En esta ocasión abordaré algunos ejemplos de documentales y otros productos audiovisuales que podemos encontrar en Internet y que tienen la particularidad de estar relacionados con los archivos fotográficos y fílmicos. Parto de la premisa que han mencionado varios teóricos de la imagen (Sandro Machetti, Philippe Dubois, Roman Gubern) que se sigue pensando que cuando vemos un documental estamos “viendo un fragmento de la realidad” casi inmaculado, es decir, prístino. Más cuando hay una voz en off que, como un dios omnipresente, va guiándonos por el mundo reflejado.

Como ya lo decía en la primera columna, esto no puede ser más falso porque, al igual que la fotografía y toda representación visual, atraviesa por un proceso subjetivo de selección, en donde se van a discriminar, según la ideología y los intereses personales (o institucionales) numerosos fragmentos de la realidad captada. Cuando presenciamos un documental estamos viendo la construcción de un discurso audiovisual que intenta representar su forma de entender y concebir la realidad. Sin embargo, a diferencia del cine de ficción, el documental pretende ser fiel a lo real.

La objetividad no existe en el documental como siempre se ha creído, porque es un producto personal. En todo caso, considero que lo que puede existir es la fidelidad del discurso con la corriente de pensamiento bajo la cual se produce el trabajo audiovisual.

Apartándonos de ese debate en donde caben los formatos híbridos (documental ficcionado, ficción documentada, falso documental, etcétera) el mérito del cine documental es que, en su afán por reflejar una situación particular de la realidad, nos acercan al meollo del asunto, es decir, al corazón del problema, a la esencia del personaje o a las profundidades de un momento histórico.

Ese es el caso de la cineasta y activista de los derechos humanos Pamela Yates, quien tuvo la fortuna (así lo expresa ella) de experimentar, desde la primera línea de guerra, los horrores de la guerra civil guatemalteca, en 1982. El material que registró junto a su pequeño equipo fue utilizado para producir su primer documental Cuando las montañas tiemblan, el cual fue estrenado un año después.

Ese trabajo audiovisual le sirvió para visibilizar la crítica situación que estaba atravesando Guatemala, y el genocidio del cual estaban siendo víctimas numerosas comunidades indígenas. También puso en la mira internacional a Rigoberta Menchú, quien asumió el papel de la voz de los pueblos oprimidos. En 1992, Rigoberta sería la primera mujer indígena en recibir el Premio Nobel de la Paz. Pamela Yates afirmó que durante muchos años las imágenes que había filmado y las historias que le contaron en los campamentos de la guerrilla, hombres y mujeres dedicados al campo, nunca la dejaron. Por lo que comenzó otro proyecto detonado por la pregunta: “¿Cómo puede, cada uno de nosotros, tomar consciencia de la responsabilidad en el patrón de la historia?”.

Este nuevo proyecto documental se titula Granito de arena: cómo desenmascarar a un dictador (Yates, 2011). Lo interesante del documental es que, los rollos de película que registró, las fotografías y otras huellas, podrían servir como evidencia para enjuiciar al general Efraín Ríos Mont, que también fue presidente de la República, y al general Lucas García. El filme de Yates hace una reflexión sobre la importancia de los archivos y su papel en la construcción de la memoria. La autora afirmó que, para las nuevas generaciones, Cuando las montañas tiemblan es un material que no pasa desapercibido, pues aparecen en escena tíos, abuelos, abuelas, familiares que después serían asesinados por el Ejército guatemalteco a sangre fría. Ver el material, después de casi 35 años, sigue generando una necesidad de buscar justicia y de resarcir la crudeza del horror de la guerra.

Ríos Mont murió en 2018, pero las escenas del documental de Yates, por ejemplo, cuando es llevado a la corte y declarado culpable por crímenes de lesa humanidad, son memorables. Trabajos como los de Pamela Yates sirven para demostrar al mundo que no hay crimen perfecto y que tarde o temprano la justicia llega, en ese caso de la mano de los archivos fílmicos como evidencia jurídica. Cosa que no sucedió en nuestro país con expresidentes que tenían muchos delitos que pagar por la matanza y desaparición de estudiantes, líderes sindicales, activistas y guerrilleros, estamos hablando de Luis Echeverría y de Gustavo Díaz Ordaz.

