Andro Aguilar/Agencia Reforma

Ciudad de México.- En el auditorio del plantel Centro Histórico de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Ramsés Luna se comunica a través de señas con una docena de músicos colocados en las butacas.

Descalzo, durante varias horas, el director musical construye un puente para improvisar el sonido que integrará el segundo disco del Taller Orquesta de Música Experimental (TOME).

Ramsés no requiere hablar. Mira fijamente a sus alumnos. Los señala uno a uno para integrar las voces de sus instrumentos al ensamble musical. Con señales específicas les pide un tipo de ejecución, separa y acerca las palmas frente a ellos para que comiencen a tocar.

Si quiere que suenen con un volumen más alto, desliza los dedos medios de su mano derecha sobre su antebrazo izquierdo, desde el codo hasta la muñeca.

Para pedir una pequeña pausa, Ramsés deja caer su puño derecho sobre el izquierdo como si fuese un alfarero que moldea un sable.

El director musical ejecuta cerca de 50 gestos corporales que ha estudiado con sus músicos en el último año.

Coloca sus brazos cruzados sobre el tórax, forma círculos con los dedos, empuja muros imaginarios, simula echar a un lado objetos inexistentes.

Juntos, director y músicos, construyen piezas irrepetibles. Hacen “composiciones en tiempo real”.

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El TOME aborda la experimentación y el aprendizaje con base en la intuición de sus integrantes. No usan partituras. No se basan en una teoría musical ni en un trasfondo de estudio matemático. El objetivo de los ensayos no es perfeccionar un mismo sonido, sino explorar nuevos caminos y afinar la comunicación entre ellos.

Las reuniones de los integrantes, más que para ensayar, son para practicar el lenguaje corporal con el que se comunican.

Desde 2016, Ramsés Luna incorporó el soundpainting en el trabajo con TOME. Se trata de un lenguaje corporal multidisciplinario con más de mil símbolos, inventado por el inglés Walter Thompson en la década de los 70, que es utilizado para la comunicación de músicos, actores, bailarines y artistas visuales.

Los músicos de esta orquesta utilizan tres tipos de instrumentos: los convencionales, como guitarra, bajo, marimba, sintetizador, melódica; los construidos por ellos mismos con materiales de reciclaje, como percusiones e instrumentos de viento, y por último, los instrumentos que en su origen tenían otra función: fueron cucharas, copas, botellas, matracas, cajas de cartón y un largo etcétera.

Además, los integrantes de TOME ensamblan los sonidos de su cuerpo y sus voces. Emiten cantos afinados y desafinados, gruñidos, risas, burlas, llantos o murmullos.

TOME nació en 2013, como un taller impartido en el plantel San Lorenzo Tezonco de la UACM.

La aceptación de la comunidad generó que las clases se extendieran en los cinco planteles de la Universidad.

Con su crecimiento, la orquesta se ha presentado en diversos festivales y foros como el Museo de San Carlos, El Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, el Museo Universitario del Chopo, el Ángel de la Independencia o el Estadio Olímpico Universitario.

También llegó a los reclusorios de la Ciudad de México, como parte del Programa de Educación Superior en Centros de Readaptación Social (Pescer).

Ya grabaron su primer disco -¿A qué estás jugando?, 2017- bajo el auspicio de Radio Educación.

Desde que fue creado, el taller-orquesta ha tenido más de 100 integrantes, algunos con formación musical y otros sin preparación en la materia.

Uno de ellos es Alejandro López Valdez, un melómano de 36 años que nunca había hecho música, hasta 2014, cuando descubrió que existía un taller de Improvisación libre y experimentación sonora en el plantel Centro Histórico, donde estudia Comunicación y Literatura.

Al incorporarse, descubrió con agrado que Ramsés Luna enfatizaba para sus alumnos la importancia de la otredad, la inclusión y el respeto a los demás.

En esa su primera clase, recuerda Alejandro, hicieron ejercicios de respiración y construyeron una flauta con popotes. Aprendió, por ejemplo, que la agudeza del sonido y el volumen dependían de la longitud del instrumento.

El padre de dos adolescentes de 12 y 15 años rescata, además de su aprendizaje musical, el desarrollo personal que le ha brindado TOME.

“Yo era muy muy introvertido. A veces inseguro. El acercamiento con la música y la confianza que ésta te brinda significa muchas cosas. Es la experimentación también en la vida cotidiana”, dice.

Uno de los instrumentos que toca Alejandro es el Duduk, una flauta de doble lengüeta proveniente de Armenia que él construyó con un trozo de 40 centímetros de una manguera de riego, a la que se le aplasta uno de sus extremos para formar una boquilla.

“Yo le hice una pequeña transformación. En vez de dos lengüetas le puse un globo que funciona como membrana”, explica.

Al contrario de Alejandro, Ely Victoriana Carbajal Pizarro, de 25 años, tiene una formación artística desde la niñez.

