Héctor Porraz Arellanos: una historia de servicio, amor y lealtad hacia la UAEH

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Su pasión es su trabajo y su amor es la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, su querida casa como la describe Héctor Porraz Arellanos con una sonrisa de satisfacción y de nostalgia a la vez que le produce rememorar que ha dedicado 42 años ininterrumpidos de vida laboral a esta institución de educación superior.

Héctor Porraz, por todos conocidos como el ingeniero, con su inseparable cigarrillo entre los dedos de mano, narra cuáles fueron sus primeros acercamientos con la UAEH: “Nací frente al edificio central en 1950. He estado muy cercano a la universidad, yo creo que eso me arraigó más a la institución”.
Rememorando su infancia, comparte con esa alegría y energía que le caracterizan, que gran parte de su vida se desarrolló a la par de la máxima casa de estudios en el estado: “De chamaco jugaba en los jardines (del edificio central)”.
Añade que el edificio central –hoy transformado en el centro cultural universitario La Garza– fue un elemento medular de sus juegos en la infancia. De hecho, comenta, “llegué a meterme a los salones del entonces Instituto Científico Literario Autónomo (ICLA) (antecedente de la Autónoma de Hidalgo) para presenciar las clases.
“Todo eso me motivó para acercarme a la institución”, relata con los ojos llenos de ayer. Añade que tenía la intención de estudiar ingeniería mecánica en la Ciudad de México, sin embargo, durante su formación profesional aconteció el movimiento estudiantil de 1968, y debido a esos sucesos y al paro de actividades académicas, tuvo que regresar a Hidalgo para continuar sus estudios en la UAEH.
En 1971 entró a estudiar ingeniería industrial en el legendario edificio ubicado en la calle de Abasolo 600, su querida casa de juegos durante la infancia. Poco después, en 1974 cuenta que comenzó a trabajar: “El ingeniero Carlos Herrera Ordoñez me invita a trabajar porque sabía que ya tenía experiencia por haberme ocupado en el Seguro Social en el área de mantenimiento”.

Todo comenzó en 1974

Porraz Arellanos, entrevistado afuera de sus queridas oficinas de servicios generales de la Ciudad del Conocimiento, recuerda que fue el primero de marzo de 1974 cuando empezó a laborar para la UAEH, y que al mismo tiempo a las afueras de la capital hidalguense se construía una nueva etapa de la máxima casa de estudios del estado: la Unidad Universitaria, hoy Ciudad del Conocimiento.
“Los únicos que estaban en construcción eran el Instituto de Ciencias Sociales y los laboratorios. La Escuela de Trabajo Social y la Escuela de Derecho fueron las primeras en llegar a la Unidad Universitaria. Era todo lo que había aquí”.
En una revisión de sus memorias, Porraz Arellanos añade que las autoridades universitarias hicieron gestión ante el presidente Luis Echeverría Álvarez para la donación de autobuses que trasladaran a las y los alumnos porque no había transporte público en esa zona de la capital del estado, pues en ese entonces eran llanos. “Cuando la universidad llegó aquí fue un detonante para los alrededores, ahora como ustedes lo ven está muy poblado”.
La siguiente etapa de la Unidad Universitaria –agrega– fue la construcción de las aulas de lo que fue hasta hace poco el Instituto de Ciencias Económico Administrativas; Trabajo Social se culminó y también la Escuela de Ingeniería Industrial y el edificio de odontología. Posteriormente se hizo el Centro de Lenguas, hoy Centro de Auto aprendizaje de Idiomas.
“Empezamos a desarrollar poco a poco lo que fue los módulos pequeños como el Centro de Investigaciones de Matemáticas Aplicadas y después fueron el Cevide y el polideportivo y ahora podemos ver toda la infraestructura con la que cuenta la institución”, relata animoso con esa satisfacción de saberse no solo testigo de la historia del desarrollo de la infraestructura universitaria, sino de ser un actor principal de ese crecimiento que hoy coloca a la UAEH entre las mejores cinco instituciones de educación públicas del país.
Precisa que la actual Ciudad del Conocimiento se asienta sobre 26 hectáreas y adelanta que las autoridades universitarias tienen planeada la construcción de un edificio de posgrado. “Come ves, poco a poco ha sido mi vida aquí”, manifiesta.

