Amar el tiempo y el espacio que nos ha tocado vivir nos permite hacer más llevadera la vida en los buenos momentos y, desde luego, en la adversidad. La consigna reiterada de la sociedad moderna es la de ser felices de principio a fin. Las recetas para el éxito abundan y están plagadas de consejos para atesorar poder político, dinero, autos, casas, ropa, joyas, celulares, …muchas cosas para ser felices o, paradójicamente, para reiterarnos lo infelices que somos.
Pero, ¿cómo se construye la felicidad? y ¿cuáles son las formas para conseguirla? Estas son preguntas que todo individuo congruente con su tiempo debería tener en cuenta en sus reflexiones y en su praxis cotidiana. Anticipamos que no hay receta ni camino único para ser feliz.
Hoy nos toca hacer este llamado de conciencia frente a la muerte de uno de nuestros amigos más preciados, que estando en la plenitud de su vida jamás imaginamos que nos abandonaría tan pronto. Roberto Rugerio, un investigador y docente de las artes que construyó familia, hizo comunidad, enseñó y aprendió las ciencias de las artes plásticas porque creía firmemente que con eso edificaría la felicidad. Lo consiguió. En su fugaz paso por esta tierra yo solo le recuerdo haber atesorado botellas, bolsas y diversos residuos que el consumismo moderno desecha y que él transformaba en exquisitas obras de arte, que retaban y seducían el intelecto de cualquier crítico de arte.
Entonces, la muerte es positiva, porque nos permite acrisolar nuestro paso por este mundo y cuestionarnos si realmente somos hombres y mujeres felices. Va nuestro saludo Roberto y la reflexión que inspiraste.

Los universitarios y el ideal de la felicidad

Los que nos dedicamos a la docencia y a la investigación creemos firmemente que nuestra labor es uno de los tantos caminos posibles para incidir en el ideal de plenitud que nos hemos trazado en el horizonte. Sin embargo, a pesar de que la ruta parece clara, esta tiene sus aristas y con ellas el peligro de traicionar la utopía de la felicidad. De hecho, no siempre a la felicidad la acompaña un grado académico.
Por ello, aprender y enseñar son actividades que deberíamos de someter a discusión para evaluar si estamos cumpliendo plenamente con las exigencias globales de competencia y si estamos realmente incidiendo en la formación de hombres y mujeres preparados para ser felices. El discurso de la competencia capitalista ha penetrado los modos en que formamos a los recursos humanos, alineados a la creación de técnicos adiestrados para obedecer, disciplinados y flexibles para la generación de ganancias; pero jamás preparados para ser felices.
Así, generación tras generación de egresados de diversas escuelas de educación superior se enfrentan al mercado laboral y luchan por ser reconocidos en algún lugar de la cadena global. La primera manifestación de la infelicidad es la frustración, que a pesar de que se cuenta con un título universitario, la selección natural deja fuera a miles de profesionistas jóvenes.
Por ello, hacer felicidad no debe de estar separado de hacer arte, ciencia y tecnología, porque estos términos jamás debieron de haberse separado de la búsqueda del bienestar de todos los seres humanos y de su entorno. Ciencia y tecnología desde el sur permitirán abonar en la supresión del colonialismo de pensamiento que viven nuestros pueblos y evitarán que miles de profesionistas filtren el ideal de la felicidad a la voluntad
del capital.
Porque justamente, como Marx diría, los más grandes hombres de los que nos habla la historia son aquellos que laborando por el bien general han sabido ennoblecerse a sí mismos (…ya) que el hombre más feliz es el que ha sabido hacer felices a los demás.

[email protected]

Rating: 4.0. From 4 votes.
Please wait...

Comentarios