Son las 7:50 de la mañana, salgo corriendo de casa, mi impuntualidad es un severo problema que no logro corregir; camino lo más rápido que me lo permiten mis botas con tacón número seis, hago mi recorrido de todos los días para llegar a la colectiva, han pasado tres o cuatro minutos y aún no sé lo que me depara la vida calles adelante; desperté con entusiasmo, pero en segundos mi día será gris, y no por el clima…
Cuando paso por el local donde reparan zapatos visualizo a un hombre en la esquina vigilando el camión recolector de basura, error. Son las 7:55 y muchos vecinos decoran mis calles, niños de las manos de sus madres corriendo para llegar a tiempo a la escuela; cruzo la calle, volteo a ambos lados para evitar que me atropellen y no miro a las personas, no me gusta incomodarlas. Paso a un lado del hombre, tiene aspecto como el de cualquier otro vecino: pants color lila, cabello desarreglado y un notable sobrepeso; siento su respiración agitada muy cerca de mí. “Me va a asaltar”, pienso. Un vecino observa todo metros adelante afuera de una tienda de abarrotes; acelero el paso, pienso en mi celular, en mi cartera, sujeto con fuerza mi bolsa, y todo sucede en segundos, no se trata de un asalto para robar mis pertenencias materiales, se trata de un asalto que roba en segundos mi dignidad en el momento exacto en el que toca mi cuerpo. Jamás me había pasado, siempre peleo y ofendo a todos lo que me gritan cosas absurdas en la calle, esto es otra cosa.

Malditas sus manos, maldita la forma en la que me tocó; no quiero escribir la palabra tocar, pero lo hizo. Un hombre que nunca en mi vida he visto toca mi cuerpo, siento punzadas producidas por la fuerza con la que me tocó más allá de la espalda baja, no escribiré el nombre de esa parte de mi cuerpo porque siento vergüenza. Giro para ofenderlo con todas las groserías que mi papá me ha enseñado desde niña, detecto que su sobrepeso le impide correr rápido, a mí las botas, pero corro detrás de él, da vuelta en la esquina y me decido a alcanzarlo, no sé para qué, son las ocho, mi hora de entrada, pero eso no importa ahora, cuando estoy a punto de alcanzarlo veo su camioneta blanca, puerta abierta, motor encendido: lo planeó. Detengo mi carrera, quizá es un trampa, quizá quiere que lo alcance para subirme a la camioneta.

En medio de la calle siento que tiemblo de impotencia, de maldita rabia, me acaban de tocar en mis calles, las que he visto desde niña, las que he caminado miles de veces feliz, otras triste, pero al final, son mis calles, confío en ellas; entonces recuerdo que en mi recorrido vi pasar esa misma camioneta, es solo que jamás me atreví a pensar que el chofer me vio caminando por esa avenida y fue a esperarme calles adelante, trazó en su mente el plan de dejarla estacionada a la vuelta de la esquina, bajar a esperar que cruzara, tocarme, sí, maldita sea, tocarme y correr a su guarida.

Con ambas manos cubro mi cara, trato de calmarme, no pasa nada, continúo mi camino, una señora al otro lado de la calle vio todo y no hizo nada; el vecino de la tienda sigue parado mirando hacia mí, él fue testigo de todo y tampoco hizo nada, le digo lo que yo creo que son sus verdades: “Solo para estar de mirones sirven, señor”, no hace nada, solo parpadea. Sigo caminando, ya es muy tarde, 8:10, no pasa nada, pero sí pasa, lloro y lloro, carraspeo, siento en el cuerpo las malditas manos, golpeo con el puño una camioneta.

Yo que me creo la muy valiente no hice nada, solo apuntes sobre la profanación de mi cuerpo en las calles, no lo alcancé, no lo golpeé, no anoté el número de las placas. Pienso en si es un vecino, si ya me había visto antes, si solo iba manejando y decidió bajar a arruinarme el día. No tengo las respuestas. Me dijo un ser humano que amo: “Escribe como terapia”; debatimos sobre publicarlo, no quiero la lástima de nadie, estoy bien, respiro, no pasa nada, quiero únicamente que a nadie más le suceda, aunque sé que existen sueños imposibles.