Ambos documentales están disponibles en la red en Vimeopro.

com y en Youtube. También se encuentran en plataformas como Prime Video, en donde se puede disfrutar de otro de sus trabajos: 500 años (Yates, 2017), una emotiva película que aborda el tema de la explotación, la discriminación y la colonización de la que han sido objeto los pueblos originarios de Guatemala y las clases más desfavorecidas. Cualquiera de los tres proyectos cinematográficos es altamente recomendable.

La Netflix y la fotografía En Netflix se pueden encontrar productos audiovisuales interesantes que se han valido de los archivos fotográficos no solo para ilustrar las escenas sino como elemento central del discurso narrativo. Ya habrá tiempo de darle a cada uno su lugar, pero brevemente comentaré sobre ellos. En primer lugar, tenemos la micro serie “La guerra de Vietnam”, una serie de 10 capítulos sobre ese acontecimiento bélico que históricamente simboliza el caos y la corrupción de Estados Unidos de América, así como su caída como súper potencia. Vietnam fue una guerra sinsentido, donde perdieron la vida casi medio millón de estadunidenses. La serie fue producida por la BBC de Londres y dirigida por Ken Burns y Lynn Novick. Se estrenó en 2017 y hasta hace algunos meses se podía ver en Netflix.

Lo interesante de esa serie documental es la cantidad de fotografías provenientes de diferentes archivos sobre la guerra de Vietnam y el contexto internacional de los años de 1960 y 1970. En algunos de los capítulos entrevistan a los fotógrafos o reporteros que cubrieron la guerra. Gracias a la cobertura mediática, el mundo entero se conmovió y enfureció con las barbaries que estaban perpetrando los soldados estadunidenses contra las poblaciones de campesinos del país asiático. Es cierto que hay imágenes crudísimas, pero vale la pena ver esta microserie que demuestra la importancia de los archivos fotográficos, en tantos documentos históricos.

Desde la ficción, la otra serie que recomendaremos, también utilizó las fotografías de prensa de finales del siglo XIX y otros documentos históricos como soporte narrativo: Peaky blinders. Seguramente muchos de los lectores de este espacio ya han visto las cinco temporadas disponibles en Netflix, pero los que aún no lo hacen, les recomiendo ampliamente adentrarse al mundo de los Shelby desarrollada, a diferencia de la historia real, a inicios del siglo XX en Birmingham, Inglaterra.

La serie fue producida por la BBC y comenzó en el 2013. Es dirigida por Steven Knigth, con un elenco que ya es sumamente famoso: Cillian Murphy, Helen McCrory, Sophie Rundle, Paul Anderson. Se dice que a mediados del siguiente año saldrá la sexta temporada y se habla también de un largometraje. Si te agradan las películas de Quentin Tarantino, los suburbios decadentes, las películas de época y los gitanos, debes ver esta serie que no hubiera podido realizarse sin la consulta de los periódicos resguardados en las hemerotecas inglesas y los archivos de la Policía, que contenían las fotografías de los integrantes de la banda delictiva original, con sus boinas y sus cortes militares.

Una más: para los amantes de la fotografía instantánea, Netflix ofrece el documental The B-side (El lado B), realizado en 2016 por Errol Morris. Narra la peculiar historia de la fotógrafa amateur Elsa Dorfman, quien a inicios de los años de 1980 comenzó a experimentar con cámaras polaroid de gran formato (20 x 24 pulgadas). Para la joven Elsa, conocer esta tecnología le cambió la vida. El primer retrato que hizo en su estudio fue, ni más ni menos, a Allen Ginsberg, a quien había conocido tiempo atrás cuando colaboró con la librería City Ligths, la icónica librería de Lawrence Ferlinguetti, en San Francisco. Este emblemático lugar fue un ícono para la generación Beat y los artistas contraculturales de los años de 1970.

