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Ernesto Zedillo Ponce de León, exsecretario de Educación, a veces taciturno y de no prontas sonrisas, se convirtió en un sorpresivo emergente del PRI (y de Carlos Salinas de Gortari) como aspirante a la presidencia de la República, tras el asesinato del hasta entonces candidato Luis Donaldo Colosio Murrieta, en una tarde que no fue como otras, el 23 de marzo de 1994, en Lomas Taurinas, Tijuana. En años subsecuentes, surgieron hipótesis para determinar el móvil del crimen y la más aceptada se atribuyó al discurso de Colosio, el 6 de marzo de ese mismo año, en el Monumento a la Revolución, en el anteriormente llamado DF, en el que, señalando deficiencias del sistema, dijo sustancialmente: “Veo un México con hambre y sed de justicia”. Zedillo, al final, ganó la elección, pero nunca conquistó simpatías mayoritarias. En la imagen, el ya entonces primer mandatario del país, en una visita a Hidalgo. Le acompañó el gobernador Jesús Murillo, originario de Mineral del Monte, político de amplio bagaje cultural, quien antes había sido diputado federal y senador, y, más adelante, procurador General de la República con Enrique Peña Nieto, gestión que no concluyó tras los trágicos sucesos que hoy todavía se resumen en una palabra: Ayotzinapa

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