“Como la pureza del agua, como la imparcialidad de los jueces e historiadores o como las verdades absolutas, el olvido no es más que un año de cuatro estaciones bien definidas, es decir, una reliquia inventariada en el baúl de los ideales o de los deberes seres.”

Eso que llamamos olvido no se parece nada a la aniquilación permanente de los recuerdos o de los momentos o de las cosas o de las personas. Sería un gran alivio que realmente fuera así, sobre todo cuando los recuerdos o los momentos o las cosas o las personas aparecieron como un meteoro destructivo en la historia.

Olvidar no es borrar, es más bien un proceso interno de selección involuntario (aunque puede ser que muy deseado) en el que los recuerdos se reordenan en el archivo mental y espiritual de las personas. En una categorización simple, los más significativos y/o los más cercanos aparecen siempre en el primer anaquel, los menos significativos y/o los más lejanos se reparten en grandes espacios de almacenaje hacia el fondo del archivo. Ahí, en el segundo plano, podrán empolvarse o podrán perder legibilidad o nitidez, pero jamás desaparecerán. Incluso hasta los recuerdos más remotos pueden volver al frente si en el camino te topaste algo que te ha hecho buscar en el pasado, sin que lo solicitaras.

El Imperio de la Memoria es un espacio tan infinitamente expansivo que podríamos cubrir con cada recuerdo de cada una de las miles de millones de humanidades que respiramos (y las que ya no lo hacen) cada estrella del Universo. Si es, como dicen, que los astros que contemplamos en la Bóveda Celeste son ya el último suspiro de un lucero que murió hace tiempo, no sería descabellado que reivindiquen, en alguna medida, a los recuerdos que pasan a segundo plano en las historias de las humanidades.

Si hacemos que esta teoría progrese, bien se podría inferir que las estrellas fugaces son esos recuerdos que vuelven desde el confín del archivo, ya sepultados en el inconsciente, para hacer mella en el hoy, cuando pensabas que ya los habías superado. Pasan frente a ti justo cuando se te antojó mirar pa’ arriba, para entender que el olvido no existe, que es como la pureza del agua, como la imparcialidad de los jueces e historiadores o como las verdades absolutas, que se ve en las noches más oscuras y estrelladas, que se oculta detrás del cinturón de asteroides, en la velocidad de los anillos de Saturno, en el tiempo estirado de un agujero negro que traga un lucero, en el polvo de nebulosa que la poesía religiosa compara con Dios.

Tú, como yo, somos recuerdos y nos tendremos el uno al otro, en algún lugar del Universo, cuando creamos que ya nos olvidamos.

Archivo muerto

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