—Quiero que el texto diga: “Empleados participando: donando y prestando libros y buscando gente interesada en la lectura!!!!” —dijo la directora de marketing de la empresa de jugos.
—Podría quedar más claro así: “¡Participa! Dona y presta libros o busca gente interesada en la lectura” —sugirió el copy creativo de la agencia de comunicación.
—No, me costó mucho trabajo hacer que mi frase rimara —concluyó la mujer demasiado delgada de nariz aguileña.
Cada vez que sale de una junta con el cliente, el copy abre su libreta moleskine donde primero anotaba ideas para cuentos y después, sus frustraciones gramaticales:
1) Usa palabras en mayúscula para que la gente vea la emoción (evita los signos de admiración).

2) Cuando uses los signos de admiración, enfatiza con cinco signos de cierre y olvida el de apertura.
3) Para que la pregunta sea más clara, escribe en mayúscula y con cinco signos de cierre (al igual que con los signos de admiración, no es necesario usar el de apertura).
4) Reír en pasado lleva acento, pese a lo que indique el diccionario: él rió.
5) Para que el call to action sea efectivo, acentúa las palabras de una sílaba: Vén cón nosotros.
Y así continúa su libreta que casi está llena, la comenzó hace tres meses, cuando aceptó el trabajo. Esa tarde anotó: “739. El gerundio es tan apreciado como construir un endecasílabo”.
Aspira a ser cuentista, pensaba que trabajar con literatura y filosofía le daba profundidad a sus textos. Antes de los 23 ya había obtenido un par de becas para escribir. Cayó en el mundo de la publicidad cuando no ganó una beca nacional, una amiga lo convenció con el irrefutable argumento: “Es trabajo fácil, hasta te va a sobrar el tiempo para escribir lo tuyo”. Ganaba más incluso que un editor y solo escribía idioteces que tenían que agradarle al equipo de mercadotecnia de trasnacionales, normalmente, personas que defendían sus creaciones como si les valiera un premio literario de prestigio.
Al principio aprovechaba algunos espacios libres para leer a Kant, ese autor lo hacía cuestionarse, ¿cómo un hombre que nunca salió de su pueblo podía haber escrito esas maravillas? Se detenía a enlistar otros casos como el de Kafka. Pensaba que, tal vez, la literatura del futuro, la que sería reconocida en unos 150 años, tendría a un hombre anodino que había vendido su tiempo a una agencia de comunicación interna.
Sí, comunicación interna, donde no hay presupuesto para contratar a las exuberantes modelos de las revistas de moda. El esfuerzo del copy concluía en carteles colgados en los pasillos de la empresa que nadie veía, ilustrados con fotografías de bancos de imágenes, donde la misma rubia vestida de ejecutiva posaba con sus lentes sin aumento y actitud de seriedad. El copy aspirante a cuentista no iba a encontrar sus frases en un espectacular en la calle. “Tengo la literatura, no como esos payasos que creen que su trabajo importa para algo, yo apelo a la historia”, se decía.
En esos pocos meses sus deudas habían aumentado. “Nada más dejo en ceros las tarjetas y me largo”, se decía.
“Sé lo que es la belleza, la rabia, la letra”, pensaba cuando se topaba a algún colega en la cocina de la empresa. “Yo, como Kant, no necesito salir para ver el mundo, el cielo estrellado está en mí”, insistía.
—Mira la calidad de la imagen —le dijo un diseñador—, ya con este simple celular podemos tener videos increíbles y hacer un videoblog —concluyó emocionado.
—Claro, para no privar al mundo de tu pensamiento —atajó el cuentista.
—Sí, exacto —respondió emocionado el diseñador sin haberse percatado del sarcasmo.
“El sarcasmo deja de existir si debes explicarlo”, se convenció el cuentista para no seguir en la cocina esperando el café. Pero él tenía la literatura, el libro de cuentos que había metido al concurso para tener dinero suficiente unos meses y dejar esa agencia de comunicación interna.
Despreciaba a todos pero cada vez era más frecuente encontrarlo con ellos los viernes en el bar de moda. Comenzó a vestir con pantalones viejos, camisas de franela largas, tenis de diseñador muy sucios. Se había dejado el bigote, aunque solo era una franja rala de pelo no muy tupido. Cambió sus lentes discretos por unos gruesos y negros, comenzó a usar un sombrero tipo bombín. Cambió su celular por el último modelo de iPhone.
Se mudó con su novia de la infancia a un departamento minúsculo pero a unos pasos de su trabajo, a donde llegaba en bicicleta.
—Voy a trabajar seis meses y luego escribo otro libro —le dijo una mañana a su novia.
—Pero nos quedan ocho meses para terminar de pagar las computadoras.
—Bueno, ocho meses y después renuncio. Con el premio podemos seguir con nuestros gastos.
Los domingos, tras abrir el ojo, echaba una lectura veloz a sus redes sociales, tuiteaba frases donde pretendía hacer pasar su amargura por inteligencia: “Es bueno levantarse y ver a tanto ganador terminar los maratones que infestan la ciudad #Runners #AmamosCorrer”. Otro más: “No me voy a subir al tren del mame de ninguna figura pública de tres minutos”. “Carajo, la vida siguió y no le tomé foto con mi iPhone”. “Ustedes esperando el pago de la bequita y yo pidiendo mi gin en la playa”. Mientras esperaba los retuits, dejaba en la mesa de noche el celular, justo al lado del empolvado ejemplar de Crítica de la razón pura.
Falló el concurso de cuento, le ganó un escritor de 17 años.
“Concursos de tres pesos que premian los lugares comunes #QueConcursenLosJodidos”.
Tomó una fotografía a la fruta que le llevaron en el restaurante, pidió un pastel sin gluten y dio un sorbo a su té matcha. Su novia compartió el tuit y escribió “amo empezar el día contigo”. Esperó los comentarios de sus colegas, sonrió. Pensó que si le decía a la directora de marketing de la empresa de jugos que él podía hacer el trabajo por fuera mucho más barato, podría comenzar su propia agencia de comunicación interna. Solo es cuestión de tener un cliente y decirle al diseñador. Eso lo decidiría después de las vacaciones en Miami, no hay prisa.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.