El documentalista se mete “hasta la cocina” y husmea en el estudio de la protagonista para sacar a relucir sus memorias y reflexiones sobre este trabajo tan particular y único. Elsa habla de lo que significó adaptarse a un formato tan grande y de la buena acogida que tuvo por parte de sus clientes, que eran personas comunes y corrientes que desaban hacerse un retrato de familia. El documental toma su nombre justamente de una de las partes del proceso: cuando Elsa realizaba las fotografías siempre hacía dos, la más “bonita” se la quedaban los clientes; la otra, es decir, el lado B, se la quedaba ella, como una especie de positivo-negativo del momento. Todas las fotos que salen en el documental son los lados B de los retratos y eso es lo que hace aún más sorprendente el trabajo, puesto que Elsa tuvo la valiosa idea de resguardar una copia y con ello asegurar una memoria de su proceso creativo.

Sin duda alguna quien observe The B-Side: Elsa Dorfmans´s portrair potography se llenará los ojos de agua, pues es un trabajo emotivo que nos recuerda nuestras propias fotografías de familia, nuestros álbumes y a las personas que ya no están presentes, como le ocurre a ella cuando habla y recuerda a su amigo Allen Gisnberg, el poeta de la generación beat, a quien fotografió desnudo poco antes de su muerte. En este caso el formato de la fotografía es de “tamaño real”, uno por uno.

El filme nos hace reflexionar también sobre cómo ha cambiado la producción de la imagen fotográfica a nivel personal e industrial; habla del cierre de Polaroid, una empresa fotográfica que, después de 60 años de existencia, tuvo que declararse en quiebra y cerrar su fábrica, lo que dejó a Elsa en una posición vulnerable. Elsa es una especie de hechicera de la fotografía instantánea, que utilizó ese medio de representación para entender la vida, para acercarse a los demás y para hacer feliz a las personas que se cruzaban en su camino.

En memoria de Pino Solanas Este 6 de noviembre falleció en un hospital de París Fernando Pino Solanas (1936-2020), director de cine, político combativo, intelectual de izquierda en su natal Argentina. Quizá pocos ubiquen a este radical documentalista, que realizó junto con Octavio Getino La hora de los hornos en 1968, justo en el contexto de la represión y la militarización del país. Otros de sus trabajos son El exilio de Gardel (1985), Memoria del saqueo (2004), Argentina latente (2007), La guerra del fracking (2013), Viaje a los pueblos fumigados (2018) y su última producción Tres en la deriva del caos creativo, que estaba por estrenarse. Solanas también incursionó en el cine de ficción.

Fernando Pino también fue un político de izquierda que impulso leyes en pro de la cinematografía de su país, como la Ley Fundacional de la Cineteca Argentina. Fue candidato a la presidencia de la República, senador, diputado nacional, pero, ante todo, fue un luchador de las causas justas, un creador cinematográfico que buscaba respuestas en la historia y que sacudió a numerosos espectadores con sus trabajos. La hora de los hornos está disponible en Youtube. Es un trabajo vigente y que cuestiona la “historia oficial”. Utiliza la entrevista y los archivos fílmicos para denunciar las injusticias y la lucha popular del pueblo argentino que clamaba por la liberación. Descanse en paz el Pino Solanas.

Como han podido ver, hay muchos materiales disponibles en la red que no hubieran podido gestarse sin el trabajo monumental que se realiza en los archivos fotográficos y fílmicos y, obviamente, sin la existencia de creadores originales (fotógrafos, documentalistas, investigadores de la imagen) de estas huellas de la memoria. En próximas ediciones hablaremos de algunos casos de documentales mexicanos que se han valido de los archivos fotográficos o de la exploración de los acervos nacionales.

Sigan haciendo memoria. Bonita semana para todos.

De interés

Comentarios