“Vaya con confianza hacia sus sueños. Vive la vida que has imaginado”
Henry David Thoreau

El viaje comenzó la tarde del viernes 16 de octubre, mientras viajaba a Tulancingo, mirando a través de la ventanilla a mi derecha, el reflejo incierto de una silueta extraña me empujó a llamar a mi amiga Isis mientras la neblina y algunas gotas de lluvia se asomaban al tiempo que conversábamos sobre un nuevo proyecto artístico, ella; maestra de teatro con amplia experiencia de trabajar con grupos me concedió polvo encantado, aquella misma tarde en la que Aión (dios de la contemplación) unió nuestros diálogos en nuestro afán de continuar ayudando a la sociedad con nuevas propuestas de intervención para recuperar un bien sublime que actualmente es privilegio de pocos: el contacto humano, no virtual, no en la distancia ni asincrónico, humano-humano, que esta pandemia nos ha robado. Cartas a Julieta, película obligada para la ensoñación, arte-terapia, risoterapia, psicodrama eran algunos de los conceptos que se entretejían con las postales que en cada kilómetro la naturaleza me obsequiaba; quizás las responsables de aquella genialidad creativa fueron los atalayas, imponentes aurigas de las comunicaciones entre la tierra y nuestros mensajeros en el espacio; custodios contemporáneos del acceso a la ciudad que habría sido capital de nuestro estado y que aún en la actualidad continúa siendo un punto de encuentro para el intercambio energético y material.

Mi primer visita fue a la estatua del Santo, en el complejo cultural del ferrocarril, gran personaje que me recibió para disfrutar de la proyección de El violín rojo en la cineteca, 18:50 horas y la ausencia se manifestó al ingresar a la sala, para entrar en una auténtica experiencia inmersiva al pasado, era cerca del 1700 cuando Niccolo Bussotti daría vida a la leyenda del violín rojo, una historia que me llevo a descubrir la intimidad contada desde el misticismo impregnado por la suerte revelada a través de Marsella conocedora ahora de los mundos de Cremona, Viena, Oxford, Shanghái y Montreal a lo largo de unos 300 años, realidad y fantasía argumentos que construyen el misterio de un final que Kronos me impidió descubrir, una historia que necesitaba saber, para sumar recursos a un guion al que un amigo sincero Charles Andrade, violinista de la OSUAEH, me invitó a colaborar, he de confesarles que su propuesta me enamoró tanto que solo podía encontrar respuestas en aquel fin de semana profundo que amablemente mis amigas y amigos como Elo Cancino, también violinista, medallista de tai chi, cuenco terapeuta, química por la UNAM una auténtico alquimista diría yo, Madre Bavatharini del Centro Cultural Bhaktivedanta y Sabas, autores de alimentos sagrados que nutren el espíritu y el cuerpo con recetas vegetarianas e inspiradas en la antigua escuela Vaisnava, una vertiente de la cultura hinduista y mi también querida amiga arquitecta Jessly Vera, posgraduada en especialidad en docencia con honores por nuestra máxima casa de estudios, ellas y ellos, en sintonía con locaciones de gran simbolismo prehispánico como Huapalcalco, los caminos a cebolletas y el monumento a Juárez, frente a la Catedra fueron quienes me llevaron a compartirles la segunda parte de esta historia en la siguiente ocasión, que desde ahora será cada sábado.

No sin antes recordarles que el Tour de Cine Francés ha llegado a la Cineteca de Tulancingo y no se la pueden perder.

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