Xixi, vieja plazuela

Con el antiguo mapa, de mediados del siglo XVIII, preciado documento copia fiel del original en acuarela, parecido a un delicioso pergamino, que solo Dios sabe y valiéndose de que artes habrá obtenido, atesorado, la vieja abuela. Sacándolo, el amarillento documento, de su abollada papelera de hoja de lata, tomándolo delicadamente entre sus chuecas, callosas y arrugadas falanges, como si portara guantes quirúrgicos, desenrollándolo, suspiró, “aquí, en este lugar conocido por los antiguos como la plazuela del Xixi”, que le diera el prístino nombre a este fragmento lleno de hoyancos, piedra, polvo y lodo, “es donde se ofrecía desde carbón, leña, pulque y los artesanales productos derivados del agave magueyero como eran los lazos, ayates, estropajos, escobetas, mecapales, escobetillas y el buscado, espinoso, fibroso, espumoso, rústico y útil xixi”, traído por los indígenas del Valle del Mezquital, que igualmente se asentaban en la plazuela de los Barreteros; atrio y panteón de la capilla del Carmen y por los viejos rumbos del San Juan de Dios.
Los esperados domingos de gran expectación para las familias de los mineros barrios y vecindades, ¡un verdadero regocijo!, que iniciaba muy temprano, después de disfrutar del sueño del baño sabatino, seguía el deleite de los suculentos alimentos mañaneros, se corría por la empinada cuesta, salteando las lajas hasta encontrar el rectangular bote en la lumbre del brasero, con los calientitos y envueltos tamales de hoja de maíz de doña Juana, en la cercana plazuela de Patoni, frente al ruidoso y cadencioso molino de nixtamal de la familia de don Santiago. De entre nubes de vapor, aparecían los humeantes y aromáticos de chile verde, mole rojo, los siempre peleados por todos los chamacos, de especies, bien preparados con chicharitos verdes, trozos pequeños de zanahoria, rodajas finamente picadas de cebolla, una rajita de picante chile serrano, cuidadosamente sofritos con abundante jitomate, un poco de cilantro y el imprescindible trozo de suculento pollo de rancho.
Complementando las gustosas viandas del tempranero almuerzo, atole champurrado de masa de maíz blanco, molido en metate de vieja piedra negra de recinto, al centro de la mesa, lucidos en enorme plato de barro rojo, artesanalmente fabricado en horno de tabique y leña de la región de Chapantongo, los apetitosos frijoles negros con huevo de rancho, sofritos con mucha cebolla y rodajas de chile verde, la abuela recomendaba “los blanquillos que sean en trozos grandes, los negros apenas machucados, para sacarles el jugo e incorporarlos”, sin faltar bolillos de horno de tierra, cocidos con leña, doraditos, crujientes, inflados, para las derramadas tortas de tamal. Esa alegría apenas era una probada, pues con la mejor ropa dominguera, salían los malandros pelones al recorrido en la retaguardia, en la vanguardia la viejilla abuela.
Descender por la empinada y sinuosa callejuela, mirar la agitación de vendedores y marchantes en las orillas del viejo mercado Libertad, ahora Primero de Mayo, a espaldas del Hidalgo, frente a la frondosa palmera, que años después sucumbiera en misterioso incendio, secreto enclaustrado por la abuela, “¡cosas de familia!”. Cruzar la tradicional plaza Mayor o Real, disfrutando los cetrinos y mohosos portales de la alhóndiga, asiento de lo que fue el oficio público, encontrando todo tipo de comercios, a los vecinos de este Mineral de Pachuca, que esperan la audición de la apreciada Banda de Charros. A paso apresurado, al compas de una imaginaria marcha interpretada en el kiosco, foro del tradicional concierto, continuar por Hidalgo, siguiendo el camino por donde descansaron las frías y brillosas vías del desaparecido tranvía eléctrico, hasta llegar al antiguo camino al rico real de Mineral del Monte, calle Ocampo, tapizada de grandes pedruscos, tierra, hoyos, enormes surcos, veredas trazadas por la huella de lluvias de cerros del oriente. Indicando la de la vanguardia “¡analli, analli!”; al otro lado de río, apareciendo a la vista el imponente reloj, con su iluminada cara oriente. Atravesar el arbolado e histórico jardín Independencia, antigua plazuela de Toros, Avendaño, del Carbón y de las Diligencias, arreglada con exquisitas bancas de fierro fundido ocupadas, a esa hora de la mañana, para el saludo y las nuevas del día.
Al sur, por la calle de Allende, hasta la antigua plazuela del Xixi, plaza General Felipe Ángeles Ramírez, jardín donde se encuentra el monumento a los Niños Héroes, diseñado por el arquitecto Aragón Echegaray, inaugurado el 13 de marzo de 1957, con la presencia del gobernador y los generales Pablo Macías, Tomás Herrera y Samuel Urbina. Asida fuertemente a sus atesorados documentos, protegida bajo la sombra del centenario y enorme árbol ocalo, eucalipto, a un costado del insigne monumento al profesor Amado Peredo, mascullaba la anciana, al borde de una parálisis. “¿No es posible…es lo único que queda?” Aquella delicada columna erigida el 17 de septiembre de 1916, sensible reconocimiento de sus agradecidos alumnos por su noble dedicación a la valiosa enseñanza, monumento desplantado en un zócalo rectangular en piedra cetrina, rematado el capitel con un libro abierto coronado con un globo terráqueo, simbolizando la enseñanza universal, protegido con un artístico barandal en fierro forjado en fragua de carbón, que se resiste a sucumbir a manos de la ignorancia y rapiña.
En el enojo y colapso la abuelita, totalmente transfigurada, como la plaza, levantando las manos, la temblorosa derecha hacia la Magdalena y la izquierda al San Cristóbal, con los ojos completamente anegados y a moco tendido, berrea “¡a estos, no sobrevivió ni la colecturía de diezmos!” bello y antiquísimo edificio de estilo neoclásico, de fabrica del segundo tercio del siglo XIX, con cuatro imponentes fachadas, de esbeltas ventanas rectangulares, rematadas con un sutil arco escarzano, enmarcadas con chambrana, repisón y rodapié de piedra mohosa y cenicienta, luciendo fastuoso almohadillado rectangular, en sus cuatro frentes, coronado y rematado por cornisa de diferente moldura, que recorre todo el edificio, sobresaliendo la curvatura de sus cuatro esquinas en delicioso pancuopé acabado con elegantes modillones; ménsulas, de la misma piedra, seis en cada redondez. “¡Mucho menos iba a resistir, algo de lo que fue la primera y única escuela normal!”, fundada por el ilustre profesor don Teodomiro Manzano, en el edificio de la antigua colecturía, año de 1913, 18 de julio, normal Benito Juárez, que abandona el inmueble en 1944, para instalarse en el edificio de las antiguas cajas de San Rafael, “salvajemente destruida la colecturía de diezmos para dejarle el espacio a la plaza Felipe Ángeles con su monumento a los Niños Héroes”.
Ya recuperada, la abuela dio gracias de no ser recogida por el cielo ante tal impacto de la historia, ahora estaría agradecida de tampoco haber sobrevivido para ver la abominable destrucción de aquella plaza del Xixi, con las espeluznantes estructuras de los absurdos paraderos, al lado izquierdo, del malnacido tuzoburro, tuzobus. A la sombra del añoso ocalo que resiste, con el viejo monumento al profesor Peredo, al unísono del recuerdo de la abuela, exclamarían los tres “de aquí al cielo no hay más que un paso”.
Agradecemos los datos aportados por el señor Vargas y Delgado.HID07-18042015