El acoso y la violencia de género son temas de los que no debemos omitir ni por casualidad en ningún ámbito, ni lugar. En el campo del arte y de la cultura del espectáculo, la violencia hacia la mujer es una constante en todos los niveles, sea desde el foro más pequeño, hasta los grandes monopolios televisivos o las grandes compañías encargadas del entretenimiento masivo.
Estas, encargadas desde los grandes medios de comunicación de solapar y difundir el mensaje misógino y machista con el que las y los mexicanos son educados en el tema. Pese a las grandes campañas oficiales, por demás insuficientes, sobre la equidad y la conciencia de género, las televisoras a través de sus telenovelas, anuncios privados y toda la parafernalia de imágenes y mensajes, fomentan la discriminación y la violencia en discursos aparentemente velados pero que con todo el descaro denigran a la mujer.
El trato hacia la mujer indígena, por ejemplo, en sendas telenovelas es un ejemplo vulgar y obvio de que la ruta de la misoginia está bien definida por los grandes consorcios. ¿Cuántas series televisivas no se han hecho sobre la mujer “pobre” que se “supera” y de trabajadora doméstica llega a ser la dueña de las grandes fortunas por su “humildad” y “honestidad” que en el disfraz del discurso del “amor” llega hasta arriba en el escalafón social a cambio, literalmente de favores sexuales? Eso en las historias ficticias de la pantalla plana que idiotiza, pero la realidad es mucho peor, las mismas actrices y actores se ven envueltos, irremediablemente en muchos casos, en historias como la de los personajes que interpretan.
¿Cuántas actrices y actores no se han hecho de papeles protagónicos o incluso por un papel secundario o terciario en la pantalla chica o en la grande, a cambio de favores sexuales con productores, directores y todo ese gremio de empresarios que controlan la industria? Y pasa en todos los ámbitos del arte, desde el museo, la galería, el teatro, la escuela de arte, el auditorio, el cine, nadie escapa a la violencia de género. Ya sea psicológica o física. El asunto es más grave aun cuando miramos desde el arte mismo, desde los propios artistas, y nos encontramos que los mismos artistas fomentan esta violencia, los casos son demasiados y aberrantes si tomamos en cuenta que en el imaginario social las y los artistas estarían “dotados” de una mayor sensibilidad, aunque en la realidad no funciona así. Y nos topamos con artistas que golpean a sus parejas, hijas, amantes; que desde el abuso del poder ejercen acoso y violencia contra la mujer como es el caso de profesores y profesoras en las escuelas de arte, sobre todo de los maestros que llegan incluso a exigir favores sexuales a cambio de calificaciones o aprobación de proyectos para ingresar a los posgrados o simplemente negación absoluta de los proyectos con conciencia de género y sobre género propuestos por mujeres y que se quedan a medio camino por el pensamiento retrógrada, machista y misógino de algún artista vaca sagrada de la academia que simplemente lo desechó por el hecho de que lo plantea una mujer.
Pero más grave aún es cuando las y los artistas pregonan por la vida la igualdad de género, el respeto indiscutible a todas y todos, la tolerancia a todas, todos y todas (como dicen los zapatistas) y desde el protagonismo y la fotografía se autovenden como los y las grandes “revolucionarios y revolucionarias”, ejemplos impecables de la lucha por la igualdad “condenando” toda forma de violencia, etcétera.
Y cuando baja del foro van y golpean a sus parejas sentimentales, maltratan psicológicamente y hasta violan. Lo triste y lamentable es que estos dechados de “virtudes” se esconden en todos lados hasta tras las banderas de la izquierda, del zapatismo donde los hemos ido a denunciar y a sacar. Se esconden en puestos estratégicos en la cultura, en las oficinas de la moral y las buenas costumbres y en los discursos de la igualdad y el respeto, ahí cobardes, porque eso es lo que son, se agazapan como chacales esperando a sus víctimas. Ya basta de la violencia de género en todos los ámbitos de la vida cotidiana y más en el arte y la cultura. Denunciemos, señalemos y aislemos a esta gente, basta de foro, de espacio, de reconocimiento y de aplauso, estos no merecen llamarse artistas sino cobardes.

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