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Arte y desarrollo humano

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La economía de mercado ha convertido al arte en mercancía que, por lo tanto, solo puede ser comprada y disfrutada por quien tenga el dinero suficiente, pues sus precios alcanzan niveles prohibitivos que la vuelven inaccesible para las grandes masas. La verdadera obra de arte es, por definición, algo irrepetible, único en su género; la originalidad es una característica fundamental, frente a las copias, la imitación y lo hecho en serie. En esto se asemeja a la producción artesanal. En términos de simple oferta y demanda, las obras de arte son conocidas como oferta unitaria, es decir, solo existe un ejemplar de cada una; pongamos: un solo David, una sola Gioconda o un solo Guernica. No hay más, pero la demanda es extensa. Existen muchos potenciales compradores, y en la oferta no hay elasticidad, es decir, nadie puede ofrecer mayor cantidad del bien por más que la demanda presione y el precio aumente. Esto trae como consecuencia el incremento en los precios, llegando a ocasionar que una sola obra, pongamos un Van Gogh, sea rematada en 139.5 millones de dólares en la subastadora de arte Christie´s, o un Picasso, rematado en Sotheby´s en 120 millones.

Como negocio, el arte es muy rentable. Por ejemplo, en materia de cine, Estados Unidos es el principal exportador de películas. Las obras de arte llegan a alcanzar cotizaciones fantásticas, ya que en tiempos de crisis se convierten, junto con el oro, en excelente y seguro refugio para los inversionistas, toda vez que no sufren los estragos de la inflación, y tampoco están expuestas a los avatares de las acciones empresariales, como sí lo están las inversiones bursátiles. Asimismo, las obras son excelentes depósitos de valor para invertir en ellas riqueza de origen ilegal, por lo que son usadas para lavar dinero; este es un factor adicional que acrecienta la demanda y presiona los precios a la alza hasta llevarlos a alcanzar niveles estratosféricos. Pinturas y esculturas se han convertido en bienes suntuarios, toda vez que los hombres más ricos del mundo utilizan su dinero para formar colecciones privadas, para su personal disfrute, verdaderos tesoros de obras clásicas, ocultas a la vista del pueblo.

Esencialmente, esto mismo ocurre en otros géneros artísticos, como la música, el teatro y la ópera. En un concierto de una orquesta y un director famosos, en una buena puesta en escena de una obra teatral, o en una presentación operística, el precio de las entradas oscila fácilmente, por muy barato, de los 300 hasta los mil o 2 mil pesos por persona, cantidades que un trabajador no puede darse el lujo de erogar. Si una familia percibe uno o dos salarios mínimos, imposible será que pueda disfrutar esos espectáculos. Primero está, sin duda, atender las necesidades básicas, de índole estrictamente material, como alimentación, vestido, vivienda o salud, y solo después, mucho después, necesidades de tipo espiritual, máxime si se trata de arte superior. Por esa razón, y debido a su pobreza, el pueblo está excluido de las creaciones artísticas más elevadas. Al empobrecerle económicamente, le han condenado también al empobrecimiento espiritual.

Más no solo se debe esto a su restricción económica, sino también al hecho de no haber recibido la adecuada educación, que le permita elevar su nivel de sensibilidad y le capacite para desarrollar su capacidad de apreciación y goce estéticos. Para apreciar el arte se requiere de educación, y al pueblo, esta le ha sido negada. Se le ha privado de esa capacidad; de ahí que “le gusten” expresiones inferiores del arte, que diariamente le ofrecen la televisión y la radio para enajenarlo, no porque esté negado para sentir y comprender las expresiones artísticas más sublimes, como quieren los partidarios del “arte para las elites”; paradójicamente, el pueblo es el verdadero creador e inspiración del arte verdadero, y lo hace posible gracias a su trabajo, pero luego su propia obra le es arrebatada.

Necesitamos desarrollar la educación y la sensibilidad estéticas. Ellas alimentan la imaginación y la capacidad creadora. En las escuelas debe enseñarse no solo a repetir lo aprendido, sino a aplicarlo en la creación de conocimiento nuevo. La ciencia exige una elevada dosis de imaginación, innovación y originalidad, y el arte es un excelente elemento para desarrollar esas cualidades. Crear un invento, una nueva patente, o alcanzar un conocimiento verdaderamente original, requieren de inventiva y pensamiento original; de audacia y valentía en el pensar, de atrevimiento para formularse hipótesis no trilladas, sin miedo a la censura o la burla. Por eso, en niños y jóvenes debe promoverse el conocimiento, la práctica y el goce del arte.

La sociedad está pagando un altísimo costo al privar de cultura al pueblo. La violencia generalizada que nos agobia tiene sus raíces, ciertamente, en la miseria del pueblo, en la injusta distribución de la riqueza, pero también en la falta de educación de las masas, y concretamente en su bajo nivel cultural. La cultura es sensibilidad, capacidad de sentir; humaniza al hombre, lo eleva sobre su pura naturaleza biológica. Por eso, para frenar la violencia, debe elevarse la cultura de las masas.

Para realizarlo es necesario vencer grandes dificultades. Primero, que el arte deje de ser una mercancía más y se convierta en auténtico satisfactor de necesidades lo que, de paso, liberará al artista del imperio del mercado y le permitirá desarrollar libremente su capacidad creadora; mientras sea mercancía seguirá siendo imposible su goce por las grandes masas. Se requiere, además, elevar el ingreso del pueblo, para que las familias tengan lo suficiente para disfrutar cultura superior. Se hace necesario, asimismo, que los trabajadores dispongan del tiempo suficiente para hacer y disfrutar arte. Debe fomentarse la práctica del arte a nivel masivo, para lo cual se requiere apoyo gubernamental en la construcción de infraestructura, como salas de teatro en colonias populares y municipios rurales, o salones de usos múltiples, así como contratación de instructores y adquisición de vestuario, equipos de sonido, utilería e instrumentos musicales. En fin, el desarrollo social y económico, y la paz social, demandan un vigoroso impulso a la cultura. Lamentablemente, la política del gobierno se mueve en el sentido opuesto, fomentando más bien la ignorancia y el fanatismo; en suma, una sociedad brutal.

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