Lorena, 28 años

***

“Solo quiero que tengas algo bien claro… no fue tu culpa”, fue lo que dijo mi amigo tras escucharme llorar por horas mientras le contaba que acababa de sufrir acoso sexual por parte de un desconocido. Cuando no has estado expuesta, vulnerada e intimidada como persona, es fácil pensar: “Yo jamás hubiera permitido eso”, “¡Qué tonta!”, “¿Por qué no pidió ayuda?” Yo solía pensar así, y al igual que muchos, no tenía idea de lo que significa que alguien se brinde a sí mismo uno o más derechos sobre tu cuerpo, y no importa si es una nalgada, un pellizco o una mirada, solo es más de lo mismo, alguien que te somete, importándole poco el daño que te genere, porque socialmente “no es la gran cosa, solo la tocó”, así de distorsionada está nuestra percepción, hasta que nos pasa, y todo cambia.

Esa noche tomé un autobús, me aseguré de elegir la línea de transporte más segura, comprar el boleto en las primeras filas, igual que siempre, y claro, abrigarme bien para no pasar frío. Sí, no tuvo nada que ver con lo que estaba usando. Llegué temprano y me senté; él fue muy astuto, pasó rápido junto al asiento, dejó su mochila, se fue al baño y no regresó hasta que la luz estaba apagada, claramente no era la primera vez que lo hacía; quería evitar que viera su rostro, pero ¿yo qué iba a saber?, jamás me había enfrentado a algo parecido.

Dejó que me quedara dormida, sentí que algo rozaba mi pierna, me desperté y lo miré, estaba girado hacia mí, pero estaba oscuro, se hizo el dormido y se giró hacia el otro lado, pensé que lo había soñado, volví a dormirme y volví a sentir lo mismo; comencé a sentirme confundida. Lo intentó de nuevo, esta vez me quedó claro que no estaba soñando, el hombre de a lado estaba intentando tocarme y comencé a pensar: “¿Por qué está haciendo esto?…” “Por favor, que pare…” pero no lo hizo.

Pensé en gritar, sí, pero no lo hice, ¿por qué?, porque estaba sola, era un camión lleno de gente, gente desconocida que dormía, gente que no se imaginaba que había una persona como él entre nosotros, gente que –considerando nuestra percepción social-habitual– lo más probable es que no hubiera hecho nada, o incluso peor, que le habría creído a él antes que a mí cuando lo negara y me llamara “loca”, porque “realmente no me había hecho nada, ¿cierto?”

Puse mi mano rígida como barrera entre los asientos para que no siguiera, la mayoría de los acosadores y abusadores sexuales dicen: “Pensé que ella quería”; colocando mi mano como barrera era claro que no aprobaba su actuar. Opté por hacer como si me despertaba cada vez que lo hacía para que desistiera, cuando entró un poco de luz vi que tenía una cobija encima de su miembro sexual y una de sus manos estaba debajo, no tengo que explicar esa parte, es bastante obvia, ¿cierto? Y ahí comencé a sentir realmente miedo. Pensé: “Este tipo quiere abusar de mí, realmente quiere hacerlo”, ¿pueden imaginar lo que se siente saber que alguien quiere abusar de ti sexualmente?, sentir que eres totalmente vulnerable.

Entre mi somnolencia y mi terror intentaba mantenerme alerta; se topó con la barrera de mis dedos varias veces, y los tocó como si fueran cuerdas de una guitarra; después de un rato comenzó a intentarlo de un modo más directo metiendo su mano entre mi espalda y el respaldo, pero una curva, y la velocidad excesiva del conductor, le sacó de ahí antes de que lograra algo. “Si veo que me toca tal cual grito, por roces me van a tomar de a loca…”

Fue la noche más terrible de toda mi vida, él salió casi corriendo cuando se detuvo el camión y yo tenía demasiado miedo de que se grabara mi cara y lo tomara como algo personal, así que escondí mi rostro, bajé del autobús y pensé en poner mi queja en ADO pero ¿y si me estaba esperando?, ¿para qué arriesgarme si lo que dirían sería “pero no te violó, ¿o sí?”

Marqué llorando a mis padres. ¿Saben lo que se siente pasar por algo así y estar tan sola que tu único nexo es la voz angustiada de los tuyos en el teléfono?, yo no lo sabía, hasta ese día. Cuando mi amigo me dijo que no era mi culpa pensé: “No, claro que no lo fue, no tengo sentimientos de culpa, por qué los tendría”, pero eso no era del todo cierto, y lo entendería más adelante cuando noté que era claro que me sentía culpable, pero no por lo que un acosador sexual me hizo pasar, sino porque no lo pude evitar, porque me paralicé, no grité, no pedí ayuda, no hice nada, nada. No logró pasar de acoso a abuso, lo que mantuvo mi cuerpo a salvo, pero no a mí, dañó mi dignidad, mi autoestima, mi seguridad personal.

