Uno de los principales obstáculos a la verdad, asegura Jules Romains, es el espíritu de los elogios mutuos; eso lo sabía muy bien Carlos Fuentes, quien de manera magistral revisa el tiempo y la realidad de un pasado que es presente, que no es solo el aquí y ahora, es historia, el tiempo sin medida; las “horas han perdido su reloj” se lamentaba el poeta chileno Vicente Huidobro, pues ahora son libres de marchar a su paso. Este nuevo instante abre una ventana hacia el otro lado del tiempo: la eternidad, desde ella es posible vislumbrar otro(s) mundo(s), un destello de su existencia, el “momento eterno como un destello” (Czeslaw Milosz). Ese momento eterno es revelación literaria que de manera notable logra Carlos Fuentes en La muerte de Artemio Cruz. Desafiante, crítico y dolorosamente desesperanzador, Fuentes, hombre polifacético, diplomático, escritor infatigable, miembro del Colegio de México, reconocido con los premios Cervantes y Príncipe de Asturias de las Letras, nos pone no solo frente a la vida del militar Artemio Cruz, sino a una narrativa por la que desfilan oscuros personajes de inmensa influencia y fortuna, un retrato pintado por el Leonardo mexicano, que dibuja a una clase política profundamente corrupta, envuelta en una tormenta de relámpagos, en guerra contra sí mismos. “Artemio, Artemio, los hombres no han estado a la altura de su pueblo y de su revolución… Ya estamos viviendo entre criminales y enanos, porque el caudillo mayor prohíja pigmeos que no le hagan sombra y el caudillo menor tiene que asesinar al grande para ascender. Qué lástima, Artemio. Que necesario es todo lo que está pasando y que innecesario es corromperlo. No es eso lo que quisimos cuando hacíamos la revolución con todo el pueblo, en mil novecientos trece”.

Artemio y sus alter ego no tratarán de salvar a México, no podrán salvarse ellos, su espíritu, su alma individual. “Obtuvo con mi ayuda la concesión para construir esa carretera en Sonora. Incluso lo ayudé para que le aprobaran un presupuesto como tres veces superior al costo real, en la inteligencia de que la carretera pasaría por los distritos de riego que le compré a los ejidatarios”. Inmoral, corrupto, Artemio, seguramente, haría suya la voz de Walter Benjamín, quien en 1940 escribió: “¡Sin barbarie no hay civilización!” Sin duda, una dicotomía brutal, la lucha por separar la barbarie de la civilización es larga, dolorosa, desgastante, pero no es fútil. En su lecho de muerte, Artemio es la imagen en el espejo de una clase política delirante, impúdica, narcisista, traficante, enloquecedoramente corrupta, ignorante, involuntariamente humorística, fracasada, comodina, anacrónica, mediocre. “Una revolución empieza hacerse desde los campos de batalla, pero una vez que se corrompe, aunque siga ganando batallas militares, ya está perdida. Todos hemos sido responsables. Nos hemos dejado dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los mediocres. Los que quieren una revolución de verdad, radical, intransigente, son por desgracia ignorantes y sangrientos. Y los letrados solo quieren una revolución a medias, compatible con lo único que les interesa: medrar, vivir bien, sustituir a la elite de don Porfirio”.

Desdibujada, oscurecida, ensombrecida, la clase política mexicana con astucia se ha mimetizado, para presentarse, primero, en la época dorada de la posrevolución y luego para liberar, en el aún joven siglo XXI, a su hermano gemelo, al mismo personaje corrupto, ególatra, soberbio, sin convicciones, perverso, que actúa con el cinismo moderno que propone Groucho Marx “esos son mis principios, si no le gustan tengo otros”. Su rencor, ambición, odio por la inteligencia retratan la calidad humana de esa clase política, que por supuesto tiene rostro, los encontramos en los sindicatos, en los gobiernos, en los congresos, municipios, en la clase política irracional, indeseable, obsesionada con la riqueza; que es la responsable de la pobreza, la violencia, la impunidad y la complicidad. ¿Existe la fuerza del espíritu, el sentimiento, la esperanza, para cambiar todo esto? ¿Con la muerte de Artemio Cruz, termina la maldición, el abandono, la impunidad, la complicidad, la corrupción?

Una historia de desamor perturbante, sombría, donde la maldad siempre está acechante, escondida, difusa, secreta. Una historia que mira en los sótanos y subsuelos del poder, que mira el abismo de lo humano. Artemio Cruz, fascina y repulsa simultáneamente. Con su prosa envolvente, subyugante, atrapante, Carlos Fuentes toma el pulso de la historia política mexicana. El mejor homenaje a la obra de Fuentes, no es leerla, sino releerla.

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