Se ha hablado desde muchos frentes acerca de las constantes transformaciones que se han vivido en los ámbitos tecnológicos y virtuales, cambios que se vieron potencializados, en gran parte, por la crisis actual del coronavirus y todo lo derivado. Especialistas y teóricos del arte y comunicación vaticinan que el ritmo acelerado provocó que la evolución en muchos medios se adelantara casi una década. La virtualidad, a pasos agigantados, se dispone a invadir cada aspecto de nuestra vida cotidiana, abarcando, por supuesto, al arte y a la ciencia, dos factores que aunque diferentes, quiero unirlos en este breve ensayo: tanto arte y ciencia se han vuelto dependientes uno de otro, pues tanto la ciencia requiere al arte para su manufactura, desarrollo y creación, así también el arte se vale de la ciencia para lo mismo.

Gracias al cine y a los videojuegos nos hemos dado cuenta que tenemos talentos ocultos. Hace pocos días, Cinépolis organizó el primer festival de cine hecho con Tiktok en México. En dicho certamen, fueron galardonados a los mejores cortometrajes que se hayan hecho y difundido en esa plataforma; Fernanda Solórzano, por ejemplo, una de las críticas más importantes para el cine en nuestro país, afirmó que ha visto grandes habilidades para editar en simples videos breves de la mencionada red social.

Tiktok y Cinépolis se atrevieron a darles el poder a los usuarios entusiastas del cine para contar historias de terror. El premio, una suma de dinero y ser exhibido en la pantalla grande, algo que habla de un fenómeno transmediático un tanto irreverente, ya que toda la producción debía hacerse a través del celular. Indagando en los audiovisuales que contendieron para este concurso, me encontré con varias joyitas: parecía que se habían editado en programas complejos y con atención de expertos en la materia. Esto aunado a que, en muchos casos, la cinematografía es excelsa gracias a las nuevas cámaras que tienen los modelos más recientes de smartphones, resultado de años de experimentos y certificaciones internacionales, a tal grado de que ya se le considera al iPhone (inserte modelo del año en el que se lea este texto) una cámara profesional.

Gracias a la tecnología, que le ha dado a las masas los recursos que antes no poseían (en este caso, una serie de filtros, efectos y técnicas preinstaladas en Tiktok, que anteriormente se construían desde cero en las salas de edición y de posproducción), es muy probable que en los próximos meses tengamos en cualquier servicio de streaming, alguna película contada a través de historias de Instagram o de clips de Tiktok. Editada, pues, en estas mismas redes sociales. Hecha por gente que no son cineastas de oficio ni de profesión: el fenómeno tan comentado de los fotógrafos de Instagram se trasladará, ahora, al séptimo arte. Veremos qué reacción tendrá en los puristas del que es, quizá, el más meticuloso de los quehaceres artísticos, por igual, el más exigente.

El arte se ha visto trasladado a los terrenos digitales por igual. En las festividades de los muertos, se montó en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo el primer altar de muertos virtual y la que es, probablemente, la primera galería fotográfica electrónica. Fotografías capturadas en dispositivos digitales, mostrados en un espacio virtual, sin interacción entre el creador y el público. Me vi envuelto en el diseño y elaboración de los espacios que albergaron a la ofrenda y a la galería, y si eso no es arte entonces no sé qué otra cosa lo será. Alarde aparte, el modelado en 3-D implica horas largas, “n” cantidad de cigarros, tazas de café, investigación y creatividad. Supongo que no hay diferencia entre el esfuerzo que se hizo de manera virtual al que se haría con un objeto físico. A lo largo del mundo, se han realizado eventos, galerías, conciertos y recorridos turísticos de forma digital, lo cual implica un trabajo artístico de diseño casi arquitectónico.

Cuando la catedral de Notre Dame se incendió en 2019, los encargados de la restauración y reconstrucción del templo icónico se valieron de los ingenieros que diseñaron y construyeron el mismo edificio para el videojuego Assasin’s Creed: Liberty. Este juego se sitúa en París a finales del siglo XVIII, en el estallido de la revolución Francesa en 1789. Ubisoft, compañía desarrolladora de la galardonada entrega, se dispuso a crear una réplica exacta de todos los elementos arquitectónicos de la iglesia. Gracias a ello, los restauradores tenían ya la mitad de la chamba hecha, pues Ubisoft cooperó abiertamente.

También, hablando de videojuegos, Minecraft ha hecho lo propio. Puedes pasar horas indagando en todas las bellas obras arquitectónicas que se han construido en esta afamada “red social”. Desde réplicas exactas de las avenidas más importantes del mundo, pasando por una recreación de la Tierra Media de Tolkien, la biblioteca de Alejandría, maravillas del mundo antiguo, hasta creaciones originales como la tan sonada biblioteca de artículos periodísticos y homenajes póstumos a reporteros caídos en todas partes del mundo. Al respecto de ese último, las notas, reportajes y crónicas se alojan en un complejo construido bloque por bloque dentro de un servidor del juego, al cual se puede acceder con tan solo crear una cuenta y un avatar para poder jugar.

Minecraft ha facilitado a sus usuarios las posibilidades de desarrollarse y de dar rienda suelta a la creatividad en términos de construcción. Y cabe mencionar que muchos de los jugadores son menores de edad, eso sí, desapegados horriblemente del mundo real y llamados, despectivamente, “niños rata”. Una sola persona es capaz de crear mundos enteros: ¿imagínate que en algún momento los terrenos virtuales se extiendan tanto que podamos visitar estos lugares, casi de manera presencial? Como he platicado anteriormente, Fortnite también se ha involucrado en creaciones artísticas: conciertos, funciones de cine y eventos exclusivos con artistas o licencias de la cultura popular.

Las nuevas tecnologías no están destruyendo al arte “tradicional” como muchos piensan. Por el contrario, lo están transformando para darlo al alcance de casi todos. Lo que se destruye, paulatinamente, es el concepto purista de “artista”; en el momento en el que todos tenemos una cámara, un perfil en Tiktok, una cuenta de Minecraft o un usuario para Fortnite, nos convertimos sin querer en “pseudoartistas”. Existen muchos casos de personas que han logrado mayor éxito con una foto en Instagram o con un video en Youtube, que aquellos que se encierran en las aulas del CUEC o del INBA.

Los procesos de comunicación contemporáneos están basados en la inmediatez y el fácil acceso a la información, ciencia, tecnología y por supuesto, arte. Lo que sí es preocupante, es el mérito artístico que será reconocido en unos 50 años. ¿El mérito del nuevo artista virtual tendrá el mismo peso que todos aquellos pertenecientes al Renacimiento, por ejemplo? ¿Nos estamos acercando a una época en donde el arte es permanente y existe en todos lados? ¿Ha cambiado la definición de “arte”? ¿Somos todos artistas o solo pretendemos serlo? Preguntas para no dormir.

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