RODRIGO CORONEL

Durante su juventud, mi abuela fue modelo. Las fotografías que de ella aún conserva la familia dan testimonio de su belleza. Veracruzana, de grandes ojos negros, nariz afilada y labios delgados, Hilda tenía una elegancia natural. Participó en numerosas pasarelas; ella vistió, antes que nadie, las más vanguardistas prendas de su época. Su paseíllo en el entarimado era la primera aduana del último grito de la moda. En algún sentido, fue una pionera. Desde entonces mantuvo un refinado gusto en el vestir; sus combinaciones eran audaces, pero nunca estrafalarias. Sus colores eran discretos; excepto por un alucinante pantalón y suéter color solferino.

Mi abuela no usaba labial rojo, sino un bilé carmesí. Sus cortinas no eran naranjas, eran color chedrón. En su vocabulario, las palabras venían teñidas por la pátina de otros años, quizá más felices y lustrosos. Como la chillante combinación de solferino que, las bravuconadas propias de mi preadolescencia, bautizaron con un muy poco solemne “color barney”, a propósito del amigable y tipludo dinosaurio morado de la televisión. En mi descargo puedo decir que, en efecto, el solferino solo es otra manera de llamarle al morado.

La palabra tiene cierta raigambre histórica; una carga de tiempos remotos, de imperios y emperadores. Solferino también es una región en Italia que fue escenario de una sangrienta batalla entre el imperio austriaco y la Francia de Napoleón III. Ocurrió en 1859, el emperador Franciso José I en persona estaba al frente de un ejército de casi 100 mil soldados. Del otro lado, los batallones franceses fueron comandados por Victor Manuel II. Fue una masacre, con casi 12 mil heridos y 3 mil muertos. La visión del campo de batalla fue lo suficientemente dantesca como para que Henry Dunant, empresario suizo, testigo de los estragos, impulsara la fundación de la Cruz Roja.

Veinte días antes, también en Italia, pero algunos kilómetros lejos de Solferino, la batalla de Magenta, otra localidad, en la que salió victorioso el ejército de Napoléon III, abonó a la predominancia francesa sobre la región. Las dos victorias resonaron con furor nacionalista en toda Francia. Tanto que un grupo de científicos, imbuidos por el entusiasmo de ambas batallas, bautizaron el descubrimiento de dos nuevos colores en honor a ellas. Efectivamente, el magenta y el solferino son fruto de sendos homenajes.

La práctica de bautizar colores en recuerdo de alguna batalla, por fortuna, no prosperó. Al menos no se sabe de algún color Dunkerque o Normandía, solo por recordar algunas hazañas guerreras de la segunda Guerra Mundial. Es probable que mi abuela fuera consciente de esa peculiar circunstancia histórica. Yo, por lo pronto, puedo dar fe de su temperamento pacifista y muy lejano de los arrebatos bélicos. Cuando la veía llegar así, con el suéter solferino, y le recordaba su inevitable parecido con el desagradable dinosaurio, Hilda apenas se indignaba. Nunca perdió el estilo.

Picardía en lenguas mexicanas

El ser humano tiene muchas necesidades, entre ellas están el expresar cariño y ternura, pero también lo es aquella manifestación de insultar al otro, pues el insulto es parte de la función psicológica del hombre.

Los pueblos originarios tienen una forma específica para manifestar su cólera, pues sus improperios están compuestos por una red conceptual en la que no bastan las palabras groseras, también hace falta la intención y los contextos de enunciación.

Picardía en lenguas mexicanas reúne algunas expresiones en lenguas originarias como palabras peyorativas, piropos o poemas, frases y canciones con doble sentido que nos muestran un mundo poco explorado de nuestras culturas que coexisten en México.

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