja. La clave está en que la producción de la riqueza tiene un carácter social y, sin embargo, se distribuye de manera inequitativa. El presupuesto que maneja el Estado es una cifra ínfima y que, para que pueda operar como regulador de la producción social de la riqueza, se debe actuar en otro terreno incorporando políticas con efectos redistributivos. La lucha contra la corrupción ha recibido el visto bueno de las élites, por supuesto que se quejan los que de ella se beneficiaron, pero es un guiño solamente.

¿Y el pueblo?

Nadie puede poner en duda la importancia que tuvo la participación masiva de la población el primero de julio de 2018. Sin embargo, se debe valorar en sus justos términos y no es mi intención minimizar su significado. Tanto en la Independencia como en la Reforma, y no digamos en la Revolución mexicana y la expropiación petrolera, el pueblo fue clave en dichos acontecimientos. El problema es que la multitud de hombres y mujeres han sido contemplados en la misma lógica de las disputas interjerárquicas. Su potencia ha servido para modificar la relación de fuerzas entre los grupos que se disputan la administración del Estado mexicano. El PRI, por ejemplo, gozó del prestigio al interior de las diversas capas de la población de aquello que se llama pueblo, pero como parte de una facción que lo utilizó para equilibrar las disputas al interior del Estado. La eliminación del proyecto aeroportuario sirvió para mostrar el músculo social del obradorismo ante las facciones de la burguesía que no están dispuestas a abandonar los beneficios de la globalización y de la que el aeropuerto era una enorme tajada. Pero la respuesta ha sido el retraer las inversiones como contrapartida. Infelizmente, la multitud va a jugar su papel, pero como parte de ese juego.

Son diferencias cualitativas las formas de ver el triunfo de quien encabeza la 4T

El obradorismo tiene todo el derecho a escribir su propia historia y a ver el pasado como parte de su presente. Sin embargo, el primero de julio de 2018 es una fecha que ha de inscribirse dentro de una continuidad histórica de luchas de las multitudes de hombres y mujeres que, colocados en la parte baja de la escala social y de quienes han comprendido esta situación y se han ocupado de contribuir a su superación, no han abandonado sus esfuerzos por superar su condición. Se trata de una lucha milenaria, y no solamente local, con la que se identifican millones de seres humanos a los que las contradicciones sociales les ha colocado una especie de semilla de la que emerge siempre una disposición por abandonar las penurias de los que parecen los condenados de la Tierra.

Lo anterior es una postura, como siempre, crítica con respecto al triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), y tiene como único propósito contribuir a una justa valoración de lo ocurrido el primero de julio de 2018.

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