–Fue muy larga la enfermedad, ya descansó –dice Mauricio a sus amigos con ese tono mecánico que se instaló en su voz desde la mañana cuando el médico les dio la noticia del final. Su madre, ochenta y nueve años, esclerosis múltiple; la última complicación por fin concluyó en la sala de terapia intensiva–, veo a mi padre tranquilo, todos estamos resignados.

Los amigos lo rodean, lo arropan, lo escuchan, guardan silencio, algunos aprietan su hombro, le dan golpes en la espalda, le preguntan si ya comió, si necesita algo.

–Pero –se interrumpe–, ya sabía, ya sabíamos y aun así, duele –se le fragmenta la voz y mira a la entrada del velatorio, espera a su esposa, a sus hijos, que deben llegar, que tendrían que estar ahí para ser parte del grupo, de los nietos que se abrazan y miran a la abuela, a la mujer a quien no conocieron sana, a quien no escucharon hablar, contarles historias, a quien nunca les dio un consejo o los pudo abrazar, pero todos, a su manera, aprendieron a querer a esa abuela que pasaba largos episodios dormida o ausente.

El sacerdote se acerca al lado del féretro, pide que la familia se coloque al frente. Mauricio se pone nervioso y mira con más insistencia a la puerta.

–De lo más hondo te invoco, Señor; escucha mi voz: estén tus oídos atentos, al clamor de mi plegaria –pronuncia el sacerdote.

–Yo pongo mi esperanza en ti, señor y confío en tu palabra –replican todos los presentes.

–Voy por mi teléfono –dice Mauricio.

Su padre, anciano, cansado, asiente con tristeza.

–No te tardes, ya es la última oración y luego, bueno, luego ya sabes, se la llevan a quemar.

–Cremar, papá.

–A quemar…
Mauricio se abre camino a la parte de atrás, la gente lo aborda, lo abraza.

–Si llevas cuentas de las culpas, ¿quién podrá subsistir? Pero tú perdonas, Señor: yo temo y espero –continúa el sacerdote.

–Yo pongo mi esperanza en ti, Señor, y confío en tu palabra –le siguen los presentes.

Por fin llega al pequeño cuarto del fondo de la sala, su celular tiene cientos de notificaciones, notas de texto, notas de voz, el pésame de tantas personas que a veces no recuerda. Pero de Ana no hay mensaje.

Le marca al teléfono y no hay respuesta, ¿y si les pasó algo? Le dijo hace horas que ya casi salían de casa, no es tan lejos, quince o veinte minutos en coche. Marca nuevamente y no entra ni siquiera la llamada. Sale a la misa con las manos sudorosas y el celular en la bolsa, camina hacia su padre.

–Mi alma espera en el Señor, confío en su palabra; mi alma espera al Señor, más que el centinela a la aurora –ora el sacerdote.

–Yo pongo mi esperanza en ti, Señor, y confío en tu palabra –exclaman todos.

–Voy a salir –dice Mauricio a su padre.

–¿A dónde?

–No aparece Ana.

–Déjala, ya llegará.

–¿Y si le pasó algo?

–Ya te enterarás.

–Pero…

–Porque el Señor es misericordioso, y está dispuesto a perdonar: él redimirá a su pueblo, de todos los pecados –prosigue el sacerdote.

–Yo pongo mi esperanza en ti, Señor, y confío en tu palabra –replican todos.

–Aquí está tu madre, mírala aquí está tu madre y ya no va a estar.

Mauricio asiente y se queda en silencio.

–Gloria al padre, al hijo y al espíritu, ahora y siempre; al Dios que es, que era y que vendrá, por los siglos de los siglos.

–Yo pongo mi esperanza en ti, Señor, y confío en tu palabra.

Mauricio siente la vibración de su celular, se apresura a ver los mensajes, más palabras de consuelo, más frases que le suenan huecas.

El padre nuestro lo repiten todos, los nietos se abrazan, los asistentes responden mecánicamente.

Durante el Ave María, Mauricio siente una mano que tira su camisa, se vuelve y es su hijo, llorando, le pide que lo deje estar en el frente, que lo deje mirar a su abuela, que lo deje abrazar a su abuelo.

Sonríe y apaga el celular.

–Recíbela, Señor, la has llamado de este mundo a tu presencia; concédele que, libre de todos sus pecados, alcance la felicidad del descanso y de la luz eterna y merezca unirse a tus santos y elegidos en la gloria de la resurrección. Dale el descanso eterno –pronuncia el sacerdote.

–Y brille para ella la luz que no tiene fin –contestan todos.

Ana por fin se acerca a Mauricio, le toca el hombro, él la mira de soslayo.

–¿Dónde andabas?

–Estaba tan cansada que se me cerraban los ojos, pero… pues ya estoy, ¿no?

–Nunca estás, Ana, quiero el divorcio.

–Descanse en paz –concluye el sacerdote.

–Así sea –enuncian todos.

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