VERÓNICA MUÑOZ
Pachuca

Deslizas el lápiz de labios con maestría dejando una estela carmesí de femineidad, lo colocas cuidadosamente en el tocador, junto a las demás herramientas que te devuelven lo que un cromosoma “Y” te arrebató. Luces preciosa en tu traje de plumas y lentejuelas, hecho a medida para afinar la cintura y mostrar ese tatuaje de mariposa que marcó el principio de una nueva vida. Vacilas, “ni mi madre podría reconocerme” piensas y sonríes por lo bajo, un último vistazo al espejo y te diriges a la puerta del camerino
Nadie podría adivinar que cuando subes al escenario te agobian los nervios, sin embargo tu corazón se acelera y las palmas de tus manos están húmedas, casi como la primera vez que decidiste no despintar tu boca para bajar a cenar con la familia; la sangre se agolpa en tus mejillas, igual que cuando papá te derribó de una bofetada esa misma noche.
Pero él no está aquí, solo los reflectores y todos esos pares de ojos extraños, que te observan como a un fenómeno de circo, gritan escandalosamente preguntando si ya te hiciste la jarocha y lanzan piropos burlones; mas no te inmutas: la frente en alto, la sonrisa impecable y en las caderas la potencia de 100 gacelas en estampida. Solo en la mirada un dejo de fragilidad.
Eres ave fénix de plumas arcoíris. Hace ocho años un chico yacía molido a golpes en la acera, consumido por el fuego del odio de sus compañeros que lo intuían diferente. Un alma buena se acercó, le limpió la sangre y susurró a su oído: “ellos atacan a lo que no conocen, porque en el fondo le temen”. Ese gesto de empatía hizo la magia, de allí se levantó una mujer invencible.
Ya no hay confusión, esta eres tú (siempre lo fuiste) bailando al compás de sus burlas que no pueden lastimarte más, ya sufriste demasiado, ahora toca vivir desmesuradamente alegre.

Comentarios