Salvador Dalí en Tuzobús

En alguna ocasión, Salvador Dalí fue cuestionado sobre cuándo regresaría acá pa’l rancho mexicano para echarse unos tacos de suadero con IVA y limón, formarse en la ventanilla del predial para liquidar impuestos hasta por las plantas e ingresar a sus hijos en el sistema educativo constitucionalmente gratuito (exceptuando inscripción, uniformes, cuotas para el profesor de inglés y el laboratorio de computación), a lo que el pintor de mirada asombrada y bigote antigravedad respondió, y cito textual: “de ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”.
Afirmación acertada y atemporal, además de un tanto vaticinadora para el próximo sistema de transporte colectivo pachuqueño Tuzobús que, viéndolo como si se tratase de un cuadro en una exposición pictórica, bien podría competir contra relojes de cuerda derretidos o jirafas extralargas rematadas en cuerno de unicornio. Me explico.
La propuesta para el precio del viaje personal (8.50, moneda nacional) es un enigma de dimensiones teológicas: puesto que la vía principal tuzobuseña no está ni cerca de abarcar las rutas que serán depuestas, resultará común el que nos encomendemos a Dios, Jehová, Quetzalcóatl o la deidad que profese, para arribar puntual a las estaciones de transborde; las “rutas alimentadoras” no harán más que fomentar nuestra fe, ya que el coste de éstas será de tentativamente 3.50 pesos mexicanos. Y aquí es donde el enigma teológico entra en juego. Antes de salir de casa para acceder al Tuzobús, habrá que mostrar una ferviente devoción dogmática, del tipo “Dios, si existes, por favor has que llegue temprano a la parada, y de paso, mándame 23 pesos extra para mis pasajes, amén”.
Si encontrarnos la cantidad solicitada abandonada en la acera, la existencia de un ser omnipotente será irrefutable, de lo contrario, la propagación de la fe mediante la disposición de la ruta principal y secundarias del Tuzobús se vendrán al traste.
Por mi parte, y en caso que me vea en la imperativa necesidad del sistema de transporte de marras, antes de salir de casa haré la danza del Sol, para implorar al astro rey que mantenga a raya a Tláloc, ante los conocidos escollos que ocasiona el ídolo pluvial en las avenidas pachuqueñas (de por sí están lejos las paradas, y ahora con arroyos…).
En cuanto a las áreas de transborde (que son varias, pero me abocaré a una que resalta), la de la central de autobuses solo explica su localización si le es adherida una firma de Dalí (que tengo entendido que las vendía).
No soy el gran viajero, pero en las escasas ciudades que he visitado, el transporte hacia el centro de la ciudad se encuentra, por disposición estratégica, justo en inmediaciones de la central de autobuses, no así la del Tuzobús, localizada a unos 200 metros (más o menos, aún no los he contado con exactitud). Este emplazamiento presenta dos dificultades inherentes: gravitatoria y lingüística.
La primera (dificultad gravitatoria), yace en la costumbre occidental (y me parece que también es hábito oriental), de acudir a la central de autobuses con equipaje, que por lo común consiste en objetos variopintos desde ropa hasta recuerdos, y de acuerdo con el gusto y capacidad de cada quien es posible llevar poco o mucho; estos objetos, esclavos de la gravedad (ni que fueran los bigotes de Salvador Dalí), representan un esfuerzo de los músculos para su movilización, esfuerzo que sería menguado si nuestro transporte colectivo se encontrara en las cercanías, pero 200 metros…
La segunda (dificultad lingüística), reside en la complicación para explicar la nueva ubicación del sitio de transborde. Supongamos que está usted en la central de autobuses y se acerca un visitante que le requiere detalle de cómo acercarse al transporte colectivo que lo lleve al centro, aún es posible dar la siguiente respuesta: “nomás sale y ahí luego luego están las combis o los camiones”. Esta explicación será modificada ante la planeada parada del Tuzobús, por lo cual resultará necesario que practiquemos nuestra vocalización, ya que versará más o menos de la siguiente forma: “mire, sale de la central y se va derecho, pasa el cruce peatonal, y cuando tenga de frente la central de abasto, da a la derecha, aguas con la entrada de camiones de carga. Luego encuentra un cruce con un semáforo, abusado también ahí porque luego hay vuelta continua de coches. Ya que lo pasó sigue derecho unos 50 metros hasta la esquina del estadio, y luego da a la izquierda, hay luego luego a otros 50 metros está el cruce peatonal de la parada, pero también abusado que aún se pasan el paso peatonal”. Pero todo sea en pos de 8.50 pesos.
Si bien estas dos dificultades presentan su grado de complejidad, aún es posible modificarlas con igual número de propuestas: hacer una inversión millonaria (deduzco que sería millonaria) para redirigir la ruta del Tuzobús y pase justo delante de la central, o (y esto lo propongo como iletrado en cuanto a planeación urbana o vial) cambiar el nombre de la parada “Central de autobuses” por “Estadio Hidalgo”.
Aún faltan otros detalles pictóricos sobre este sistema colectivo (como los puentes peatonales), pero por espacio los dejaré para otro momento. Y aunque escapa a mi entendimiento el precio del pasaje, la distribución vial y el que el segundo viaje sería gratis si es realizado con un margen de 50 minutos (¿?), lo que sí alcanzo a adivinar es que, si Salvador Dalí volviera a la vida y se animara a regresar a México, regresaría en Tuzobús.

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