Ha trabajado con ocho rectores

En 1970, recuerda, fueron donados los terrenos para la construcción de la Unidad Universitaria, en un acto que fue respaldado por el presidente Luis Echeverría y estando como rector Carlos Herrera. En ese entonces comenzó la ampliación de la institución, luego asumieron la rectoría Alberto Flores Álvarez y le siguió Juan Manuel Menes Llaguno, ambos pusieron su granito de arena.
A partir de la rectoría de Gerardo Sosa Castelán, resalta el ingeniero Porraz, inicia el detonante más importante para la Autónoma de Hidalgo. “Él tiene una visión muy grande de las cosas, empezó a proyectar, hacer un plan maestro de lo que es la Ciudad del Conocimiento y se ha venido trabajando sobre eso”.
Menciona que sucesores de Sosa Castelán en la rectoría, Juan Manuel Camacho Bertrán y Luis Gil Borja, continuaron con la labor, lo mismo que el actual rector Humberto Veras Godoy. “Son personas que han continuado con este trabajo… todas las instalaciones son un orgullo, y no nada más esto, toda la infraestructura que alberga a la Autónoma de Hidalgo”.
Emocionado por infinidad de recuerdos, comenta que otras de las edificaciones que vio realizadas fueron la Preparatoria tres y cuatro, así como el Instituto de Ciencias de la Salud. “Nunca pensé que íbamos a tener una universidad como esta, el orgullo que me da de ser parte,
la satisfacción de haber participado en
ese crecimiento es muy grande.”
Una de las actividades que más lo enorgullecen es la labor social: “Existió un programa que se llamó Adopta una comunidad. Fue una labor que nos hizo trabajar mucho pero nos dio muchas satisfacciones, pues se benefició a muchas personas, se les dio salud, diversión, entretenimiento y pudimos apoyar a los niños y a los adultos mayores”.

Vocación de servicio

Algo que también disfruta mucho es apoyar a sus compañeros a lo largo de varias décadas. Comenta que todos esos años de trabajo en la institución le han permitido conocer a muchas personas, a quienes la vida se las ha puesto en frente en apuros, entre ellos, exalumnos, profesores, funcionarios y autoridades universitarias.
“No busco el agradecimiento sino el servir, siempre he sido de las personas que trata de servir a los demás”, suelta con una sonrisa de satisfacción, ya que ello le ha permitido tener muchos amigos: “Y eso es un aliciente tremendo para uno, te hace sentir que tu trabajo no es vano, que en lo que estás haciendo vas bien”.
Destaca que entre esos conocidos se encuentra el actual gobernador de Hidalgo Francisco Olvera Ruíz: “Empecé a tratarlo cuando era el presidente de la Federación de Estudiantes, y como a cualquier estudiante y dirigente se le apoyó. Desde entonces llevamos una buena relación de respeto y apoyo mutuo; donde me lo encuentro me saluda con cariño, es un compromiso de amistad”.
Muchos han sido sus aportes para el engrandecimiento de la UAEH, su querida universidad, a la que ha convertido prácticamente en el centro sobre el que gira su vida. Cuenta que durante los 42 años de servicio en la institución su jornada siempre ha iniciado a las 5 horas, cuando se levanta y que a las 6 horas ya está organizando, dirigiendo, viendo las problemáticas y todo el mantenimiento que se requiere para toda la Autónoma de Hidalgo.
Su labor culmina aproximadamente a las 22 horas de lunes a viernes. El sábado trabaja de las 7 a las 16 horas y los domingos acude a la Ciudad del Conocimiento a echar a andar los sistemas de bombeo para que estén listos todos los lunes. “Es tal la pasión que yo siento por mi trabajo que estoy en servicio todos los días del año, los únicos días que descanso son el 25 de diciembre y el primero de enero”.
Finalmente, el ingeniero Porraz emite un mensaje para las y los jóvenes: “Échenle muchas ganas, es fabuloso contar con las instalaciones que tienen y sobre todo con los laboratorios y centros de investigación. Enamórense de su carrera y principalmente, deben dar todo en ella. Serán muy buenos profesionistas porque tienen todo para serlo y se los da su universidad”.

“Nací frente al edificio central en 1950. He estado muy cercano a la universidad, yo creo que eso me arraigó más a la institución”