Raquel Ofelia Barceló Quintal

La República en México fue establecida el 4 de octubre de 1824 con la promulgación de la Constitución federal, la nueva política económica estuvo encaminada a dar libertad de comercio y abolir gravámenes para fomentar el desarrollo del país. El tramo de Tepeji del Río y Tlautla en el Camino Nacional no existía peaje razón por lo que fue muy utilizado por los arrieros que trabajaban transportando mercancías a lomo de mula o burro; algunos trabajaban para comerciantes y hacendados que los necesitaban para transportar y vender sus productos. Su nombre se debe de la onomatopeya “arre” usada para estimular a las bestias para que se echen andar.
Tepeji del Río, por cruzar el pueblo la ruta del Camino Nacional, fue parada obligatoria de las diligencias que cargaban la correspondencia proveniente de la capital, que eran distribuidas a las rancherías y poblados por los arrieros. A Tepeji arribaban arrieros de corta distancia que eran originarios de Huichapan, Alfajayucan, Chapantongo, Nopala y Tula, sus recuas recorrían los ramales y los caminos que llegaban hasta la Huasteca; trasladaban las recuas varios productos: cueros, sebo, harina y sal, productos de varias haciendas y mercancías que llevaban generalmente para los trabajadores de las minas. No solo hacían entrega de mercancías sino que había quienes hacían el papel de vendedores ambulantes, que estaban especializados en algún producto, como la sal o el pulque, este último necesitaba un cuidado especial; preferían la vida vagabunda a cualquier otra ocupación sedentaria, pasaban la noche al raso o en casas de comunidad que estaban construidas en medio de los pueblos para auxiliarlos, al igual que a sus caballos y mulas; por lo general, a estos últimos los dejaban pastar libremente en las sabanas y en tiempos de sequía se les alimentaba con hojas de maíz y granos.
Entre los arrieros, de la segunda mitad del siglo XVIII, que transitaban la zona se encontraban Manuel Romero de Terreros, posteriormente fue minero y el primer conde de Regla; Julián Villagrán, sus hermanos e hijos, antes de unirse en septiembre de 1810 a la insurgencia. En 1824, el italiano Giacomo Beltrami, en su estancia en México, viajó acompañado por un grupo de arrieros, capitaneados por uno de apellido Rincón, originario de Valle del Rincón, cerca de Tula, tuvo empatía con ellos ya que opinó que “sin lugar a dudas es la mejor gente de México”, afirmó que “si debiera juzgar las cualidades de esta casta merecerían mi estima y mi respeto”.
En 1835 aparece Simone Craviotto, procedente de Varazze, Génova, empleado de la familia de un comerciante de apellido Moreno de la sierra norte de Puebla, viajaba a Acapulco, Veracruz y el Camino Nacional, se le empezó a conocer como Simón Cravioto, cuando contrae matrimonio se independiza y empieza a transportar sus propias mercancías y el aguardiente que fabricaba y llegó a tener más de 200 mulas; en 1844 se incorporaron sus hijos Rafael y Agustín, de 15 y 12 años y más tarde se une su hijo Francisco. Rafael y Francisco fueron gobernadores del estado de Hidalgo de 1876 a 1897, quienes se cedían el poder entre ellos en diferentes periodos.
Los arrieros fueron los señores y amos de los camino, a lo largo del siglo XIX, su vida tenía el atractivo de los continuos viajes, cruzaban cerros para acortar los tiempos, por lo que también admiraban diferentes paisajes; pero como todo trabajo conllevaba penalidades infinitas: prolongadas travesías por parajes adversos, falta de alojamiento, de comida y bebida, rigores del tiempo y el clima, inseguridad e incomodidades. En 1880, Manuel Rivera Cambas señaló que en Hidalgo había un amplio camino que enlazaba las poblaciones de Huichapan y Nopala, y otro de forma de herradura que iba a Ixmiquilpan, que seguían siendo transitados por los arrieros. Sin embargo el arqueólogo Désiré Charnay, en su segundo viaje a México, en ese mismo año, notó la diferencia: “El camino de hierro ha contribuido a aumentar la tristeza de la comarca… el vapor ha sido la causa de que desaparezca el arriero, hoy ya no se ven esas largas reatas de mulas, las pesadas carretas, ni mulas jadeantes, ni carreteros y arrieros con sus trajes pintorescos”.

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