Tuve que tomar terapia para superarlo y entender que no, no fue mi culpa, y que si bien no grité ni pedí ayuda y me petrifiqué del miedo, en primer lugar él no tenía que abusar de la oscuridad y mi cansancio en ese autobús. Mi constante respuesta, intentando evitar que siguiera, era un evidente no, y no existe una justificación para su actuar. La sola idea de que se trate de alguien que lo había hecho antes, aún hoy, después de casi dos años, me retuerce el alma y pienso en cuántas víctimas más ha dejado, en esa ocasión fui yo, pero pudo ser cualquiera, mujer, hombre, joven, jovencita, una niña o un niño, nadie merece pasar por eso, y pienso que tal vez si comenzamos a intentar comprender a la víctima, y no únicamente juzgarla como culpable, podríamos lograr que rompa esas barreras del miedo y se sienta segura para pedir ayuda, con la seguridad de que será respaldada y apoyada en caso de ser necesario.

Anónimo, 29 años

***

Hace unos años, cuando tenía alrededor de 18 años y me encontraba en los últimos semestres de bachillerato, todo era distinto, debía levantarme a las seis de la mañana y salir corriendo a las 6:45 para entrar a la escuela. Aquel día, como cualquier otro lunes, al salir de mi casa caminé por una de las calles menos transitadas a esa hora y, como era mi costumbre, con los audífonos puestos. Caminaba del lado derecho, lo menos que imaginé era que dentro de una de las casas se encontraría a esa hora de la mañana, aparentemente tranquila, esperando a que pasara cualquier mujer para atacarla… no pensé en un hombre escondido tras una barda, con los pantalones abajo y masturbándose hasta que lo tuve frente a mí, entre ofensas tuve la oportunidad de correr al otro lado de la calle; sin embargo, no fue suficiente, él venía atrás de mí. Pasé por varias casas donde debieron escuchar cuando yo gritaba, pero nadie ayudó; pasé por una tienda donde me preguntaron qué pasaba, únicamente eso: indagaron sin actuar; al menos con esas preguntas él se fue.

Yo tenía miedo y coraje, que liberé en cuanto llegué a la escuela y llamé a mi mamá solo para pedirle que ya no dejara salir sola a mi hermana, para pedirle por favor que se cuidaran; a veces pensaba que los sentimientos generados tras ser agredida de esa manera eran una exageración, debido a que el acto no se culmina, lo pensaba cuando no sabía que eso se llama agresión sexual, que no se trata de un juego ni de bromas de mal gusto. Hoy en día lo recuerdo y mi corazón late como esa mañana en la que entendí que tampoco podía transitar por las calles de Pachuca con seguridad y tranquilidad.
Anónimo, 24 años

  • [ Lorena Piedad ]

En todo el mundo, entre el 50 y 100 por ciento de mujeres y niñas sufre acoso sexual y otras formas de violencia sexual en espacios públicos, incluyendo calles, escuelas, lugares de trabajo, parques y espacios abiertos, según la ONU Mujeres. En febrero de 2018, la Cámara de Diputados federal aprobó por unanimidad incorporar a la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia que el acoso callejero sea considerado acoso sexual, por lo tanto, es un delito. Los relatos y denuncias pueden alertar sobre el sector donde ocurrió, además de visibilizar que este problema debe ser atendido a nivel de seguridad pública, porque es una forma
de violencia que permite y justifica otras.

¿Qué hacer?

  • Denunciar
    Acudir con las autoridades que tienen el deber de proteger tu integridad en espacios públicos; lo más importante es resaltar lo sucedido y que el agresor sea identificado
  • Tecnologíay redes sociales
    Compartir en Internet puede generar una “red de denuncia” viral y delatar al implicado
  • Acusar al agresor
    En algunas ocasiones, los acosadores son empleados y puedes reconocer su uniforme, el logo de su empresa o alguna señalización
  • Llama la atención
    Gritando o diciéndole que está mal lo que hace, pues lo que más le importa es conservar el anonimato
  • No utilices la violencia
    Recurre a los cuatro consejos anteriores antes de intentar usar la violencia física o verbal, porque no sabes cómo reaccionará el acosador

Comentarios