Sus padres, Ana Pizarro y Víctor Carbajal, se dedican a la música y las artes escénicas, por lo que la joven siempre ha estado en ambiente artístico.

Ely, quien participa con su voz y su ejecución en los el piano, la guitarra y la melódica, aprecia la libertad que posee en TOME , con la que desarrolla su creatividad. Es una de las integrantes externas a la UACM, en un proyecto que ya rebasó los muros de la universidad.

La joven, sin embargo, reconoce que la música de esta orquesta no siempre tiene buena aceptación.

“Si no es algo melódico o armónico es difícil que lo acepten. Es una música de paciencia. No es para todos”, explica.

“Me doy cuenta que la música siempre ha existido, que está intrínseca dentro del corazón de la humanidad. Ya tenía esta filosofía, pero al entrar a la orquesta vi que coincidíamos. Adonde voltees hay música. Es construir la música donde te rodea, en los instrumentos que hay en la mano.

arte* * *

Ramsés Luna, también director del proyecto musical Luz de Riada, sostiene que todas las personas tienen una capacidad musical.

“La intención no es crear músicos. Porque músicos ya somos. Todos nacemos con ese ente musical, que se activa a temprana edad y se interrumpe en la adolescencia.

“TOME no es otra cosa que el desarrollo integral. No solo de universitarios, sino del ser humano. La intención del taller es dar continuidad a ese desarrollo musical y potencializar ciertas características como el respeto a la otredad. Dentro de todo eso tiene que ver la construcción en colectivo, la solidaridad”. explica.

“Proponemos un eterno regreso a la infancia. Es una información genética de millones de años atrás que ya tenemos”.

Se puede hacer música con los elementos que las personas tienen a la mano, dice Ramsés. Contrario a la lógica mercantilista de que para ello se deba comprar el “mejor instrumento” o acudir a la “mejor academia”.

Con base en esa lógica, Ramsés incorporó un taller de laudería, para que los alumnos construyan sus propios instrumentos con materiales de desecho.

Así, entre otros instrumentos, han hecho con tubería de PVC cosas como el fujara, originario de de Siberia; un fagot monotonal o una marimba que regalaron a los internos del reclusorio norte cuando llevaron el taller ahí.

También, con una lata de galletas hicieron una guitarra e intervinieron un tinaco con cinco flautas artesanales. Con latas de conserva hicieron percusiones cuya membrana está hecha con plástico de envases derretidos.

“Habría que reconceptualizar, reeducarnos, resignificar lo que es basura. Dentro de una sociedad consumista que crea mucho desperdicio. Es eso, desperdicio, no basura”, afirma.

Una de las integrantes de la orquesta es María Eugenia Aparicio, quien tiene estudios en lingüística y creación literaria y está interesada en el estudio de las onomatopeyas y la determinación de los nombres de los objetos a partir de los sonidos que emiten.

Eso la impulsó a integrarse al taller.

Sin ninguna experiencia previa, incorpora sonidos provenientes de objetos cotidianos.

Latas, copas, cajas cajas de cartón, matracas, papel, lijas, canicas…

Roberto Reyes es un geógrafo y guitarrista que llegó a TOME en 2014, cuando éste era un taller de improvisación.

El músico destaca la aportación ecléctica de cada integrante de la orquesta.

“Sé que puedo contar con mis compañeros mientras toco con ellos. Sé que alguien me va a regalar algo para que yo pueda dar algo más. De su coraje, su alegría, su frustración, su enamoramiento, su tristeza. Te regalan algo y te lo ponen ahí, y sobre eso haces algo.

“Es totalmente inesperado lo que pasa. Como ejecutante, hasta el momento que te lo piden pasa por la mente de uno qué voy a ofrecer. Hay una micra de segundo que tu cerebro dice ‘qué vas a regalar’ y sale. Desde mi punto de vista eso es TOME: algo que sólo se puede experimentar en vivo o como participante de la orquesta que está abierta a todo el mundo”. señala.

Los integrantes de TOME se rehusan a encasillar la música que hacen dentro de algún género. Algunos de sus escuchas les han referido que suenan por momentos a rock, luego a jazz. A veces a cumbia, new age. Les suena gótico, oscuro, “dark”…

El tema de los géneros no ha sido siquiera tema de conversación. El sonido de TOME depende de lo que su director y sus integrantes guarden en cada episodio de sus vidas en que estén haciendo música, ya que como afirma Ramsés Meneses, la música puede definirse como “la vida”.

Y lo explica de manera orgánica:

“Dentro de nuestro cuerpo hay una sinfonía de sonidos, que no es perceptible al oído pero que el recorrer de la sangre tiene un sonido que está encapsulado. Nuestras vísceras, nuestro corazón, el paso del aire al respirar. Si tuviéramos una amplificación adentro se oiría todo. Y hay un ritmo. Entonces todo esto se conjuga, como armonía, ritmo, melodía. No es nada ajeno para nadie…”.

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